Lo agradable de Valparaíso es que siempre te sorprende con una escalera o un pasaje nuevo. Es como si la ciudad cambiara según caprichos propios, creando pequeñas arterias o dando nuevas formas a las existentes. En este caso, la escalera que elegimos es la misma de siempre, pero hay una curva que no estaba allí antes y estoy convencido que la ciudad la puso para nuestro deleite. Nunca vi la bahía desde ese ángulo (obvio, porque esa curva no existía), pero puedo jurar que el mar es más azul desde acá. Y un poco verde, según el viento que sople en ese instante. Quizá también ayude el pito que estamos fumando, que según Sotov es de una cosecha muy especial.
- La cannabis índica, compadre, es la que aletarga. Un sedante exquisito. La que se usa para los tratamientos médicos – Sotov fuma y luego prosigue – En cambio la sativa, es lo contrario. Te acelera. Despierta tu creatividad. Te llena la mente de ideas. Pero cacha esto. La que estamos fumando es una marihuana sativa – me pasa el pito y continúa - ¿sabes cómo es la marihuana sativa? – niego con la cabeza mientras aguanto el humo – mira, tiene las hojas largas y delgadas. En cambio la índica es de hoja gruesa, como la mujer chilena, de pierna gruesa. Y eso es lo que hace especial la yerba que fumamos: es una sativa de hojas gruesas. ¡Una especie única!
- ¿Cómo sabes que no es índica?
- Porque la planté. No la compre. Es una cosecha personal.
- Y…
- ¿Cómo y? Obvio. Tome la semilla, la puse en el macetero, la regué, la cuidé. ¡Le canté! La vi crecer y me la estoy fumando ahora.
- Ok, tomaste la semilla, la plantaste y bla, bla, bla. ¡Pero igual puede ser una semilla de cannabis índica!
- No pues compadre. Conozco a la madre: cien por ciento cannabis sativa.
- Entonces es un milagro – río.
- Aleluya hermano por las bendiciones del señor – vuelve a fumar, pero ahora aspira guiado por una mano divina.
Cuando terminamos de fumar, tiramos la cola para la pacha mama y admiramos el paisaje por unos minutos, luego bajamos al plan. Caminamos hasta llegar a la estación de trenes, donde funciona el club de ajedrez. Con Sotov siempre sabes qué vas a hablar: ajedrez o marihuana. Y es lo monotemático de su conversación lo que lo hace especial. Nos instalamos en una mesa y nos ponemos a jugar ajedrez. Cinco minutos por lado es el tiempo que siempre usamos.
1. f3, d5
2. g4, Dh4++
Por algo lo llaman el mate del loco. Volvemos a poner las piezas y jugamos de nuevo. Este mate es un ritual iniciático, es nuestra primera partida y lo hacemos porque siempre que nos juntamos a jugar estamos volados. Sotov se llama (créanlo o no) Juan Soto, pero como los nombres de los ajedrecistas buenos terminan en “v” (Kasparov, Karpov, Kotov, por nombrar algunos), para mí Soto se transformó en Sotov. Él es un buen chato, algo excedido de peso y no muy agraciado a la vista, pero según él, con suerte en el amor y como prueba se pavonea con sus treinta y siete años y dos matrimonios a cuestas. Es que si algo no se le puede reprochar a Sotov es vivir al máximo. Es un optimista patógeno, porque sin importar qué suceda, siempre hay otra oportunidad. Desde que lo conozco, cada vez que le sucede algo malo dice que ya pasará, que es joven y tiene toda la vida por delante. Muchos considerarán esto como una muletilla, algo que dices pero sabes que no es real, como cuando alguien dice “esta semana me gano el loto”. Pero Sotov lo cree y vive con esta premisa como un valor fundamental, un pilar con el que sostiene y justifica su comportamiento. Supongo que todos acomodamos las cosas para hacerlas más vivibles, para superarlas y seguir avanzando, pero lo de él es único. Creo que va a llegar a los setenta y seguirá diciendo que es un joven con toda la vida por delante.
