El guatón, Scott y yo llegamos a media noche a la casa de Arturo. La reja está abierta y la fiesta promete un futuro esplendor. Como siempre. No entramos a la casa sino que bajamos directo al patio. Ahí está el bar y suena un jazz suave y acogedor. Traemos nuestros propios tragos, porque así son las reglas en las míticas bacanales de Arturo: cada uno trae su trago, se lo da al barman y toma de ahí. El barman y el DJ lo pagamos entre todos, a una mísera cuota de luca cada comensal. Arturo contó que se llevan setenta lucas por noche, poco más, pero calculo que hoy van a doblar la plata. Desde el jardín escucho la música del living, un interminable tema de electrónica, trance, dance y punchi punchi, todo al mismo tiempo. En la barra nos servimos mi combinación favorita: cortos de bourbon y cerveza. Mucha cerveza. El DJ está en el balcón y junto a él un grupo ríe y grita en forma exagerada. Acá el promedio de edad es de treinta y cinco, pero la gente se comporta como en un bar universitario. La música cambia, los tragos cambian, la conversación cambia, pero la actitud es la misma. En las charlas desaparecen los profesores, las notas y los ramos, y en su lugar afloran otros tópicos, como el trabajo, la familia y el dinero. Pero lo demás se mantiene inalterable. Obviando las canas.
Arturo de día se mueve en el ambiente político, como miembro activo del PPD y su trabajo en el Ministerio de Cultura. Su mundo es de corbatas y política partidista, manejo de dineros públicos y buenas intenciones. Pero de noche su naturaleza es diferente y se transforma en el máster del carrete y hace fiestas interminables donde se llena de gente que trabaja de noche, en bares, restaurantes y discotecas. Las drogas más comunes son el trago, la yerba y la coca, pero no es raro encontrar alguien en ácido, rayándola con la música, en medio de la pista de baile. Tampoco sería extraño que ese mismo loco esté cesante, conozca al dueño de un pub y consiga trabajo. Arturo tiene una obsesión por buscar laburo a la gente, según él es su vocación de servicio público. Pero yo lo conozco bien y el único servicio público que hace es para sí mismo, y eso no es muy público que digamos. No saquen conclusiones apresuradas, yo adoro al Arturo y me cae re bien, incluso es el Máster, un guía espiritual en el camino de la soltería. Lo que sucede es que si puede sacar ventaja de su trabajo y contactos, lo hace. No es que robe plata ni nada por el estilo, pero como él dice: “la mitad del dinero que el gobierno invierte en planes de desarrollo, la gasta en el desarrollo de planes para la concertación”.
Miro a mi lado y sólo veo a Scott. Unos cuantos metros más allá está el guatón conversando con dos chicas con cara de fiesta. No lo escucho, pero no lo necesito, porque siempre usa el mismo cuento para engrupir y su porcentaje de aceptación es bastante alto. Iría a apoyarlo, pero prefiero buscar a Arturo. Estamos acá hace dos horas y aún no lo veo por ningún lado, lo cual es raro, porque siempre pasa sus fiestas como el mejor anfitrión, saludando a todo el mundo, presentando gente, bailando y sobre todo, cotizando, como suele decir. Eso significa recorrer la fiesta, conversar con las potenciales amantes y elegir la que tenga mejor precio. Si está en liquidación, excelente y si es una venta de bodega, igual sirve. Yo soy más escrupuloso en mis opciones y al cotizar prefiero las boutiques, que siempre garantizan la calidad del producto.
Veo luz en la pieza de Arturo y dejo a Scott en la barra para ir hacia allá. Durante sus fiestas, las únicas zonas donde se permite circular a los invitados es el living, el estar y el patio y pone muebles evitando el paso de gente a las zonas prohibidas. Su pieza es el más privado de todos y siempre está con llave, por eso sé que está ahí. Nunca lo he visto encerrado durante alguna fiesta, pero sus razones tendrá. Capaz que esté con una mina y eso no sería tan extraño, pero estaría la luz apagada y la música prendida a todo chancho, para poder gritar a destajo. Le gusta el escándalo a mi chiquillo. Una vez llegué de sorpresa y nadie respondió el timbre, pero como la puerta estaba abierta, entré. De inmediato me di cuenta que la estridente música que escuché de afuera provenía de su pieza y cuando me asomé, lo encuentro montando una bella señorita de lo menos pudorosa, pues ni siquiera se sonroja al verme. Entonces el máster grita “¡arre, yegua loca! ¡Arre!”, levanta unas pistolas de plástico al aire y arroja su sombrero de cowboy (la única ropa que usaba aparte del pañuelo de bandolero). Luego me ve. Creo que a él le dio más vergüenza que a ella. Por supuesto me disculpé y me fui. Días después me confesaría que esos juegos son parte de su arsenal de seductor y sugiere que lo intente. Gracias a ellos, fornica tardes completas. Admito que esta arista de sus representaciones sexuales me gustó bastante, porque entre que me quito la ropa y tengo un orgasmo, nunca supero los sesenta minutos. Bueno, no en vano se ganó el apodo que le puse: máster.
