El tercer piso del Palacio de Berazategui es una buhardilla polvorienta, una pieza gigante donde las vigas son los únicos vestigios de las paredes. Antes, cuando mi madre vivía, el tercer piso era una bodega donde la familia guardaba los objetos que sobraban de sus casas, pero que consideraban demasiado valiosos para ser desechados. Como buena dueña de casa, ella distribuía todo el cachureo que sus dos hermanos y tres primos dejaban y a cada familia le asignaba una habitación. Esto mientras vivió, porque a su muerte nadie sabía de quién era qué y el secreto de la verdadera propiedad de los artículos se los llevó a la tumba. Por supuesto, había un manifiesto que atribuía la propiedad de cada cosa, pero por más que busque, no lo encontré. Entonces descubrí que cada pieza no era la bodega de una familia en particular, ese orden se había roto hace años, mezclando las cosas de unos y otros. Como el palacio de mi tatarabuelo sí era propiedad de mi madre (para desgracia de su hermano menor, que amenazó con abandonar la familia si ella lo heredaba), decidí vaciar esas habitaciones y di hasta fin de mes para que sacaran sus cosas. La idea no era tirarlas a la calle, sino hacer de mi problema, nuestro problema: ¿Quién es el dueño de qué? Tal como supuse, la situación se tornó caótica pues ni ellos recordaban cuáles eran sus pertenencias. Un sábado en la mañana llevé todo al patio, lo repartí por lotes e invité a la familia a sacar lo que quisieran, siempre que nadie se opusiera. Fue una mañana de locos, una tarde de orates y una noche de alivio, pues al final del día, todos sacaron lo que les interesaba y dejaron el resto. Con lo que quedó hice una feria de las pulgas en el patio y sorprendentemente, gané cerca de cien mil pesos. Y así obtuve un piso completo para mí, un sueño de niño, cuando jugaba a las escondidas en ese espacio enorme, lleno de recovecos mágicos y cachureos insalubres. Siempre imaginé que esa sería mi habitación, pero la pieza soñada cambió tantas veces como yo cambié mis gustos, y a pesar de todas las transformaciones, lo único inamovible fue la ubicación de la cama: frente al ventanal redondo.
La muerte de mi madre fue una sorpresa para todos (especialmente para mí, que soy hijo único y nunca tuve padre) y para sobreponerme, imaginé una nueva transformación de mi pieza en el tercer piso: un loft. Así que hablé con un maestro que siempre me ayuda con los arreglos de la casa y juntos derribamos los muros. Botamos las paredes con combos, hachas y serruchos, y al final, lo único que quedó en pie fueron las vigas. Pero hubo algo que no pensé y que apareció después de sacar los escombros: el suelo. El piso de parquet estaba destruido y como no tengo plata para repararlo, la idea del loft quedó relegada para cuando termine mi segunda novela y el dinero por los derechos de autor pague el piso flotante. En realidad no espero demasiado de mi segunda novela, pues para ser sincero, la primera nadie la quiso publicar y según la opinión de algunos “es pura basura”. Pero las razones no cambian el hecho que el tercer piso es una gran habitación polvorienta, con un baño cerca de las escaleras y frente al ventanal redondo, donde debía estar la cama, hay una mesa pequeña con un computador encima. Al lado, sobre una columna, luce una pecera redonda con una carassius de ojos saltones y un color negro aterciopelado.
Desde niño imaginé ese ventanal redondo como el ojo de un cíclope gigante, la ventana al alma de la casa. Desde allí veía un mundo diferente, a través del ojo único del gigante me sentía seguro, poderoso, superior a la gente que circulaba abajo. Con los años, la fantasía del ojo único cambió, pero no su esencia, pues el ventanal redondo sí es el alma de la casa. El arquitecto de ese palacio así lo visualizó, porque toda la fachada está diseñada en torno suyo, como las ondas concéntricas que dibuja una gota al caer en agua calma. Por eso puse ahí mi computador, imaginé que desde ese lugar vería más allá y descubriría un mundo digno de ser descrito en las páginas de un libro.
Enciendo el computador, reviso lo que he escrito hasta ahora y me sorprendo al descubrir que de las pobres dieciocho páginas escritas, tres de ellas hablan de la chica del bar, un fantasma que vi apenas una vez. Pero todo sirve para la novela, porque a este ritmo jamás acabaré.
Después de la muerte de mi madre, la amenaza del trabajo golpeó la puerta, pero por suerte me dejó sus ahorros, los que distribuí para que duren un mínimo de ochenta meses. En este tiempo debo escribir dos novelas y luego, sin consigo el éxito editorial necesario, sólo me queda el inevitable destino de la clase obrera: laburar. Mientras pienso en esto me doy cuenta de lo inmaduro que soy, de lo poco y nada que sé de ganarse la vida y de mi absoluta dependencia de mi madre, incluso dos años después de su muerte. Prendo un pito y comienzo a escribir de lo único que sé: mujeres.
