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Cuando termina la última sesión del taller literario, Mariana pregunta si voy a ir a celebrar con los demás. No pensaba hacerlo, pero ya que me lo pide, acepto. Desde la primera sesión le tengo ganas, pero como ha venido tan poco, no he tenido la posibilidad de acercarme. Ella no me gusta demasiado, pero tiene algo que me calienta. No sé si son sus ojos achinados, el andar liviano o ese único cuento que leyó en el taller. Pero no importa, ésta es mi oportunidad y no la voy a dejar pasar. Así que me uno al grupo y nos vamos a Bellavista en busca de un bar. Sugiero el Étnico, pero las finanzas no dan para tanto y nos sentamos en un bar sin nombre donde venden cervezas de litro por luca y media. Hablamos de lo aprendido durante el taller literario y comentamos sobre los muchos textos leídos. En realidad, ellos comentan, porque yo escucho, sonrío y asiento con la cabeza. Mis pocas frases las dedico a Mariana, porque si algo sé de mujeres es que para conquistarlas, debes bridarles toda tu atención. Pero esto cambia cuando empiezan a hablar de mi cuento, que les aclaro de inmediato no es un cuento, sino el primer capítulo de mi segunda novela. Entonces preguntan hacia dónde va la historia y les contesto la verdad: no tengo la más puta idea… aún.
La conversa sigue por varias horas y la cerveza hace burbujear mi cabeza. Por suerte, mi cabeza no es la única burbujeando y como leyendo mi mente, Mariana toma mi mano y la pasa alrededor de su cintura. “Hace frío”, me comenta con una risa juguetona. Hoy te toca, pienso y la acaricio con suavidad. Cuando quedamos unos pocos en la mesa, después de las despedidas y las clásicas anotaciones del celular, sugiero que terminemos la noche en mi casa. La idea cayó, para mi desgracia, en tierra fértil y nos vamos los siete ex compañeros del taller literario. Como todo tiene un lado brillante y otro opaco, por lo menos Mariana se va conmigo en el taxi, mientras el resto de mis compañeros van en auto a comprar trago y de ahí a la casa.
Bajamos del taxi tomados de la mano, hablando frases melosas y compartiendo sonrisas embobadas. Mariana tiene treinta y pico años, así que sabe a lo que va o por lo menos, eso espero. Además, si la cerveza no es suficiente para hacer olvidar los pudores del sexo en la primera cita, estoy seguro que mis margaritas lo lograrán. La vieja puerta de roble cruje cuando la abro, y al estilo de los caballeros antiguos, con una reverencia la invito a ingresar a mi pequeño mundo privado. Como toda casa antigua, no hay patio delantero, sino que las paredes dan directo a la calle y para dar una descripción más precisa de mi humilde morada, diré que más que una casa, es un pequeño palacio. De hecho, es monumento nacional, y con más de cien años de vida es conocido como el “Palacio de Tirapegui”. Está ubicado en medio del barrio universitario, pleno centro santiaguino, y no podría vivir en otro lugar. Es cierto que es vieja y la pintura se cae a pedazos, pero esto es mejor aún, porque como no tengo plata para que alguien la restaure, me entretengo tardes completas pintando, jardineando y creando nuevos espacios para mi ocio. El palacete tiene tres pisos. En el primero está la cocina y la zona de visitas, un living / comedor / estar, ubicado en una gigantesca habitación que parece vacía. Un comedor para ocho personas, una cómoda que oficia de bar, un sofá, dos sillones, cuatro peras y un equipo de música conectado a cuatro parlantes es el mobiliario que ocupa el espacio. De las paredes cuelgan las gigantografías que hago en photoshop y enmarco a punta de clavos, cola y paciencia. Luego de una rápida ojeada la invito a la zona de invitados VIP, el segundo piso. Sé que no tengo tiempo, que mis compañeros están por llegar, pero en mi mente no deja de circular una película porno donde tengo sexo apasionado y fugaz en el balcón. Muestro a la rápida las otras habitaciones y termino el tour en mi pieza, en el balcón, observando los adoquines cubiertos de hojas secas, esperando ser pisadas por los transeúntes. Entonces tomo sus caderas y me acerco con suavidad hasta rozar su cuello con mis labios. Noto un breve estremecimiento. Nuestra respiración se sincroniza, aumentan los latidos, mis caderas se adhieren a las de ella y entonces, no antes ni después, llegan mis compañeros levantando al cielo unas botellas de ron y cervezas. Sabía que no tenía tiempo.
