martes, 21 de julio de 2009

Capítulo 3.- Arturo Aylwin, alias el máster.

El guatón, Scott y yo llegamos a media noche a la casa de Arturo. La reja está abierta y la fiesta promete un futuro esplendor. Como siempre. No entramos a la casa sino que bajamos directo al patio. Ahí está el bar y suena un jazz suave y acogedor. Traemos nuestros propios tragos, porque así son las reglas en las míticas bacanales de Arturo: cada uno trae su trago, se lo da al barman y toma de ahí. El barman y el DJ lo pagamos entre todos, a una mísera cuota de luca cada comensal. Arturo contó que se llevan setenta lucas por noche, poco más, pero calculo que hoy van a doblar la plata. Desde el jardín escucho la música del living, un interminable tema de electrónica, trance, dance y punchi punchi, todo al mismo tiempo. En la barra nos servimos mi combinación favorita: cortos de bourbon y cerveza. Mucha cerveza. El DJ está en el balcón y junto a él un grupo ríe y grita en forma exagerada. Acá el promedio de edad es de treinta y cinco, pero la gente se comporta como en un bar universitario. La música cambia, los tragos cambian, la conversación cambia, pero la actitud es la misma. En las charlas desaparecen los profesores, las notas y los ramos, y en su lugar afloran otros tópicos, como el trabajo, la familia y el dinero. Pero lo demás se mantiene inalterable. Obviando las canas.
Arturo de día se mueve en el ambiente político, como miembro activo del PPD y su trabajo en el Ministerio de Cultura. Su mundo es de corbatas y política partidista, manejo de dineros públicos y buenas intenciones. Pero de noche su naturaleza es diferente y se transforma en el máster del carrete y hace fiestas interminables donde se llena de gente que trabaja de noche, en bares, restaurantes y discotecas. Las drogas más comunes son el trago, la yerba y la coca, pero no es raro encontrar alguien en ácido, rayándola con la música, en medio de la pista de baile. Tampoco sería extraño que ese mismo loco esté cesante, conozca al dueño de un pub y consiga trabajo. Arturo tiene una obsesión por buscar laburo a la gente, según él es su vocación de servicio público. Pero yo lo conozco bien y el único servicio público que hace es para sí mismo, y eso no es muy público que digamos. No saquen conclusiones apresuradas, yo adoro al Arturo y me cae re bien, incluso es el Máster, un guía espiritual en el camino de la soltería. Lo que sucede es que si puede sacar ventaja de su trabajo y contactos, lo hace. No es que robe plata ni nada por el estilo, pero como él dice: “la mitad del dinero que el gobierno invierte en planes de desarrollo, la gasta en el desarrollo de planes para la concertación”.
Miro a mi lado y sólo veo a Scott. Unos cuantos metros más allá está el guatón conversando con dos chicas con cara de fiesta. No lo escucho, pero no lo necesito, porque siempre usa el mismo cuento para engrupir y su porcentaje de aceptación es bastante alto. Iría a apoyarlo, pero prefiero buscar a Arturo. Estamos acá hace dos horas y aún no lo veo por ningún lado, lo cual es raro, porque siempre pasa sus fiestas como el mejor anfitrión, saludando a todo el mundo, presentando gente, bailando y sobre todo, cotizando, como suele decir. Eso significa recorrer la fiesta, conversar con las potenciales amantes y elegir la que tenga mejor precio. Si está en liquidación, excelente y si es una venta de bodega, igual sirve. Yo soy más escrupuloso en mis opciones y al cotizar prefiero las boutiques, que siempre garantizan la calidad del producto.
Veo luz en la pieza de Arturo y dejo a Scott en la barra para ir hacia allá. Durante sus fiestas, las únicas zonas donde se permite circular a los invitados es el living, el estar y el patio y pone muebles evitando el paso de gente a las zonas prohibidas. Su pieza es el más privado de todos y siempre está con llave, por eso sé que está ahí. Nunca lo he visto encerrado durante alguna fiesta, pero sus razones tendrá. Capaz que esté con una mina y eso no sería tan extraño, pero estaría la luz apagada y la música prendida a todo chancho, para poder gritar a destajo. Le gusta el escándalo a mi chiquillo. Una vez llegué de sorpresa y nadie respondió el timbre, pero como la puerta estaba abierta, entré. De inmediato me di cuenta que la estridente música que escuché de afuera provenía de su pieza y cuando me asomé, lo encuentro montando una bella señorita de lo menos pudorosa, pues ni siquiera se sonroja al verme. Entonces el máster grita “¡arre, yegua loca! ¡Arre!”, levanta unas pistolas de plástico al aire y arroja su sombrero de cowboy (la única ropa que usaba aparte del pañuelo de bandolero). Luego me ve. Creo que a él le dio más vergüenza que a ella. Por supuesto me disculpé y me fui. Días después me confesaría que esos juegos son parte de su arsenal de seductor y sugiere que lo intente. Gracias a ellos, fornica tardes completas. Admito que esta arista de sus representaciones sexuales me gustó bastante, porque entre que me quito la ropa y tengo un orgasmo, nunca supero los sesenta minutos. Bueno, no en vano se ganó el apodo que le puse: máster.
Trato de abrir la puerta de su pieza pero está cerrada, así que toco despacio, para no interrumpir. Después de unos segundos abre y me invita a pasar. Está solo, contrario a lo que pensaba y tiene los ojos desorbitados. No pregunto qué le pasa, pues la cara y el masticar constante del chicle entregan la información que necesito.