Después de jugar casi toda la tarde, nos vamos a su casa, ubicada unas cuatro cuadras por encima del plan, en una subida de antología. Es un privilegio y una suerte vivir ahí, aunque no puedes tener auto, porque la casa no tiene estacionamiento y dejarlo al frente sería suicida. No son los robos lo que impiden estacionar un auto, sino la calle misma, que es una subida increíblemente empinada. La casa está ubicada en el centro de una curva cerrada, de más de noventa grados, en la que es imposible ver cuando alguien viene hasta que te encuentras frente a él. Además de la curva, la calle tiene doble sentido y ancho apenas suficiente para que dos autos pasen juntos. De hecho, para pasar un auto junto a otro, uno de ellos debe subirse a la vereda y esperar que el otro pase. Si una micro se topa con otra, entonces la cosa se pone interesante, porque la micro que está subiendo debe descender marcha atrás y son los mismos pasajeros los que guían al chofer y paran el tránsito para que puedan continuar su recorrido. Pero eso no es todo, porque la calle en cuestión es de adoquines y es tan empinada que cuando llueve mucho, el agua baja como río y los vehículos que intentan subir patinan y derrapan en su desesperado intento por alcanzar la cima. De hecho, a esa calle le decimos “mijita rica”, porque es parada, resbalosa y tiene buenas curvas.
Digo que tiene suerte de vivir ahí porque la situación económica de Sotov no es de las mejores. Vive de sus dos adicciones: el ajedrez y la marihuana. La marihuana no la vende, pero la necesita para vivir y el ajedrez es su fuente de ingresos económicos. Hace clases en tres colegios de la zona y en su tiempo libre fabrica hermoso tableros. Los hace de diferentes maderas, según encuentre en las barracas, donde compra los trozos que sobran. Yo tengo un tablero de él y está hecho de ébano (casillas negras) con coihue blanco (casillas blancas) y las piezas son de idénticos materiales. Todo barnizado y pulido con el esmero y obsesión que sólo puede ser obtenida después de un gran caño. Estos tableros los vende y con eso gana unas lucas extras, pero nunca alcanza para todo. La Berni, su esposa, es profesora de básica en un liceo fiscal y aporta con su sueldo al escaso presupuesto familiar. Pero Sotov no se queja, por el contrario, porque sin importar qué, todo irá mejor más adelante. Y tiene razón, porque a pesar que la plata es poca, la casa es grande, el arriendo barato y por ahora, con sus ingresos les alcanza. Otro gallo cantará cuando su segundo hijo entre al colegio, pero con su optimismo habitual, se limita a responder “cuando llegue ese momento me ocupará del tema”.
Esta casa me encanta, porque está construida en terraplén, tiene tres pisos (dos y medio en rigor) y una vista privilegiada. En el primer piso hay un estar pequeño, la cocina y una habitación sin ventanas. Medio piso más arriba están las habitaciones, tres en total. Pero el tercer piso es increíble, con amplias ventanas que dominan la bahía. Basta decir que en año nuevo los fuegos artificiales parecen reventar en tu cara. De verdad, una vista increíble. Espero que nunca pongan un edificio alto frente a la casa, pero como dice Sotov, hay que preocuparse cuando suceda, antes, es un gasto inútil de tiempo.
Mientras comemos con la Berni y los niños, Sotov nos cuenta que el jueves tiene una entrevista en Santiago, en un colegio cuico donde quieren que dé clases de ajedrez como taller extracurricular. La Berni se alegra con la noticia y lo apoya de inmediato y yo, por supuesto, digo que se puede quedar en mi casa cuando quiera. Compramos un par de botellas de vino y celebramos hasta pasadas las tres de la mañana. Al otro día despierto después del medio día, con el cansancio de quien ha dormido más de lo necesario, con el cuerpo pesado y la mente aletargada. Voy a lavarme la cara y mojarme el pelo, pero la modorra no desaparece, así que me meto a la ducha y doy el agua caliente, que sale helada en un inicio. Poco después es obvio que el calefón está apagado y el agua nunca subirá la temperatura. Así que entro al agua fría y salgo tres segundos después. Me visto mientras rezo para que nunca falte el agua caliente en el mundo. Amén.
