Lo agradable de Valparaíso es que siempre te sorprende con una escalera o un pasaje nuevo. Es como si la ciudad cambiara según caprichos propios, creando pequeñas arterias o dando nuevas formas a las existentes. En este caso, la escalera que elegimos es la misma de siempre, pero hay una curva que no estaba allí antes y estoy convencido que la ciudad la puso para nuestro deleite. Nunca vi la bahía desde ese ángulo (obvio, porque esa curva no existía), pero puedo jurar que el mar es más azul desde acá. Y un poco verde, según el viento que sople en ese instante. Quizá también ayude el pito que estamos fumando, que según Sotov es de una cosecha muy especial.
- La cannabis índica, compadre, es la que aletarga. Un sedante exquisito. La que se usa para los tratamientos médicos – Sotov fuma y luego prosigue – En cambio la sativa, es lo contrario. Te acelera. Despierta tu creatividad. Te llena la mente de ideas. Pero cacha esto. La que estamos fumando es una marihuana sativa – me pasa el pito y continúa - ¿sabes cómo es la marihuana sativa? – niego con la cabeza mientras aguanto el humo – mira, tiene las hojas largas y delgadas. En cambio la índica es de hoja gruesa, como la mujer chilena, de pierna gruesa. Y eso es lo que hace especial la yerba que fumamos: es una sativa de hojas gruesas. ¡Una especie única!
- ¿Cómo sabes que no es índica?
- Porque la planté. No la compre. Es una cosecha personal.
- Y…
- ¿Cómo y? Obvio. Tome la semilla, la puse en el macetero, la regué, la cuidé. ¡Le canté! La vi crecer y me la estoy fumando ahora.
- Ok, tomaste la semilla, la plantaste y bla, bla, bla. ¡Pero igual puede ser una semilla de cannabis índica!
- No pues compadre. Conozco a la madre: cien por ciento cannabis sativa.
- Entonces es un milagro – río.
- Aleluya hermano por las bendiciones del señor – vuelve a fumar, pero ahora aspira guiado por una mano divina.
Cuando terminamos de fumar, tiramos la cola para la pacha mama y admiramos el paisaje por unos minutos, luego bajamos al plan. Caminamos hasta llegar a la estación de trenes, donde funciona el club de ajedrez. Con Sotov siempre sabes qué vas a hablar: ajedrez o marihuana. Y es lo monotemático de su conversación lo que lo hace especial. Nos instalamos en una mesa y nos ponemos a jugar ajedrez. Cinco minutos por lado es el tiempo que siempre usamos.
1. f3, d5
2. g4, Dh4++
Por algo lo llaman el mate del loco. Volvemos a poner las piezas y jugamos de nuevo. Este mate es un ritual iniciático, es nuestra primera partida y lo hacemos porque siempre que nos juntamos a jugar estamos volados. Sotov se llama (créanlo o no) Juan Soto, pero como los nombres de los ajedrecistas buenos terminan en “v” (Kasparov, Karpov, Kotov, por nombrar algunos), para mí Soto se transformó en Sotov. Él es un buen chato, algo excedido de peso y no muy agraciado a la vista, pero según él, con suerte en el amor y como prueba se pavonea con sus treinta y siete años y dos matrimonios a cuestas. Es que si algo no se le puede reprochar a Sotov es vivir al máximo. Es un optimista patógeno, porque sin importar qué suceda, siempre hay otra oportunidad. Desde que lo conozco, cada vez que le sucede algo malo dice que ya pasará, que es joven y tiene toda la vida por delante. Muchos considerarán esto como una muletilla, algo que dices pero sabes que no es real, como cuando alguien dice “esta semana me gano el loto”. Pero Sotov lo cree y vive con esta premisa como un valor fundamental, un pilar con el que sostiene y justifica su comportamiento. Supongo que todos acomodamos las cosas para hacerlas más vivibles, para superarlas y seguir avanzando, pero lo de él es único. Creo que va a llegar a los setenta y seguirá diciendo que es un joven con toda la vida por delante.
