domingo, 8 de noviembre de 2009

Capítulo 12.- Recuento mental

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Valdés se fue a viña después de almuerzo y quedé sólo frente al computador. Empiezo a escribir mi novela pero las ideas siguen girando en torno a la noche anterior y mi Morticia. Busco en internet donde puedo conseguir la colección completa de los locos addams. Podría ser un buen regalo. Encuentro en mininova.org la serie completa, 36 capítulos con la Morticia original. De inmediato comienzo a bajarla. Dejo de navegar y vuelvo al teclado.
Escribo la ficción que tengo en mi cabeza y en su lugar relato los problemas que tiene Soto para ver a su hija, sus temas de plata, su carencia de trabajo y sus rollos con su ex señora. Selecciono todo, lo borro y empiezo otra vez. Hilvano un nuevo inicio que me lleva inexorable hacia la enfermedad del máster. No puedo creer que mi compadre Arturo Aylwin tenga Sida. Sé que es la consecuencia lógica de su estilo de vida, pero a la vez es un llamado de atención hacia mí, que me acuesto con el primer par de piernas abiertas que veo. De nuevo desvié de mi camino.
Empiezo otra vez y recuerdo a mi compadre Scott y su alcoholismo, pero saco esta imagen de mi cabeza y vuelvo al inicio, a Valdés, que ahora viaja a Viña con la idea fija de reconciliarse con su ex señora, la misma que odiaba y gorreaba con afán vengativo mientras estuvieron juntos. Es que no hay alternativa, estamos destinados a querer lo que no tenemos y el caso de Valdés es el más patético de todos. Esta idea me gusta.
Y de nuevo a los orígenes: Morticia y su reflejo de carne y hueso: la Pame. Le gusto, estoy seguro, porque me dio un beso, aunque fueron unos segundos. Después lo pensó mejor y se alejó. Diría que le dio vergüenza o algo similar. Lo más obvio es que tiene pololo, porque no creo que novio y menos marido, pero nada es imposible. Si es pololo, no sería nada, pero depende como sea ella, quizá es asegurada y no quiere dar nada por perdido. Ni pololo y futuro ex, ni yo. Como un mono que no suelta una rama hasta no agarrar la otra. Pero ella no es así. No lo creo. Y si lo es, no me importa, me la como y después si te veo no me acuerdo. Pero no, no creo. O mejor dicho, no quiero creer que sea así.
La Pame tiene una personalidad que me intriga y me atrae al mismo tiempo. Oculta tras esa fachada de silencio y ternura infantil, toma las decisiones que le convienen y eso es algo que nunca he podido hacer. Siempre dejo que otros tomen mis decisiones. Pero no soy yo el tópico de esto, sino ella. ¿Qué motivó su decisión cuando dejó de darme el beso? Eso es lo que quiero saber.
Asumamos que fue una tercera persona, entonces habría que obviar el tipo de relación que tienen, porque la desconozco. Pero no da lo mismo, es un mundo de diferencia un marido que un pololo de tres meses o de tres años. No puedo sacar nada en limpio hasta que no sepa de quién estamos hablando. Quizá no estamos hablando de una persona, quizá es mormona y le prohíben dar besos. O evangélica y todo es pecado y vive rezando. El sonido del teléfono me salva de tanta estúpida idea.
- Aló… ¡Arturo! ¡Cómo estamos compadre! – miro la calle a través del ventanal redondo – Inauguración… De allá somos. ¿Me pasas a buscar? – El ojo ciclópeo indaga en el mundo inferior – Ok. Nos juntamos allá – de pronto pienso en el señor de los anillos y el gran ojo que todo lo ve. Por un instante me siento poderoso.
A las diez me tengo que juntar con Arturo en la inauguración de un bar nuevo en el barrio bellas artes. Lo mejor de estos eventos es que todas las minas se engalanan y lucen guapísimas. En un mundo ideal todas las mujeres estarían siempre bellas y dispuestas. Por desgracia, éste no es un mundo ideal, así que me conformaré con la inauguración. Pero eso es en más de cuatro horas, así que dejo mi lugar como pupila del ojo redondo que corona la torre del castillo de Berazategui y vuelvo al computador. Decido dejar de pensar en las razones de Pamela y concentrarme en mi libro, pero no lo consigo, así que opto por leer las pocas páginas que he escrito. Es otra excusa para dejar de escribir… lo sé.