La música se enciende, los vasos, el hielo y el trago se pasean intransigentes de mano en mano, los cigarros van de cenicero en cenicero. Las voces se levantan y discusiones filosóficas, políticas, literarias y teológicas surgen espontáneas. Pérdidas de tiempo que con un trago en la mano parecen lo más importante del mundo, aunque no para mí, que mantengo mi concentración en Mariana y sigo sonriendo y asintiendo con la cabeza. Al rato, preparo tequila margarita para todos, aunque la idea es siempre deleitar a la presa.
- Debiéramos juntarnos para hacer un trabajo colectivo – clama Héctor, un ex oficial naval, jubilado, que escribe cuentos mezclados con poesía.
- Salud por eso – brindo con todos, pero con la vista puesta en la copa de Mariana, esperando apurar su trago.
- Por un gran libro colectivo – brinda otro. Conozco estos trabajos colectivos en que uno tiene ganas, uno lo ayuda a organizar, otros dos están de acuerdo pero no hacen nada más que asentir con la cabeza y el resto sólo moverá los lápices cuando esté todo el trabajo hecho. Por supuesto, siempre hay un pesimista que está seguro que esto no resultará. Ese soy yo, pero de palabra apoyo de inmediato la idea, porque no quiero ser catalogado de pesimista y aguafiestas.
- Definamos un tema para la compilación – sugiere Héctor - ¿La amistad? Esa es la razón que nos reúne aquí y que nos reunirá en el libro.
- ¡Por la amistad! – brindo y vuelvo a apurar el trago de Mariana, que termina con su primera copa de margarita.
- Por la amistad – brindan los demás. Sirvo otra copa a Mariana para que pueda participar del segundo brindis.
- No creas que me engañas, me quieres emborrachar –dice Mariana en un tono que no sobrepasa el sonido de la música.
- Entonces lo notaste. Es un alivio – brindo de nuevo, pero ahora solo con ella. Ambos bebemos y sonrío. Es un gesto honesto, porque su respuesta es un reconocimiento a su experiencia. Y su jovialidad y frescura hace que el juego en el que estamos sea más excitante. Cold Play nos acompaña con la música.
El último en irse es Héctor, a las cinco treinta. Promete llamar pronto para organizar el libro de cuentos colectivo. Entonces por fin quedamos solos. Pero estoy con sueño y borracho, así que todas las ilusiones del inicio de la velada, todas las fantasías eróticas, todo, se transforma en la esperanza de un nuevo día.
- Y ahora, qué harás – comento en voz baja, casi como una plegaria.
- Es tarde. Quisiera quedarme a dormir. Mañana me iré apenas despierte –contesta mientras lava los vasos.
- Obvio. Pero no hay prisa. ¿O tienes algo que hacer? – digo con más tono de súplica que de pregunta.
- No. En realidad no. Ahí veremos.
Ella insiste en dormir en el sofá, truncando mis planes de adelantar algo del tira y afloja de mañana. Sin embargo le ofrezco la pieza de alojados, donde podrá dormir sola. Me comprometo a no molestarla. Luego me voy a dormir. Mucho más tarde, llega sola a mi cama y se acuesta a mi lado, justificando lo grande de la casa y el miedo como excusa. La abrazo y dormimos hasta pasadas la una de la tarde.