Encuentro la mitad de un pito en el cenicero y lo enciendo de inmediato. “Como si me llevaran el desayuno a la cama”, pienso y abro completas todas las ventanas. Un viento húmedo entra y llena el ambiente con el aroma salado del océano. Fumo mientras observo un grupo de personas tratando de cargar un barco con un cubo metálico que debe ser del tamaño de ocho contenedores juntos. Encuentro que para levantar algo tan grande hay poca gente vigilando. Son apenas seis personas en tierra, que miran resignados hacia el cielo y ven como el hombre de la grúa maneja el destino de la preciosa carga. De tanto mirar hacia arriba, escucho crujir el cuello de uno de los hombres. Sigo con la vista el borde del mar y me detengo hacia el final de la bahía, en un bote de pescadores corcoveando contra las olas. El sol aparece y desaparece tras los cúmulos de nubes que iluminan y apagan el mar según los caprichos de sus sombras. Un triángulo de siete pelícanos navega en el cielo porteño.
Escucho abrir la puerta y bajo a ver quién es. Sotov me saluda alegre y me dice que hoy comeremos tallarines con salsa de mariscos. Carga un tablero mural y lleva su bolso de clases, así que adivino de donde viene. Lo acompaño en la cocina mientras prepara su especialidad, como repite a cada rato.
- Fetuccini fruto di mare. Mi especialidad. Nunca vas a probar un almuerzo mejor – dice.
- Pero eso lleva crema y mariscos frescos. A nadie le puede quedar mal una comida con crema y mariscos. Todo rico. El único riesgo es que te quede salado – le corrijo
- No necesariamente. También le puedo poner azúcar flor – coloco cara de asco - Sí pues. Además, gracias a este almuerzo, ahora estás en deuda, así que espero una rica cena y un mejor desayuno cuando estemos en tu casa.
- Seguro. Además prometo unos margaritas para que brindemos por tu nuevo trabajo.
- ¿Cuál? – pregunta extrañado.
- Cómo cual. La entrevista del colegio. Clases de aje…
- Ahhh. Eso es mentira, huevón.
- Cómo…
- Para quedarme en tu casa y que no huevee la Berni. Es que quiero ver a la Carolina – lo miro con cara de pregunta – mi hija con la Carola. Volado de mierda, no se acuerda de nada – dice mientras revuelve la salsa.
- Ok. La Carolina. Ahora sí. Lo que me contaste de la Berni.
- Si pues, compadre. Si la Berni me pilla, queda la cagada. La flaca es cosa seria, huevón.
- Nada que ver que te huevee por ver a la Carolina. Si es tu hija. Del primer matrimonio será, pero es tu hija igual – le contesto de mono nada más, porque en realidad yo la he visto dos veces. Cuando nació y cuando tenía cuatro años. Ahora debe tener dieciséis, más menos.
- Mira. No le importa que la vea. Lo que pasa es que no quiere que gaste plata. Estamos súper cagados, huevón. Si ahora doy clases en dos colegios. No saco doscientas lucas. Por suerte los tableros salvan, pero la mayor parte de los gastos los paga ella. Así que ¿qué le voy a decir?
- Demás… además hay una sola verdad universal: si quieres mantener tu matrimonio, ella siempre tiene la razón. No hay otra forma – le digo categórico.
- Si peleas o discutes, olvídate de hacer el amor. Más encima, la ropa sucia, porque yo cocino y ella lava. Y cuando está enojada lava todo menos mi ropa. En cambio yo no puedo dejar de cocinar, por el Vicente y la Marta – me dice con cara de resignado. Más tarde, mientras almorzamos en el tercer piso, me doy cuenta de un detalle que me molestaba hace rato, aunque aún no sabía qué era.