Después de jugar casi toda la tarde, nos vamos a su casa, ubicada unas cuatro cuadras por encima del plan, en una subida de antología. Es un privilegio y una suerte vivir ahí, aunque no puedes tener auto, porque la casa no tiene estacionamiento y dejarlo al frente sería suicida. No son los robos lo que impiden estacionar un auto, sino la calle misma, que es una subida increíblemente empinada. La casa está ubicada en el centro de una curva cerrada, de más de noventa grados, en la que es imposible ver cuando alguien viene hasta que te encuentras frente a él. Además de la curva, la calle tiene doble sentido y ancho apenas suficiente para que dos autos pasen juntos. De hecho, para pasar un auto junto a otro, uno de ellos debe subirse a la vereda y esperar que el otro pase. Si una micro se topa con otra, entonces la cosa se pone interesante, porque la micro que está subiendo debe descender marcha atrás y son los mismos pasajeros los que guían al chofer y paran el tránsito para que puedan continuar su recorrido. Pero eso no es todo, porque la calle en cuestión es de adoquines y es tan empinada que cuando llueve mucho, el agua baja como río y los vehículos que intentan subir patinan y derrapan en su desesperado intento por alcanzar la cima. De hecho, a esa calle le decimos “mijita rica”, porque es parada, resbalosa y tiene buenas curvas.
Digo que tiene suerte de vivir ahí porque la situación económica de Sotov no es de las mejores. Vive de sus dos adicciones: el ajedrez y la marihuana. La marihuana no la vende, pero la necesita para vivir y el ajedrez es su fuente de ingresos económicos. Hace clases en tres colegios de la zona y en su tiempo libre fabrica hermoso tableros. Los hace de diferentes maderas, según encuentre en las barracas, donde compra los trozos que sobran. Yo tengo un tablero de él y está hecho de ébano (casillas negras) con coihue blanco (casillas blancas) y las piezas son de idénticos materiales. Todo barnizado y pulido con el esmero y obsesión que sólo puede ser obtenida después de un gran caño. Estos tableros los vende y con eso gana unas lucas extras, pero nunca alcanza para todo. La Berni, su esposa, es profesora de básica en un liceo fiscal y aporta con su sueldo al escaso presupuesto familiar. Pero Sotov no se queja, por el contrario, porque sin importar qué, todo irá mejor más adelante. Y tiene razón, porque a pesar que la plata es poca, la casa es grande, el arriendo barato y por ahora, con sus ingresos les alcanza. Otro gallo cantará cuando su segundo hijo entre al colegio, pero con su optimismo habitual, se limita a responder “cuando llegue ese momento me ocupará del tema”.
Esta casa me encanta, porque está construida en terraplén, tiene tres pisos (dos y medio en rigor) y una vista privilegiada. En el primer piso hay un estar pequeño, la cocina y una habitación sin ventanas. Medio piso más arriba están las habitaciones, tres en total. Pero el tercer piso es increíble, con amplias ventanas que dominan la bahía. Basta decir que en año nuevo los fuegos artificiales parecen reventar en tu cara. De verdad, una vista increíble. Espero que nunca pongan un edificio alto frente a la casa, pero como dice Sotov, hay que preocuparse cuando suceda, antes, es un gasto inútil de tiempo.
Mientras comemos con la Berni y los niños, Sotov nos cuenta que el jueves tiene una entrevista en Santiago, en un colegio cuico donde quieren que dé clases de ajedrez como taller extracurricular. La Berni se alegra con la noticia y lo apoya de inmediato y yo, por supuesto, digo que se puede quedar en mi casa cuando quiera. Compramos un par de botellas de vino y celebramos hasta pasadas las tres de la mañana. Al otro día despierto después del medio día, con el cansancio de quien ha dormido más de lo necesario, con el cuerpo pesado y la mente aletargada. Voy a lavarme la cara y mojarme el pelo, pero la modorra no desaparece, así que me meto a la ducha y doy el agua caliente, que sale helada en un inicio. Poco después es obvio que el calefón está apagado y el agua nunca subirá la temperatura. Así que entro al agua fría y salgo tres segundos después. Me visto mientras rezo para que nunca falte el agua caliente en el mundo. Amén.
Encuentro la mitad de un pito en el cenicero y lo enciendo de inmediato. “Como si me llevaran el desayuno a la cama”, pienso y abro completas todas las ventanas. Un viento húmedo entra y llena el ambiente con el aroma salado del océano. Fumo mientras observo un grupo de personas tratando de cargar un barco con un cubo metálico que debe ser del tamaño de ocho contenedores juntos. Encuentro que para levantar algo tan grande hay poca gente vigilando. Son apenas seis personas en tierra, que miran resignados hacia el cielo y ven como el hombre de la grúa maneja el destino de la preciosa carga. De tanto mirar hacia arriba, escucho crujir el cuello de uno de los hombres. Sigo con la vista el borde del mar y me detengo hacia el final de la bahía, en un bote de pescadores corcoveando contra las olas. El sol aparece y desaparece tras los cúmulos de nubes que iluminan y apagan el mar según los caprichos de sus sombras. Un triángulo de siete pelícanos navega en el cielo porteño.