Los hombres somos una raza extraña, siempre buscando otra mujer, porque la que tenemos no nos sirve, aunque estemos enamorados. Muchos, quizá la mayoría, sólo hablan, hablan y hablan de tener sexo, pero unos pocos son los que realmente lo intentan. Yo estoy en el grupo de los pocos y estoy orgulloso de ello. Hasta ahora me acosté con más de trescientas mujeres y con esa experiencia, me considero un experto en el área. Pero esto de nada sirve a la hora de escribir una novela, porque por mucho que sepa (sé de mujeres, no de amor. Creo que es necesario aclarar ese punto) no es algo que pueda transformar en una historia. Las historias de amor venden, pero la historia de una persona opinando de mujeres y sexo, dudo que sea interesantes para alguien, incluso para quien las escribió. Sin embargo, y a pesar de esta premisa, voy a escribir algo, lo que sea.
El típico error que cometen los hombres cuando conquistan a una mujer es extraviar la presa. Lo primero es buscar la persona que más te gusta del lugar y una vez localizada, hay que espiarla, pues todo lo que hace es una pista para llevarla a la cama. La elegida suele estar sentada con amigas, así que lo primero es acercarse usando cualquier excusa. Quiero destacar que el hecho de levantarse y tomar la iniciativa es un acto de coraje que merece y debe ser loado. Los que se acercan a la víctima y la sacan a bailar suelen ser los depredadores más jóvenes e inexpertos. Una vez vi un espécimen invitando a bailar a una muchacha en un bar cervecero, sin pista de baile y lleno de mesas. Bastaba verlo para darse cuenta lo nervioso que estaba, transpiraba, movía las manos a cada rato, sin saber qué decir. Y como si eso no fuera suficiente, sus amigos, todos universitarios sub veinte, se reían de él y gritaban bromas desde la mesa del lado. El resultado fue obvio, pero entrega una valiosa lección: si estás con otros depredadores, debes contar con su apoyo o mejor no intentarlo. En mi caso, salgo de cacería solo, así evito las distracciones.
Si te acercaste y hablas con ella, estás en la fase dos, que para efectos prácticos llamaremos: separar la presa de la manada. A estas alturas, ella ya sabe si le gusta su galán o no y según eso actúa. Si superamos el rechazo absoluto y dialogamos con ella, entonces el interés existe, aunque sea mínimo. Aquí empieza la parte crítica, donde el cazador paciente puede obtener su recompensa. Todas las mujeres son distintas y sin embargo, todas iguales: buscan alguien que les llene el corazón. Lo que varía es la forma en que les gusta ser llenadas. Con esta premisa sabemos hacia donde orientar la conversación, como actuar y sobre todo, que es lo que espera de ti. Con la observación sabremos si la presa es habladora o callada, alegre o seria, o como sea, lo que haremos será parecernos a ella pero en versión masculina. Actuar como ella le dará la confianza para alejarse de la manada, que es lo único que debe preocuparnos por ahora. Esta etapa tiene una duración variable y en algunos casos requiere una cita para otro día.
Cuando está sola, lejos de las miradas inquisidoras de sus acompañantes, recién entonces comienza “La Conquista”. Esta etapa es la más difícil y muchas veces nunca lograrás el objetivo básico: tener relaciones sexuales. Un comentario errado o un gesto mal hecho basta para alejar la presa y no hay consejo que sirva en esta etapa, pues la que decide es ella y no hay nada más que se pueda hacer excepto ser uno mismo y esperar que eso sea suficiente. Quizá una mentirilla blanca pueda ayudar, pero es la experiencia la que marca la diferencia, aunque las estadísticas también sirven. Desde esta perspectiva, lo más importante es superar la etapa anterior, pues mientras más veces logres llegar a La Conquista (tú y ella solos), tus probabilidades crecen proporcionalmente. Primero por la experiencia adquirida, que aumenta tu confianza y disminuye tu miedo al fracaso. Pero lo más importante es independiente del resultado (un cazador inexperto reporta un porcentaje de aciertos del orden del 5%), sino que es lo obvio: mientras más lo intentes, más posibilidades de éxito.
El porcentaje de logros es variable y depende de la experiencia, el físico, la labia y las circunstancias. Pero para alguien como yo, un cazador profesional, mi nivel es de uno de cada cuatro intentos. Las razones de tan alto porcentaje son mi larga trayectoria, el equilibrio exacto entre hablar y escuchar, y mi amor incondicional a las mujeres. Alguien diría que eso es una paradoja, y quizá lo sea, pero yo amo a las mujeres, a todas ellas, feas y bonitas, altas y bajas, gordas y flacas, las amo y quiero que sean felices; quiero hacerlas felices. Es cierto que soy de gustos exigentes y no me acuesto con cualquier mina que se cruza en mi camino, pero no es menos cierto que siempre estoy dispuesto a conversar y alegrarle el día a una mujer, aunque no sea una amante potencial. Y creo que ese amor incondicional que profeso hacia ellas, las minas lo huelen, lo presienten aún antes que hable.
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