Trato de abrir la puerta de su pieza pero está cerrada, así que toco despacio, para no interrumpir. Después de unos segundos abre y me invita a pasar. Está solo, contrario a lo que pensaba y tiene los ojos desorbitados. No pregunto qué le pasa, pues la cara y el masticar constante del chicle entregan la información que necesito.
- Máster, qué hace. ¿Jalando solo? – me mira y se ríe. Con un gesto hace que lo siga. Entramos al clóset, que es casi tan grande como la pieza y ahí me muestra su obra de arte. Sobre una pequeña mesa de vidrio dibujó unas montañas y un sol con coca – eres todo un artista - comento.
- Así no más es compadrito. Una cuadro digno de Dalí. Debiera ganar un fondart por esto – y ambos reímos de buenas ganas – me ayudas a eliminar algunas montañas. El sol lo dejamos para el final.
- Seguro – y en pocos segundos desaparece un pedazo de cordillera.
- Es de la mejor. Me la trajeron ayer.
- Está buenísima, pero máster ¿qué chucha hace encerrado en su pieza? Vamos a hueviar afuera. Está lleno de minas.
La pieza del Arturo se divide en tres áreas: la terraza, la pieza y el clóset. También está el baño, pero eso lo incluyo como parte de la habitación (en suite, diría alguien). La terraza está en el patio y es cerrada, pero en noches de juerga la abre completa y cierra con llave el acceso a la pieza. La otra puerta da a una escalera que sube al segundo piso, donde está el estar y las demás habitaciones. Es la típica casa de cerro, diseñada con terraplenes para aprovechar mejor la superficie. Salimos de la pieza y comenzamos a hablar con todas las chicas que encontramos. Cotizando. Pero ahora hay algo diferente, el máster lo hace como un medio y no como un fin. Es decir, perdió de vista el objetivo de cotizar y parece que sólo quiere hablar. De hecho, deja pasar una liquidación con descuentos de hasta el cien por ciento. Una viejita rica se acerca a pedirle un baño privado para que pueda vomitar tranquila, porque los tragos se le pasaron y no quiere que alguien se aproveche de ella. Esto lo deducimos con dificultad, ya que su español es una suerte de letras unidas que pasan arrastradas por su garganta. Dudo que ella misma entienda lo que dice, pero por ahí va el tema. Como sea, lo relevante es el hecho que en lugar de llevarla de inmediato a su pieza, como haría siempre, se ofrece a acompañarla al baño de arriba y vigilar la puerta para que esté tranquila. Entonces ya no me quedan dudas: algo preocupa a Arturo.
Como ahora no es el momento apropiado para preguntar, decido dejarlo tranquilo, no sin antes aconsejarle que lo mejor que puede hacer es aprovechar esa liquidación, porque ya sea que compre o no, sus problemas van a seguir ahí cuando ella se vaya, pero su espíritu va a estar mucho más tranquilo. Vuelvo donde el Scott y lo encuentro durmiendo en la hamaca. Del guatón, ni rastro. Así que me sirvo dos cortos al seco y abro otra lata de cerveza. Es hora de cotizar por mi cuenta.