- Oye, huevón ¿por qué no me dijiste que era mentira la entrevista en el colegio?
- Porque no sabes mentir. Cuando hubiera dicho “entrevista”, hubieras dudado y cagamos. La Berni te pilla al tiro.
- Cómo que no sé mentir. Soy un mentiroso nato – le digo con confianza.
- Miénteme. Dime algo y te digo si es verdad o mentira – contesta Sotov.
- Me gustan las minas… colorinas. Es el color de pelo que más me gusta para una mujer.
- Mentira – afirma sin siquiera mirarme.
- Verdad, huevón –miento pero no me cree.
- Como sea. Ayer no sabías y dijiste la verdad; y funcionó. La Berni estaba más contenta perro con pulgas – se ríe Sotov. Lo que más me molesta de su comentario es que tiene razón. No sé mentir.
Quedamos de juntarnos con Valdés a las nueve en Viña, así que a las diez salimos de la casa. Mientras viajamos pienso en lo que me dijo. No puedo imaginar que no sepa mentir, como si se necesitara una habilidad especial para hacerlo. Hago memoria y me doy cuenta que en realidad nunca digo mentiras, aunque esta idea es una mentira en sí misma, una paradoja.
- Te conté que van a… publicar mi primera novela – le digo
- Mentira – dice Sotov y se da vuelta a mirar el mar. Veo su sonrisa burlona en el reflejo de la ventana.
lunes, 10 de agosto de 2009
domingo, 2 de agosto de 2009
Capítulo 4.- La ventana redonda
El tercer piso del Palacio de Berazategui es una buhardilla polvorienta, una pieza gigante donde las vigas son los únicos vestigios de las paredes. Antes, cuando mi madre vivía, el tercer piso era una bodega donde la familia guardaba los objetos que sobraban de sus casas, pero que consideraban demasiado valiosos para ser desechados. Como buena dueña de casa, ella distribuía todo el cachureo que sus dos hermanos y tres primos dejaban y a cada familia le asignaba una habitación. Esto mientras vivió, porque a su muerte nadie sabía de quién era qué y el secreto de la verdadera propiedad de los artículos se los llevó a la tumba. Por supuesto, había un manifiesto que atribuía la propiedad de cada cosa, pero por más que busque, no lo encontré. Entonces descubrí que cada pieza no era la bodega de una familia en particular, ese orden se había roto hace años, mezclando las cosas de unos y otros. Como el palacio de mi tatarabuelo sí era propiedad de mi madre (para desgracia de su hermano menor, que amenazó con abandonar la familia si ella lo heredaba), decidí vaciar esas habitaciones y di hasta fin de mes para que sacaran sus cosas. La idea no era tirarlas a la calle, sino hacer de mi problema, nuestro problema: ¿Quién es el dueño de qué? Tal como supuse, la situación se tornó caótica pues ni ellos recordaban cuáles eran sus pertenencias. Un sábado en la mañana llevé todo al patio, lo repartí por lotes e invité a la familia a sacar lo que quisieran, siempre que nadie se opusiera. Fue una mañana de locos, una tarde de orates y una noche de alivio, pues al final del día, todos sacaron lo que les interesaba y dejaron el resto. Con lo que quedó hice una feria de las pulgas en el patio y sorprendentemente, gané cerca de cien mil pesos. Y así obtuve un piso completo para mí, un sueño de niño, cuando jugaba a las escondidas en ese espacio enorme, lleno de recovecos mágicos y cachureos insalubres. Siempre imaginé que esa sería mi habitación, pero la pieza soñada cambió tantas veces como yo cambié mis gustos, y a pesar de todas las transformaciones, lo único inamovible fue la ubicación de la cama: frente al ventanal redondo.