- Máster, qué hace. ¿Jalando solo? – me mira y se ríe. Con un gesto hace que lo siga. Entramos al clóset, que es casi tan grande como la pieza y ahí me muestra su obra de arte. Sobre una pequeña mesa de vidrio dibujó unas montañas y un sol con coca – eres todo un artista - comento.
- Así no más es compadrito. Una cuadro digno de Dalí. Debiera ganar un fondart por esto – y ambos reímos de buenas ganas – me ayudas a eliminar algunas montañas. El sol lo dejamos para el final.
- Seguro – y en pocos segundos desaparece un pedazo de cordillera.
- Es de la mejor. Me la trajeron ayer.
- Está buenísima, pero máster ¿qué chucha hace encerrado en su pieza? Vamos a hueviar afuera. Está lleno de minas.
La pieza del Arturo se divide en tres áreas: la terraza, la pieza y el clóset. También está el baño, pero eso lo incluyo como parte de la habitación (en suite, diría alguien). La terraza está en el patio y es cerrada, pero en noches de juerga la abre completa y cierra con llave el acceso a la pieza. La otra puerta da a una escalera que sube al segundo piso, donde está el estar y las demás habitaciones. Es la típica casa de cerro, diseñada con terraplenes para aprovechar mejor la superficie. Salimos de la pieza y comenzamos a hablar con todas las chicas que encontramos. Cotizando. Pero ahora hay algo diferente, el máster lo hace como un medio y no como un fin. Es decir, perdió de vista el objetivo de cotizar y parece que sólo quiere hablar. De hecho, deja pasar una liquidación con descuentos de hasta el cien por ciento. Una viejita rica se acerca a pedirle un baño privado para que pueda vomitar tranquila, porque los tragos se le pasaron y no quiere que alguien se aproveche de ella. Esto lo deducimos con dificultad, ya que su español es una suerte de letras unidas que pasan arrastradas por su garganta. Dudo que ella misma entienda lo que dice, pero por ahí va el tema. Como sea, lo relevante es el hecho que en lugar de llevarla de inmediato a su pieza, como haría siempre, se ofrece a acompañarla al baño de arriba y vigilar la puerta para que esté tranquila. Entonces ya no me quedan dudas: algo preocupa a Arturo.
Como ahora no es el momento apropiado para preguntar, decido dejarlo tranquilo, no sin antes aconsejarle que lo mejor que puede hacer es aprovechar esa liquidación, porque ya sea que compre o no, sus problemas van a seguir ahí cuando ella se vaya, pero su espíritu va a estar mucho más tranquilo. Vuelvo donde el Scott y lo encuentro durmiendo en la hamaca. Del guatón, ni rastro. Así que me sirvo dos cortos al seco y abro otra lata de cerveza. Es hora de cotizar por mi cuenta.
En la improvisada pista hay un montón de gente que baila sola, a las que me uno tratando de no llamar la atención. Sé que es un buen lugar para otear, porque las ebrias y las liquidaciones están en la zona del bar y aquí arriba, están las minas más voladas, que cuidan más de sí y suelen ser, por ende, más bonitas. A mí no me importa tener que salir dos o tres veces con la misma chica para acostarme con ella, es el costo de conseguir una mujer medianamente atractiva. Las féminas de una noche son siempre más escasas, vienen dañadas de fábrica y con mucho kilometraje encima. Aunque siempre hay excepciones y mantengo la misma esperanza de todas las noches, que esa excepción sea hoy. Entonces, mientras bailo, rozo el cuerpo de una mujer y comenzamos a contornearnos juntos, sin mirarnos, espalda con espalda, cola con cola. Sé que es hembra por como huele, por el ancho de sus caderas y por el pelo largo, que logro ver de reojo. También podría ser un travesti, pero esos son más escasos que los éxitos de una noche. Por otro lado, tampoco espero que sea una mujer guapa y por ende, esto sólo será un flirteo casual, pero esos encuentros que no interesan, sirven como precalentamiento para el próximo intento. Además, una buena conversa entre dos loquillos entregados al baile siempre es agradable. Siento que gira y hago lo mismo. Entonces la veo por primera vez. Me gusta su cara, es atractiva y tiene un cierto encanto que creo reconocer. Bonita sonrisa, bonitos ojos y ahora, con ritmo inocente, trato de mirar sus curvas. El típico error que comete la mayoría de los inexpertos es quedarse cerca y nunca ven a la chica de cuerpo completo (hay gordas inmensas con unos rostros bellos y delgados). Pero ese desliz que cometí demasiadas veces, es el mismo que ahora evito. Me alejo un poco y bailo en círculos a su alrededor, así puedo observar en detalle, sin que sospeche, porque si descubre que cotizo la mercancía, pierdo toda posibilidad. En este caso, creo que es el mejor cuero de la noche y para asegurarme, la invito a fumar un caño al patio. La hago caminar delante, con la única idea de observar los detalles finales. Con la gravedad como testigo, después de una hora reuní toda la información que necesito. La conclusión es la mejor; una boutique en liquidación y con letras rojas. La invito unos cortos de bourbon y luego dos chelas. ¡Salud!