Cuando abro los ojos no está a mi lado y pienso que cumplió su palabra y se fue apenas despertó. Pero no encuentro ningún mensaje de despedida con su teléfono al final. Cagué pienso, mientras bajo a la cocina a servirme un café. Entonces escucho ruido del patio y salgo a ver. Ahí está ella, mirando la pequeña pileta que construí en el patio. “Bonitos peces”, dice mientras me acerco. Me siento a su lado y compartimos en silencio el ingrávido baile de los peces de colores.
Cocino lasaña. Algo rápido, pero que a ojos inexpertos parece un banquete que requiere el trabajo de un chef profesional. Pero nunca es así, porque la salsa viene preparada, las rebanadas de jamón las intercalo con queso y directo al horno. La masa está pre cocida, como reza la caja en letras grandes y rojas, y en menos de una hora tengo un plato con una linda presentación y un carácter afrodisiaco, gracias a mi ingrediente secreto, que nunca ha existido pero siempre acompaña todo lo que cocino. Una botella de vino reemplaza el tequila y el juego de seducción continúa algo más tímido que la noche anterior. Pero esas son las reglas. Las conozco bien, así que no reclamo, sino que las asumo como un buen competidor.
Después de comer, abro la segunda botella y la invito a reposar en la hamaca de dos plazas que tengo instalada bajo la parra para estos efectos. Ahí acaricio su piel suave, dejándonos mecer por el viento otoñal y acompañados por un sol que aún calienta lo suficiente para disfrutar en polera el patio. La beso y me devuelve el favor con una efusividad que me sorprende. La respiración se transforma en jadeos y la hamaca cambia su movimiento lateral por uno menos regular y más apasionado. La ropa cede poco a poco a nuestros instintos y cae al suelo entre caricias y besos asfixiados. Sus pezones erectos dan la partida a un desenfreno carnal en el que nuestras manos pasean por zonas permitidas sólo para los amantes. Mis dedos recorren sus cavidades, mientras su cuerpo de gacela se frota contra el mío. Hacemos un amor rápido, descoordinado, guiado por nuestra pasión, hasta que encontramos la sincronía con la hamaca y los tres juntos logramos un orgasmo breve y liberador. Enciendo un cigarrillo y descansamos abrazados hasta caer dormidos.
Despertamos desnudos con el frío del atardecer y cuando Mariana trata de ponerse la ropa, pudorosa por lo que acaba de hacer, no la dejo y la llevo con suavidad hacia mi pieza. Ahí hacemos el amor, pero esta vez más tranquilos, dándonos tiempo para reconocer nuestros cuerpos. Almaceno en mi memoria la mayor cantidad de detalles. Comparo sus movimientos con otras amantes, sus caricias con otras manos, sus formas con otras curvas y por ahora, ella supera todos mis recuerdos. Bajo las sábanos bailamos como serpientes, rodeando y entrelazando nuestros cuerpos en una cadencia cada vez más febril. Sus senos pequeños y juguetones llenan mi boca con agrio dulzor del fin del baile de los enamorados. Ella se queda inmóvil, sentada sobre mis caderas, sudando, jadeante, hasta que finalmente cae rendida sobre mí.
Antes de irse pregunta cuando nos veremos de nuevo y contesto con la verdad: cuando nos juntemos a preparar el libro colectivo de cuentos. Nos despedimos con un largo beso. Luego toma el metro y yo me devuelvo caminando hacia la casa. Antes, casi en la esquina de Ejército con la Alameda, compro dos empanadas para comer en la noche. Mañana empieza otra semana y no he avanzado nada en mi libro. Apenas tengo el primer capítulo escrito, ese que leí en el taller y que Mariana repitió casi de memoria. Camino mientras como y para cuando llego a la casa, ya no quedan empanadas.


Buena IC! Una experiencia (o una idea en su defecto)siempre puede servir para la creación. En este caso, me alegra que un taller pueda ser motivo de inspiración. Me gusta tu estilo, al menos el que muestras acá. Courage!, como dicen los franchutes. Un abrazo. V
ResponderEliminarGracias, de verdad. Necesitaba un comentario positivo...
ResponderEliminarSigue leyendo, está divertido...