La muerte de mi madre fue una sorpresa para todos (especialmente para mí, que soy hijo único y nunca tuve padre) y para sobreponerme, imaginé una nueva transformación de mi pieza en el tercer piso: un loft. Así que hablé con un maestro que siempre me ayuda con los arreglos de la casa y juntos derribamos los muros. Botamos las paredes con combos, hachas y serruchos, y al final, lo único que quedó en pie fueron las vigas. Pero hubo algo que no pensé y que apareció después de sacar los escombros: el suelo. El piso de parquet estaba destruido y como no tengo plata para repararlo, la idea del loft quedó relegada para cuando termine mi segunda novela y el dinero por los derechos de autor pague el piso flotante. En realidad no espero demasiado de mi segunda novela, pues para ser sincero, la primera nadie la quiso publicar y según la opinión de algunos “es pura basura”. Pero las razones no cambian el hecho que el tercer piso es una gran habitación polvorienta, con un baño cerca de las escaleras y frente al ventanal redondo, donde debía estar la cama, hay una mesa pequeña con un computador encima. Al lado, sobre una columna, luce una pecera redonda con una carassius de ojos saltones y un color negro aterciopelado.
Desde niño imaginé ese ventanal redondo como el ojo de un cíclope gigante, la ventana al alma de la casa. Desde allí veía un mundo diferente, a través del ojo único del gigante me sentía seguro, poderoso, superior a la gente que circulaba abajo. Con los años, la fantasía del ojo único cambió, pero no su esencia, pues el ventanal redondo sí es el alma de la casa. El arquitecto de ese palacio así lo visualizó, porque toda la fachada está diseñada en torno suyo, como las ondas concéntricas que dibuja una gota al caer en agua calma. Por eso puse ahí mi computador, imaginé que desde ese lugar vería más allá y descubriría un mundo digno de ser descrito en las páginas de un libro.
Enciendo el computador, reviso lo que he escrito hasta ahora y me sorprendo al descubrir que de las pobres dieciocho páginas escritas, tres de ellas hablan de la chica del bar, un fantasma que vi apenas una vez. Pero todo sirve para la novela, porque a este ritmo jamás acabaré.
Después de la muerte de mi madre, la amenaza del trabajo golpeó la puerta, pero por suerte me dejó sus ahorros, los que distribuí para que duren un mínimo de ochenta meses. En este tiempo debo escribir dos novelas y luego, sin consigo el éxito editorial necesario, sólo me queda el inevitable destino de la clase obrera: laburar. Mientras pienso en esto me doy cuenta de lo inmaduro que soy, de lo poco y nada que sé de ganarse la vida y de mi absoluta dependencia de mi madre, incluso dos años después de su muerte. Prendo un pito y comienzo a escribir de lo único que sé: mujeres.
Los hombres somos una raza extraña, siempre buscando otra mujer, porque la que tenemos no nos sirve, aunque estemos enamorados. Muchos, quizá la mayoría, sólo hablan, hablan y hablan de tener sexo, pero unos pocos son los que realmente lo intentan. Yo estoy en el grupo de los pocos y estoy orgulloso de ello. Hasta ahora me acosté con más de trescientas mujeres y con esa experiencia, me considero un experto en el área. Pero esto de nada sirve a la hora de escribir una novela, porque por mucho que sepa (sé de mujeres, no de amor. Creo que es necesario aclarar ese punto) no es algo que pueda transformar en una historia. Las historias de amor venden, pero la historia de una persona opinando de mujeres y sexo, dudo que sea interesantes para alguien, incluso para quien las escribió. Sin embargo, y a pesar de esta premisa, voy a escribir algo, lo que sea.