Hay veces en que el sexo apasionado y fugaz de una noche llega como una mina que toma ácido por primera vez o alguna fémina en celo con seis meses de abstinencia (hablando de mujeres treintonas). En otras ocasiones, la dieta es tu mejor aliada y la falta de comida en el cuerpo las deja borrachas sin que sepan qué les pasó. A veces aparece en forma de antiguas conocidas, minas en las que sembraste una semillita de coqueteo y ésta germina sin que lo sepas. Hoy fue así, porque cuando pregunté su nombre descubrí porque su belleza me parecía tan familiar: Carolina Danzola, una ex polola del colegio, en octavo básico, cuando éramos vírgenes. Pero no importa cuánto tiempo transcurrió, porque nuestra complicidad es otra vez como en la pubertad y los recuerdos dominan la conversación. La dejo hablar, porque conozco lo frágil de mi memoria y temo contar alguna anécdota que compartimos pero que nunca existió, sino que pasó con otra. Esos errores suelen costar una presa. Así que me limito a reír con sus relatos y acercarme cada vez más a su cara, hasta que por fin la beso, y ella se deja llevar. Seguimos en el pasado, nuestras aventuras, los primeros besos y más relatos de calenturas púberes, y cuando pienso que todo está listo, lanzo el ataque final: “vamos al baño a jalar algo”. Ella dice que no se puede, porque la gente entra a cada rato y la puerta no se cierra. Pero ella no conoce la casa. Existe otro baño, uno más chico, que está en la zona cerrada al público y por si acaso, tiene seguro y cerrojo.
Nos encerramos entre besos y agarrones juguetones, y pongo dos líneas sobre el estanque del wáter (gentileza del sol de Arturo). Ella se pega una y me deja la otra, pero no tengo ganas, sólo quiero ver hasta donde llegaremos en ese baño petizo, donde no caben dos personas acostadas. Progresamos más rápido de lo que esperaba y en menos de media hora estamos haciendo el amor parados, luego en el suelo, sobre una toalla y finalmente, se arrodilla sobre la tapa del wáter y apoya los brazos en el estanque. Ahí trabajo duro hasta conseguir un orgasmo cagón, casi insensible, gentileza de la cantidad de drogas que me eché adentro. Después de botar el condón, nos quedamos hablando. Fumamos y jalamos hasta que dejamos de transpirar. Saca un perfume de su cartera y nos echamos un poco. Después de hora y media salimos del baño, riéndonos y limpiándonos las narices. Descubrimos con tristeza que los pájaros están cantando y casi todos se han ido. Arturo toma una cerveza y habla con Scott, que no lo escucha pues aún duerme en la hamaca. A un par de metros, el barman y el DJ recogen sus cosas y se preparan para la huida. Bajo de la mano con Claudia y me siento junto a Arturo.
- Veo que la noche ha sido productiva, perrito – dice al verme llegar.
- Sí, bueno. Que puedo decir. Ella es Carolina – los presento y se ríe.
- Claro que la conozco pues compadre. Cómo estamos Carolita – contesta.
- Bien. Gracias. Oye, dónde estabas. No te vi en toda la noche – dice ella.
- Si conozco a nachito, diría que eres tú la que ha estado extraviada esta noche – Carolina se ruboriza ligeramente, pero igual ríe.
- Es que no se puede negar un beso a un ex pololo – digo yo en su defensa.
- ¡Ex pololo! Ese cuento es la primera vez que lo oigo.
- Es verdad – agrego – en serio. Si el mundo es un pañuelo – y los tres reímos al unísono. Scott despierta con el ruido.
- Mira. Despertó la bella durmiente – dice Arturo. Carolina se despide, pero no sin antes anotar su teléfono en la palma de mi mano. Prometo llamarla luego y nos despedimos con un gran beso. – Buena cabro, nunca había visto a alguien que se comiera a la Carola a la primera. Congratulaciones – ríe.
- Es verdad que somos pololos del colegio.
- Lo que sea – me dice mientras se toma el resto de la cerveza al seco.
- Compadre, ¿qué le pasa? – pregunto.
- Nada perrito. Nada – abre otra cerveza y da un largo trago. Conozco al Arturo hace años y no toma mucho, es más de fumar yerba y pegarse en la pera. Además, es seis años mayor que yo, así que siempre me trata de niño, cabro, perrito o algún diminutivo que hace notar su mayoría de edad y entre líneas, su superioridad. Es de los que contrario a la mayoría, está orgulloso de su edad y soltería, y lo repite cada vez que puede. “Mientas más viejo, más cachero”, suele decir.
- Vamos, no me engrupas a mí. Estabas encerrado en tu pieza dibujando un sol con coca – le digo – así no eres tú.
- Bueno, algunos problemas personales. Pero ahora no es el momento… – dice mientras apunta al Scott con la boca.
- Scott no entendería nada, aunque estuviera despierto, así que habla no más.
- No es nada importante, de verdad.
- Máster, no defraude a su discípulo con trucos baratos. Si hasta desechaste a esa mina que estaba casi inconsciente.
- ¿Quién te dijo que la desperdicié? – contesta desafiante – anda a la pieza y mira adentro – lo hago y veo a la mujer durmiendo sobre la cama.
- Puede ser que le hayas llevado a tu pieza, pero no has hecho nada. Si hubieras culeado me estarías contando ahora mismo los detalles.
- Yo no soy así. Un caballero no tiene memoria – contesta.
- No tiene memoria. Hablas tanto de tus relaciones que debo suplicar para que no cuentes tanto detalle – río.
- Puta, si no le cuento mis aventuras a mi mejor amigo, a quién entonces.
- Ahora soy tu mejor amigo y te baja todo el afecto. Ya huevón, cuéntame qué te pasa.
- Ya mi niño. Tú ganas. Te voy a contar, pero no ahora. La próxima semana voy a tener una fiesta privada. Ahí te aviso.
Después la conversación deriva en las típicas preguntas inquisitivas de Arturo, que trata a toda costa que le cuente los detalles cochinos de lo ocurrido en el baño. Por supuesto no digo nada, pero obtiene la información más relevante para él: “sí” y “el baño chico”. Sólo entonces me deja en paz. Cuando el radio taxi llega, me ayuda a cargar a Scott. Del guatón ni rastro, pero seguro que pronto tendré noticias de él. Camino a casa reviso mi mano y descubro con desilusión (aunque no demasiada) que con la botella de cerveza fría que tomamos, el teléfono de Carola se borró. Espero que ella consiga mi fono, si no, ya habrá más Carolas.