Escucho abrir la puerta y bajo a ver quién es. Sotov me saluda alegre y me dice que hoy comeremos tallarines con salsa de mariscos. Carga un tablero mural y lleva su bolso de clases, así que adivino de donde viene. Lo acompaño en la cocina mientras prepara su especialidad, como repite a cada rato.
- Fetuccini fruto di mare. Mi especialidad. Nunca vas a probar un almuerzo mejor – dice.
- Pero eso lleva crema y mariscos frescos. A nadie le puede quedar mal una comida con crema y mariscos. Todo rico. El único riesgo es que te quede salado – le corrijo
- No necesariamente. También le puedo poner azúcar flor – coloco cara de asco - Sí pues. Además, gracias a este almuerzo, ahora estás en deuda, así que espero una rica cena y un mejor desayuno cuando estemos en tu casa.
- Seguro. Además prometo unos margaritas para que brindemos por tu nuevo trabajo.
- ¿Cuál? – pregunta extrañado.
- Cómo cual. La entrevista del colegio. Clases de aje…
- Ahhh. Eso es mentira, huevón.
- Cómo…
- Para quedarme en tu casa y que no huevee la Berni. Es que quiero ver a la Carolina – lo miro con cara de pregunta – mi hija con la Carola. Volado de mierda, no se acuerda de nada – dice mientras revuelve la salsa.
- Ok. La Carolina. Ahora sí. Lo que me contaste de la Berni.
- Si pues, compadre. Si la Berni me pilla, queda la cagada. La flaca es cosa seria, huevón.
- Nada que ver que te huevee por ver a la Carolina. Si es tu hija. Del primer matrimonio será, pero es tu hija igual – le contesto de mono nada más, porque en realidad yo la he visto dos veces. Cuando nació y cuando tenía cuatro años. Ahora debe tener dieciséis, más menos.
- Mira. No le importa que la vea. Lo que pasa es que no quiere que gaste plata. Estamos súper cagados, huevón. Si ahora doy clases en dos colegios. No saco doscientas lucas. Por suerte los tableros salvan, pero la mayor parte de los gastos los paga ella. Así que ¿qué le voy a decir?
- Demás… además hay una sola verdad universal: si quieres mantener tu matrimonio, ella siempre tiene la razón. No hay otra forma – le digo categórico.
- Si peleas o discutes, olvídate de hacer el amor. Más encima, la ropa sucia, porque yo cocino y ella lava. Y cuando está enojada lava todo menos mi ropa. En cambio yo no puedo dejar de cocinar, por el Vicente y la Marta – me dice con cara de resignado. Más tarde, mientras almorzamos en el tercer piso, me doy cuenta de un detalle que me molestaba hace rato, aunque aún no sabía qué era.
- Oye, huevón ¿por qué no me dijiste que era mentira la entrevista en el colegio?
- Porque no sabes mentir. Cuando hubiera dicho “entrevista”, hubieras dudado y cagamos. La Berni te pilla al tiro.
- Cómo que no sé mentir. Soy un mentiroso nato – le digo con confianza.
- Miénteme. Dime algo y te digo si es verdad o mentira – contesta Sotov.
- Me gustan las minas… colorinas. Es el color de pelo que más me gusta para una mujer.
- Mentira – afirma sin siquiera mirarme.
- Verdad, huevón –miento pero no me cree.
- Como sea. Ayer no sabías y dijiste la verdad; y funcionó. La Berni estaba más contenta perro con pulgas – se ríe Sotov. Lo que más me molesta de su comentario es que tiene razón. No sé mentir.
Quedamos de juntarnos con Valdés a las nueve en Viña, así que a las diez salimos de la casa. Mientras viajamos pienso en lo que me dijo. No puedo imaginar que no sepa mentir, como si se necesitara una habilidad especial para hacerlo. Hago memoria y me doy cuenta que en realidad nunca digo mentiras, aunque esta idea es una mentira en sí misma, una paradoja.
- Te conté que van a… publicar mi primera novela – le digo
- Mentira – dice Sotov y se da vuelta a mirar el mar. Veo su sonrisa burlona en el reflejo de la ventana.
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