El típico error que cometen los hombres cuando conquistan a una mujer es extraviar la presa. Lo primero es buscar la persona que más te gusta del lugar y una vez localizada, hay que espiarla, pues todo lo que hace es una pista para llevarla a la cama. La elegida suele estar sentada con amigas, así que lo primero es acercarse usando cualquier excusa. Quiero destacar que el hecho de levantarse y tomar la iniciativa es un acto de coraje que merece y debe ser loado. Los que se acercan a la víctima y la sacan a bailar suelen ser los depredadores más jóvenes e inexpertos. Una vez vi un espécimen invitando a bailar a una muchacha en un bar cervecero, sin pista de baile y lleno de mesas. Bastaba verlo para darse cuenta lo nervioso que estaba, transpiraba, movía las manos a cada rato, sin saber qué decir. Y como si eso no fuera suficiente, sus amigos, todos universitarios sub veinte, se reían de él y gritaban bromas desde la mesa del lado. El resultado fue obvio, pero entrega una valiosa lección: si estás con otros depredadores, debes contar con su apoyo o mejor no intentarlo. En mi caso, salgo de cacería solo, así evito las distracciones.
Si te acercaste y hablas con ella, estás en la fase dos, que para efectos prácticos llamaremos: separar la presa de la manada. A estas alturas, ella ya sabe si le gusta su galán o no y según eso actúa. Si superamos el rechazo absoluto y dialogamos con ella, entonces el interés existe, aunque sea mínimo. Aquí empieza la parte crítica, donde el cazador paciente puede obtener su recompensa. Todas las mujeres son distintas y sin embargo, todas iguales: buscan alguien que les llene el corazón. Lo que varía es la forma en que les gusta ser llenadas. Con esta premisa sabemos hacia donde orientar la conversación, como actuar y sobre todo, que es lo que espera de ti. Con la observación sabremos si la presa es habladora o callada, alegre o seria, o como sea, lo que haremos será parecernos a ella pero en versión masculina. Actuar como ella le dará la confianza para alejarse de la manada, que es lo único que debe preocuparnos por ahora. Esta etapa tiene una duración variable y en algunos casos requiere una cita para otro día.
Cuando está sola, lejos de las miradas inquisidoras de sus acompañantes, recién entonces comienza “La Conquista”. Esta etapa es la más difícil y muchas veces nunca lograrás el objetivo básico: tener relaciones sexuales. Un comentario errado o un gesto mal hecho basta para alejar la presa y no hay consejo que sirva en esta etapa, pues la que decide es ella y no hay nada más que se pueda hacer excepto ser uno mismo y esperar que eso sea suficiente. Quizá una mentirilla blanca pueda ayudar, pero es la experiencia la que marca la diferencia, aunque las estadísticas también sirven. Desde esta perspectiva, lo más importante es superar la etapa anterior, pues mientras más veces logres llegar a La Conquista (tú y ella solos), tus probabilidades crecen proporcionalmente. Primero por la experiencia adquirida, que aumenta tu confianza y disminuye tu miedo al fracaso. Pero lo más importante es independiente del resultado (un cazador inexperto reporta un porcentaje de aciertos del orden del 5%), sino que es lo obvio: mientras más lo intentes, más posibilidades de éxito.
El porcentaje de logros es variable y depende de la experiencia, el físico, la labia y las circunstancias. Pero para alguien como yo, un cazador profesional, mi nivel es de uno de cada cuatro intentos. Las razones de tan alto porcentaje son mi larga trayectoria, el equilibrio exacto entre hablar y escuchar, y mi amor incondicional a las mujeres. Alguien diría que eso es una paradoja, y quizá lo sea, pero yo amo a las mujeres, a todas ellas, feas y bonitas, altas y bajas, gordas y flacas, las amo y quiero que sean felices; quiero hacerlas felices. Es cierto que soy de gustos exigentes y no me acuesto con cualquier mina que se cruza en mi camino, pero no es menos cierto que siempre estoy dispuesto a conversar y alegrarle el día a una mujer, aunque no sea una amante potencial. Y creo que ese amor incondicional que profeso hacia ellas, las minas lo huelen, lo presienten aún antes que hable.