lunes, 13 de julio de 2009

Capítulo 2.- Scott

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Scott vive a media cuadra de mi casa, en un departamento de un ambiente en el segundo piso de un edificio en la esquina de Ejército con Gorbea. El primer piso lo ocupa una peluquería, un boliche de comida para llevar y El Sótano, un bar parejero. Nos juntamos ahí, pero hoy es jueves, viernes chico, así que después de la segunda cerveza vamos a un lugar más bullicioso. Elegimos un bar que Scott descubrió por casualidad. Él llama casualidad cuando toma cerveza a las tres de la tarde. Yo llamo casualidad que él recuerde dónde tomó la cerveza. Pero obviando las diferencias semánticas, dijo que era sorprendente. “Tiene unas cuadras gigantes”, comenta con su español agringado. Lleva ocho años en Chile y aún habla raro. Creo que lo hace para impresionar a las minas, aunque según él, ser estadounidense perjudica más que beneficia. El local en cuestión queda en Abdón Cifuentes, a media cuadra de la plaza y es, en realidad, asombroso. Aunque nunca fui, lo conocía como un restaurant que vi un par de veces. Imagino que no les fue bien con la comida, así que optaron por un bar universitario, lo que se reduce a cinco conceptos básicos: cerveza de litro a luca; promedio de edad bajo los veinticinco; mujeres borrachas desde la mañana hasta la tarde; y cierran a la misma hora que lo hacen las universidades. El quinto concepto es mi favorito: altas probabilidades que un viejo sub cuarenta se acueste con una universitaria ebria sub veinticinco.
El local está en el patio techado de una casona antigua. En el medio hay una pileta con un querubín que mea aire desde la cima. No tiene agua, sólo un mar de colillas de cigarro. Tampoco hay sillas, sólo jabas de cerveza, tambores de schop y un par de bancas largas. Las mesas son cuadradas con un hoyo al centro para poner un quitasol, pero todas están cojas y el hoyo lo taponearon con chicle y papel. Y entendí lo que significa “unas cuadras gigantes”. Hay cinco cuadros inmensos, de más de dos metros de alto, que cuelgan de las paredes, polvorientos, con colores deslavados y personajes anónimos que imponen presencia por su tamaño descomunal.
- Me encantó el lugar, Scott. Ahora veamos si las cervezas están heladas – y vamos a comprar dos, porque acá tampoco hay garzón. Es un autoservicio constante, una fila de sedientos universitarios entre los que nos mimetizamos lo mejor que podemos, aunque las diferencias son evidentes. Volvemos a la mesa y brindamos con dos cervezas congeladas. – Mira – le indico una mina alta, delgada, de tez muy blanca y pelo negro.
- La morticia – ríe Scott.
- Está más que bien, te diré. Es amor a primera vista – digo convencido. Scott asiente y brindamos por ella – sabes, me gusta tanto que podría salir con ella un mes y no aburrirme – río con sonoras carcajadas, aunque nadie me escucha, porque el bullicio general es aún mayor.
- Huevón, esa mina no es para tú – dice mirándome a los ojos – tú tiene quince años más.
- Es verdad, pero vivo como veinteañero – ella voltea y me ve a los ojos, pero no se le mueve un pelo – además la tengo loca. Cacha como me mira – río descarado y me sirvo otro vaso de chela.
- Yo te voy a contar un verdadera historia de amor a primer vista. Estoy en casa de un amigo, cuando llega el Mike con un publicidad de fiesta. Allá en california fiestas son así. Un papás sale de viaje y el hijo organiza un fiesta y avisa a todos por… flyer…
- Volantes – concluyo yo.
- Volante, eso. Y queda la cagá, huevón. No sé cómo hace fiesta así.
- ¿Y?
- Y fuimos. Era una fiesta de tatuajes. Allá hay muchos de esas – le creo totalmente, porque los brazos y piernas de Scott tienen tatuajes desde los talones hasta los muslos y desde las muñecas hasta los hombros y más allá. Además luce la cabeza al rape, así que parece un skin head o algo así. Y como no es nada de pequeño, como uno noventa y pico, su aspecto es realmente amenazador – entonces estaba con cervezas y uuuuuuuuu – su débil castellano no abarca mucho vocabulario, pero sus mímicas reemplazan todo comentario – veo uno mina pelada huevón. Amor a primer vista. Casi de mi porte. Y tiene un tatuaje en el hombro. Una bandera chilena. Bailamos y tomamos toda la noche. Conversamos de todo. Nos casamos seis meses después.
- ¡La Cristina! – digo impresionado.
- Sí po huón. Así la conocí. Vivió juntos por dos años y nació la Millaray. Puro amor, huón. Pusimos taller de plantas y vendía afuera de mi casa. Nos fue bien y pusimos local en boulevard de la playa.
- Buena Scott. Salud por eso – pero en lugar de beber, enciendo un cigarrillo.
Conocí a Scott un día que lo pillé tirando semillas en el jardín de mi casa. Y de inmediato enganchamos, porque a los dos nos gustan las plantas y la cerveza. Así descubrí que ese pailón de ciento veinte kilos hace bonsáis e incluso tiene premios y figuran fotos de algunos de sus árboles en libros gringos del tema. En ese entonces ya estaba sin Cristina, pero en más de una ocasión habíamos compartido con ella, en lo que Scott llama un “verdadero matrimonio feliz”, porque ahora son mucho más cercanos que antes. Obviando su relación post marital, jamás imaginé a Cristina rapada al cero, con tatuajes y pinta de roquera. Ahora luce como una señora cuarentona, maciza y formal, con faldas largas y melena hasta el hombro. Ni siquiera hubiera imaginado que tenía un tatuaje, pero Scott se encargó de aclararme que no es uno, sino varios, algunos en lugares íntimos que el aludido describe en detalle. Eso demuestra que la gente cambia, sobre todo cuando se casan y tienen hijos.
A Scott el matrimonio lo avejentó un poco, aunque igual se ve joven. Los tatuajes y vestir con short y polera ayudan al look adolescente y hacen olvidar las canas en la barba de chivo. En mi opinión, entre los veinticinco y los cuarenta no hay mucha diferencia. Aunque estoy seguro que los de cincuenta tienen el mismo discurso pero entre los treinta y los cincuenta. Y creo que ambas afirmaciones son ciertas.
Tomamos más cerveza y para el séptimo litro ya no veo a mi morticia. Es tarde (once de la noche) y están a punto de cerrar, así que volvemos a mi casa con el único objetivo de chelear y planificar otra cacería, ojalá más exitosa que ésta. Scott se explaya largo sobre su ex y su relación. Casi con nostalgia, relata pasajes felices de los tres en la playa, frente al negocio de plantas. Me pregunto si le gustaría volver con ella.
- Sabes. Extraño esos días de playa en California – comenta Scott sin mirarme.
- ¿Por qué te fuiste?
- Por el copete – levanta su vaso y toma un trago largo. Brindo con él.
Cuando despierto, no sé cómo llegué a mi cama, o mejor dicho, no recuerdo cómo lo hice. Me levanto, me lavo la cara y bajo a la cocina por un café, con la idea fija de escribir cinco páginas ese día. Mientras bebo, salgo al patio y veo a Scott durmiendo en la reposera de la terraza. Entonces recuerdo que nos quedamos dormidos y desperté de madrugada, luego caminé como zombi a la cama. Pobre gringo, en posición fetal trata de abrigarse con los brazos. Lo despierto y le ofrezco una taza de café, pero dice que no y va al refrigerador por una lata de cerveza.
- Me tomo esto y voy a dormir – toma un trago largo y pregunta - ¿qué vas a hacer hoy?
- Es viernes lolo. Así que juntémonos en el Sótano y ahí vemos a donde vamos.
- Buena huón – se toma al seco lo que queda de la cerveza, aplasta la lata y se va sin despedirse.
Mientras lo veo caminar, meneando su espalda gigante al ritmo de unos brazos cargados de tatuajes, no entiendo como una persona con una imagen tan violenta es tan pacífica. Recuerdo que una vez estaba con una chica en el Birra de calle Brasil, antes que lo re decorarán, cuando aún era un antro cerrado y oscuro, hecho de madera y donde toda la carta consistía en cinco marcas de cerveza y un interminable paseo de ebrios hediondos a cebada. Esa vez estaba con una chica y en la mesa de al lado, un grupo de cuatro hombres lo molestaban por su pinta de neo nazi. Pero huevean a la chilena, con tallas por detrás y risas histéricas. La mina decía que no les hiciera caso, pero él actuaba molesto, como si le importara. Entonces, cuando se fueron, salió detrás de ellos y los encaró. Como ninguno reaccionó, puso la cara para que ellos atacaran primero. Como es obvio, mientras Scott enfrentaba a uno, otro le pegó tonto puñetazo por el lado y lo dejó de raja en el suelo. Y ahí quedó toda la violencia de Scott, despatarrada en el suelo, igual que su inmensa humanidad. Volvió con la boca llena de sangre y afirmó que los maricones arrancaron apenas empezaron los combos. La chica se compadeció de su príncipe protector y terminó en su departamento, donde según él, tuvieron sexo hasta la madrugada. Pero conozco las limitaciones de mi amigo y sé que Scott después de muchas cervezas siempre se queda dormido, sin importar si está en casa ajena, en un bar de moda o sobre una chica desnuda. Y no es exageración.