La muerte de mi madre fue una sorpresa para todos (especialmente para mí, que soy hijo único y nunca tuve padre) y para sobreponerme, imaginé una nueva transformación de mi pieza en el tercer piso: un loft. Así que hablé con un maestro que siempre me ayuda con los arreglos de la casa y juntos derribamos los muros. Botamos las paredes con combos, hachas y serruchos, y al final, lo único que quedó en pie fueron las vigas. Pero hubo algo que no pensé y que apareció después de sacar los escombros: el suelo. El piso de parquet estaba destruido y como no tengo plata para repararlo, la idea del loft quedó relegada para cuando termine mi segunda novela y el dinero por los derechos de autor pague el piso flotante. En realidad no espero demasiado de mi segunda novela, pues para ser sincero, la primera nadie la quiso publicar y según la opinión de algunos “es pura basura”. Pero las razones no cambian el hecho que el tercer piso es una gran habitación polvorienta, con un baño cerca de las escaleras y frente al ventanal redondo, donde debía estar la cama, hay una mesa pequeña con un computador encima. Al lado, sobre una columna, luce una pecera redonda con una carassius de ojos saltones y un color negro aterciopelado.
Desde niño imaginé ese ventanal redondo como el ojo de un cíclope gigante, la ventana al alma de la casa. Desde allí veía un mundo diferente, a través del ojo único del gigante me sentía seguro, poderoso, superior a la gente que circulaba abajo. Con los años, la fantasía del ojo único cambió, pero no su esencia, pues el ventanal redondo sí es el alma de la casa. El arquitecto de ese palacio así lo visualizó, porque toda la fachada está diseñada en torno suyo, como las ondas concéntricas que dibuja una gota al caer en agua calma. Por eso puse ahí mi computador, imaginé que desde ese lugar vería más allá y descubriría un mundo digno de ser descrito en las páginas de un libro.
Enciendo el computador, reviso lo que he escrito hasta ahora y me sorprendo al descubrir que de las pobres dieciocho páginas escritas, tres de ellas hablan de la chica del bar, un fantasma que vi apenas una vez. Pero todo sirve para la novela, porque a este ritmo jamás acabaré.
Después de la muerte de mi madre, la amenaza del trabajo golpeó la puerta, pero por suerte me dejó sus ahorros, los que distribuí para que duren un mínimo de ochenta meses. En este tiempo debo escribir dos novelas y luego, sin consigo el éxito editorial necesario, sólo me queda el inevitable destino de la clase obrera: laburar. Mientras pienso en esto me doy cuenta de lo inmaduro que soy, de lo poco y nada que sé de ganarse la vida y de mi absoluta dependencia de mi madre, incluso dos años después de su muerte. Prendo un pito y comienzo a escribir de lo único que sé: mujeres.
Los hombres somos una raza extraña, siempre buscando otra mujer, porque la que tenemos no nos sirve, aunque estemos enamorados. Muchos, quizá la mayoría, sólo hablan, hablan y hablan de tener sexo, pero unos pocos son los que realmente lo intentan. Yo estoy en el grupo de los pocos y estoy orgulloso de ello. Hasta ahora me acosté con más de trescientas mujeres y con esa experiencia, me considero un experto en el área. Pero esto de nada sirve a la hora de escribir una novela, porque por mucho que sepa (sé de mujeres, no de amor. Creo que es necesario aclarar ese punto) no es algo que pueda transformar en una historia. Las historias de amor venden, pero la historia de una persona opinando de mujeres y sexo, dudo que sea interesantes para alguien, incluso para quien las escribió. Sin embargo, y a pesar de esta premisa, voy a escribir algo, lo que sea.