miércoles, 1 de julio de 2009

Capítulo 1.- Yo.

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Cuando termina la última sesión del taller literario, Mariana pregunta si voy a ir a celebrar con los demás. No pensaba hacerlo, pero ya que me lo pide, acepto. Desde la primera sesión le tengo ganas, pero como ha venido tan poco, no he tenido la posibilidad de acercarme. Ella no me gusta demasiado, pero tiene algo que me calienta. No sé si son sus ojos achinados, el andar liviano o ese único cuento que leyó en el taller. Pero no importa, ésta es mi oportunidad y no la voy a dejar pasar. Así que me uno al grupo y nos vamos a Bellavista en busca de un bar. Sugiero el Étnico, pero las finanzas no dan para tanto y nos sentamos en un bar sin nombre donde venden cervezas de litro por luca y media. Hablamos de lo aprendido durante el taller literario y comentamos sobre los muchos textos leídos. En realidad, ellos comentan, porque yo escucho, sonrío y asiento con la cabeza. Mis pocas frases las dedico a Mariana, porque si algo sé de mujeres es que para conquistarlas, debes bridarles toda tu atención. Pero esto cambia cuando empiezan a hablar de mi cuento, que les aclaro de inmediato no es un cuento, sino el primer capítulo de mi segunda novela. Entonces preguntan hacia dónde va la historia y les contesto la verdad: no tengo la más puta idea… aún.

La conversa sigue por varias horas y la cerveza hace burbujear mi cabeza. Por suerte, mi cabeza no es la única burbujeando y como leyendo mi mente, Mariana toma mi mano y la pasa alrededor de su cintura. “Hace frío”, me comenta con una risa juguetona. Hoy te toca, pienso y la acaricio con suavidad. Cuando quedamos unos pocos en la mesa, después de las despedidas y las clásicas anotaciones del celular, sugiero que terminemos la noche en mi casa. La idea cayó, para mi desgracia, en tierra fértil y nos vamos los siete ex compañeros del taller literario. Como todo tiene un lado brillante y otro opaco, por lo menos Mariana se va conmigo en el taxi, mientras el resto de mis compañeros van en auto a comprar trago y de ahí a la casa.

Bajamos del taxi tomados de la mano, hablando frases melosas y compartiendo sonrisas embobadas. Mariana tiene treinta y pico años, así que sabe a lo que va o por lo menos, eso espero. Además, si la cerveza no es suficiente para hacer olvidar los pudores del sexo en la primera cita, estoy seguro que mis margaritas lo lograrán. La vieja puerta de roble cruje cuando la abro, y al estilo de los caballeros antiguos, con una reverencia la invito a ingresar a mi pequeño mundo privado. Como toda casa antigua, no hay patio delantero, sino que las paredes dan directo a la calle y para dar una descripción más precisa de mi humilde morada, diré que más que una casa, es un pequeño palacio. De hecho, es monumento nacional, y con más de cien años de vida es conocido como el “Palacio de Tirapegui”. Está ubicado en medio del barrio universitario, pleno centro santiaguino, y no podría vivir en otro lugar. Es cierto que es vieja y la pintura se cae a pedazos, pero esto es mejor aún, porque como no tengo plata para que alguien la restaure, me entretengo tardes completas pintando, jardineando y creando nuevos espacios para mi ocio. El palacete tiene tres pisos. En el primero está la cocina y la zona de visitas, un living / comedor / estar, ubicado en una gigantesca habitación que parece vacía. Un comedor para ocho personas, una cómoda que oficia de bar, un sofá, dos sillones, cuatro peras y un equipo de música conectado a cuatro parlantes es el mobiliario que ocupa el espacio. De las paredes cuelgan las gigantografías que hago en photoshop y enmarco a punta de clavos, cola y paciencia. Luego de una rápida ojeada la invito a la zona de invitados VIP, el segundo piso. Sé que no tengo tiempo, que mis compañeros están por llegar, pero en mi mente no deja de circular una película porno donde tengo sexo apasionado y fugaz en el balcón. Muestro a la rápida las otras habitaciones y termino el tour en mi pieza, en el balcón, observando los adoquines cubiertos de hojas secas, esperando ser pisadas por los transeúntes. Entonces tomo sus caderas y me acerco con suavidad hasta rozar su cuello con mis labios. Noto un breve estremecimiento. Nuestra respiración se sincroniza, aumentan los latidos, mis caderas se adhieren a las de ella y entonces, no antes ni después, llegan mis compañeros levantando al cielo unas botellas de ron y cervezas. Sabía que no tenía tiempo.

La música se enciende, los vasos, el hielo y el trago se pasean intransigentes de mano en mano, los cigarros van de cenicero en cenicero. Las voces se levantan y discusiones filosóficas, políticas, literarias y teológicas surgen espontáneas. Pérdidas de tiempo que con un trago en la mano parecen lo más importante del mundo, aunque no para mí, que mantengo mi concentración en Mariana y sigo sonriendo y asintiendo con la cabeza. Al rato, preparo tequila margarita para todos, aunque la idea es siempre deleitar a la presa.

- Debiéramos juntarnos para hacer un trabajo colectivo – clama Héctor, un ex oficial naval, jubilado, que escribe cuentos mezclados con poesía.

- Salud por eso – brindo con todos, pero con la vista puesta en la copa de Mariana, esperando apurar su trago.

- Por un gran libro colectivo – brinda otro. Conozco estos trabajos colectivos en que uno tiene ganas, uno lo ayuda a organizar, otros dos están de acuerdo pero no hacen nada más que asentir con la cabeza y el resto sólo moverá los lápices cuando esté todo el trabajo hecho. Por supuesto, siempre hay un pesimista que está seguro que esto no resultará. Ese soy yo, pero de palabra apoyo de inmediato la idea, porque no quiero ser catalogado de pesimista y aguafiestas.

- Definamos un tema para la compilación – sugiere Héctor - ¿La amistad? Esa es la razón que nos reúne aquí y que nos reunirá en el libro.

- ¡Por la amistad! – brindo y vuelvo a apurar el trago de Mariana, que termina con su primera copa de margarita.

- Por la amistad – brindan los demás. Sirvo otra copa a Mariana para que pueda participar del segundo brindis.

- No creas que me engañas, me quieres emborrachar –dice Mariana en un tono que no sobrepasa el sonido de la música.

- Entonces lo notaste. Es un alivio – brindo de nuevo, pero ahora solo con ella. Ambos bebemos y sonrío. Es un gesto honesto, porque su respuesta es un reconocimiento a su experiencia. Y su jovialidad y frescura hace que el juego en el que estamos sea más excitante. Cold Play nos acompaña con la música.