El típico error que cometen los hombres cuando conquistan a una mujer es extraviar la presa. Lo primero es buscar la persona que más te gusta del lugar y una vez localizada, hay que espiarla, pues todo lo que hace es una pista para llevarla a la cama. La elegida suele estar sentada con amigas, así que lo primero es acercarse usando cualquier excusa. Quiero destacar que el hecho de levantarse y tomar la iniciativa es un acto de coraje que merece y debe ser loado. Los que se acercan a la víctima y la sacan a bailar suelen ser los depredadores más jóvenes e inexpertos. Una vez vi un espécimen invitando a bailar a una muchacha en un bar cervecero, sin pista de baile y lleno de mesas. Bastaba verlo para darse cuenta lo nervioso que estaba, transpiraba, movía las manos a cada rato, sin saber qué decir. Y como si eso no fuera suficiente, sus amigos, todos universitarios sub veinte, se reían de él y gritaban bromas desde la mesa del lado. El resultado fue obvio, pero entrega una valiosa lección: si estás con otros depredadores, debes contar con su apoyo o mejor no intentarlo. En mi caso, salgo de cacería solo, así evito las distracciones.
Si te acercaste y hablas con ella, estás en la fase dos, que para efectos prácticos llamaremos: separar la presa de la manada. A estas alturas, ella ya sabe si le gusta su galán o no y según eso actúa. Si superamos el rechazo absoluto y dialogamos con ella, entonces el interés existe, aunque sea mínimo. Aquí empieza la parte crítica, donde el cazador paciente puede obtener su recompensa. Todas las mujeres son distintas y sin embargo, todas iguales: buscan alguien que les llene el corazón. Lo que varía es la forma en que les gusta ser llenadas. Con esta premisa sabemos hacia donde orientar la conversación, como actuar y sobre todo, que es lo que espera de ti. Con la observación sabremos si la presa es habladora o callada, alegre o seria, o como sea, lo que haremos será parecernos a ella pero en versión masculina. Actuar como ella le dará la confianza para alejarse de la manada, que es lo único que debe preocuparnos por ahora. Esta etapa tiene una duración variable y en algunos casos requiere una cita para otro día.
Cuando está sola, lejos de las miradas inquisidoras de sus acompañantes, recién entonces comienza “La Conquista”. Esta etapa es la más difícil y muchas veces nunca lograrás el objetivo básico: tener relaciones sexuales. Un comentario errado o un gesto mal hecho basta para alejar la presa y no hay consejo que sirva en esta etapa, pues la que decide es ella y no hay nada más que se pueda hacer excepto ser uno mismo y esperar que eso sea suficiente. Quizá una mentirilla blanca pueda ayudar, pero es la experiencia la que marca la diferencia, aunque las estadísticas también sirven. Desde esta perspectiva, lo más importante es superar la etapa anterior, pues mientras más veces logres llegar a La Conquista (tú y ella solos), tus probabilidades crecen proporcionalmente. Primero por la experiencia adquirida, que aumenta tu confianza y disminuye tu miedo al fracaso. Pero lo más importante es independiente del resultado (un cazador inexperto reporta un porcentaje de aciertos del orden del 5%), sino que es lo obvio: mientras más lo intentes, más posibilidades de éxito.
El porcentaje de logros es variable y depende de la experiencia, el físico, la labia y las circunstancias. Pero para alguien como yo, un cazador profesional, mi nivel es de uno de cada cuatro intentos. Las razones de tan alto porcentaje son mi larga trayectoria, el equilibrio exacto entre hablar y escuchar, y mi amor incondicional a las mujeres. Alguien diría que eso es una paradoja, y quizá lo sea, pero yo amo a las mujeres, a todas ellas, feas y bonitas, altas y bajas, gordas y flacas, las amo y quiero que sean felices; quiero hacerlas felices. Es cierto que soy de gustos exigentes y no me acuesto con cualquier mina que se cruza en mi camino, pero no es menos cierto que siempre estoy dispuesto a conversar y alegrarle el día a una mujer, aunque no sea una amante potencial. Y creo que ese amor incondicional que profeso hacia ellas, las minas lo huelen, lo presienten aún antes que hable.
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