El último en irse es Héctor, a las cinco treinta. Promete llamar pronto para organizar el libro de cuentos colectivo. Entonces por fin quedamos solos. Pero estoy con sueño y borracho, así que todas las ilusiones del inicio de la velada, todas las fantasías eróticas, todo, se transforma en la esperanza de un nuevo día.

- Y ahora, qué harás – comento en voz baja, casi como una plegaria.

- Es tarde. Quisiera quedarme a dormir. Mañana me iré apenas despierte –contesta mientras lava los vasos.

- Obvio. Pero no hay prisa. ¿O tienes algo que hacer? – digo con más tono de súplica que de pregunta.

- No. En realidad no. Ahí veremos.

Ella insiste en dormir en el sofá, truncando mis planes de adelantar algo del tira y afloja de mañana. Sin embargo le ofrezco la pieza de alojados, donde podrá dormir sola. Me comprometo a no molestarla. Luego me voy a dormir. Mucho más tarde, llega sola a mi cama y se acuesta a mi lado, justificando lo grande de la casa y el miedo como excusa. La abrazo y dormimos hasta pasadas la una de la tarde.

Cuando abro los ojos no está a mi lado y pienso que cumplió su palabra y se fue apenas despertó. Pero no encuentro ningún mensaje de despedida con su teléfono al final. Cagué pienso, mientras bajo a la cocina a servirme un café. Entonces escucho ruido del patio y salgo a ver. Ahí está ella, mirando la pequeña pileta que construí en el patio. “Bonitos peces”, dice mientras me acerco. Me siento a su lado y compartimos en silencio el ingrávido baile de los peces de colores.

Cocino lasaña. Algo rápido, pero que a ojos inexpertos parece un banquete que requiere el trabajo de un chef profesional. Pero nunca es así, porque la salsa viene preparada, las rebanadas de jamón las intercalo con queso y directo al horno. La masa está pre cocida, como reza la caja en letras grandes y rojas, y en menos de una hora tengo un plato con una linda presentación y un carácter afrodisiaco, gracias a mi ingrediente secreto, que nunca ha existido pero siempre acompaña todo lo que cocino. Una botella de vino reemplaza el tequila y el juego de seducción continúa algo más tímido que la noche anterior. Pero esas son las reglas. Las conozco bien, así que no reclamo, sino que las asumo como un buen competidor.

Después de comer, abro la segunda botella y la invito a reposar en la hamaca de dos plazas que tengo instalada bajo la parra para estos efectos. Ahí acaricio su piel suave, dejándonos mecer por el viento otoñal y acompañados por un sol que aún calienta lo suficiente para disfrutar en polera el patio. La beso y me devuelve el favor con una efusividad que me sorprende. La respiración se transforma en jadeos y la hamaca cambia su movimiento lateral por uno menos regular y más apasionado. La ropa cede poco a poco a nuestros instintos y cae al suelo entre caricias y besos asfixiados. Sus pezones erectos dan la partida a un desenfreno carnal en el que nuestras manos pasean por zonas permitidas sólo para los amantes. Mis dedos recorren sus cavidades, mientras su cuerpo de gacela se frota contra el mío. Hacemos un amor rápido, descoordinado, guiado por nuestra pasión, hasta que encontramos la sincronía con la hamaca y los tres juntos logramos un orgasmo breve y liberador. Enciendo un cigarrillo y descansamos abrazados hasta caer dormidos.

Despertamos desnudos con el frío del atardecer y cuando Mariana trata de ponerse la ropa, pudorosa por lo que acaba de hacer, no la dejo y la llevo con suavidad hacia mi pieza. Ahí hacemos el amor, pero esta vez más tranquilos, dándonos tiempo para reconocer nuestros cuerpos. Almaceno en mi memoria la mayor cantidad de detalles. Comparo sus movimientos con otras amantes, sus caricias con otras manos, sus formas con otras curvas y por ahora, ella supera todos mis recuerdos. Bajo las sábanos bailamos como serpientes, rodeando y entrelazando nuestros cuerpos en una cadencia cada vez más febril. Sus senos pequeños y juguetones llenan mi boca con agrio dulzor del fin del baile de los enamorados. Ella se queda inmóvil, sentada sobre mis caderas, sudando, jadeante, hasta que finalmente cae rendida sobre mí.

Antes de irse pregunta cuando nos veremos de nuevo y contesto con la verdad: cuando nos juntemos a preparar el libro colectivo de cuentos. Nos despedimos con un largo beso. Luego toma el metro y yo me devuelvo caminando hacia la casa. Antes, casi en la esquina de Ejército con la Alameda, compro dos empanadas para comer en la noche. Mañana empieza otra semana y no he avanzado nada en mi libro. Apenas tengo el primer capítulo escrito, ese que leí en el taller y que Mariana repitió casi de memoria. Camino mientras como y para cuando llego a la casa, ya no quedan empanadas.