En la improvisada pista hay un montón de gente que baila sola, a las que me uno tratando de no llamar la atención. Sé que es un buen lugar para otear, porque las ebrias y las liquidaciones están en la zona del bar y aquí arriba, están las minas más voladas, que cuidan más de sí y suelen ser, por ende, más bonitas. A mí no me importa tener que salir dos o tres veces con la misma chica para acostarme con ella, es el costo de conseguir una mujer medianamente atractiva. Las féminas de una noche son siempre más escasas, vienen dañadas de fábrica y con mucho kilometraje encima. Aunque siempre hay excepciones y mantengo la misma esperanza de todas las noches, que esa excepción sea hoy. Entonces, mientras bailo, rozo el cuerpo de una mujer y comenzamos a contornearnos juntos, sin mirarnos, espalda con espalda, cola con cola. Sé que es hembra por como huele, por el ancho de sus caderas y por el pelo largo, que logro ver de reojo. También podría ser un travesti, pero esos son más escasos que los éxitos de una noche. Por otro lado, tampoco espero que sea una mujer guapa y por ende, esto sólo será un flirteo casual, pero esos encuentros que no interesan, sirven como precalentamiento para el próximo intento. Además, una buena conversa entre dos loquillos entregados al baile siempre es agradable. Siento que gira y hago lo mismo. Entonces la veo por primera vez. Me gusta su cara, es atractiva y tiene un cierto encanto que creo reconocer. Bonita sonrisa, bonitos ojos y ahora, con ritmo inocente, trato de mirar sus curvas. El típico error que comete la mayoría de los inexpertos es quedarse cerca y nunca ven a la chica de cuerpo completo (hay gordas inmensas con unos rostros bellos y delgados). Pero ese desliz que cometí demasiadas veces, es el mismo que ahora evito. Me alejo un poco y bailo en círculos a su alrededor, así puedo observar en detalle, sin que sospeche, porque si descubre que cotizo la mercancía, pierdo toda posibilidad. En este caso, creo que es el mejor cuero de la noche y para asegurarme, la invito a fumar un caño al patio. La hago caminar delante, con la única idea de observar los detalles finales. Con la gravedad como testigo, después de una hora reuní toda la información que necesito. La conclusión es la mejor; una boutique en liquidación y con letras rojas. La invito unos cortos de bourbon y luego dos chelas. ¡Salud!
Hay veces en que el sexo apasionado y fugaz de una noche llega como una mina que toma ácido por primera vez o alguna fémina en celo con seis meses de abstinencia (hablando de mujeres treintonas). En otras ocasiones, la dieta es tu mejor aliada y la falta de comida en el cuerpo las deja borrachas sin que sepan qué les pasó. A veces aparece en forma de antiguas conocidas, minas en las que sembraste una semillita de coqueteo y ésta germina sin que lo sepas. Hoy fue así, porque cuando pregunté su nombre descubrí porque su belleza me parecía tan familiar: Carolina Danzola, una ex polola del colegio, en octavo básico, cuando éramos vírgenes. Pero no importa cuánto tiempo transcurrió, porque nuestra complicidad es otra vez como en la pubertad y los recuerdos dominan la conversación. La dejo hablar, porque conozco lo frágil de mi memoria y temo contar alguna anécdota que compartimos pero que nunca existió, sino que pasó con otra. Esos errores suelen costar una presa. Así que me limito a reír con sus relatos y acercarme cada vez más a su cara, hasta que por fin la beso, y ella se deja llevar. Seguimos en el pasado, nuestras aventuras, los primeros besos y más relatos de calenturas púberes, y cuando pienso que todo está listo, lanzo el ataque final: “vamos al baño a jalar algo”. Ella dice que no se puede, porque la gente entra a cada rato y la puerta no se cierra. Pero ella no conoce la casa. Existe otro baño, uno más chico, que está en la zona cerrada al público y por si acaso, tiene seguro y cerrojo.
Nos encerramos entre besos y agarrones juguetones, y pongo dos líneas sobre el estanque del wáter (gentileza del sol de Arturo). Ella se pega una y me deja la otra, pero no tengo ganas, sólo quiero ver hasta donde llegaremos en ese baño petizo, donde no caben dos personas acostadas. Progresamos más rápido de lo que esperaba y en menos de media hora estamos haciendo el amor parados, luego en el suelo, sobre una toalla y finalmente, se arrodilla sobre la tapa del wáter y apoya los brazos en el estanque. Ahí trabajo duro hasta conseguir un orgasmo cagón, casi insensible, gentileza de la cantidad de drogas que me eché adentro. Después de botar el condón, nos quedamos hablando. Fumamos y jalamos hasta que dejamos de transpirar. Saca un perfume de su cartera y nos echamos un poco. Después de hora y media salimos del baño, riéndonos y limpiándonos las narices. Descubrimos con tristeza que los pájaros están cantando y casi todos se han ido. Arturo toma una cerveza y habla con Scott, que no lo escucha pues aún duerme en la hamaca. A un par de metros, el barman y el DJ recogen sus cosas y se preparan para la huida. Bajo de la mano con Claudia y me siento junto a Arturo.
- Veo que la noche ha sido productiva, perrito – dice al verme llegar.
- Sí, bueno. Que puedo decir. Ella es Carolina – los presento y se ríe.
- Claro que la conozco pues compadre. Cómo estamos Carolita – contesta.
- Bien. Gracias. Oye, dónde estabas. No te vi en toda la noche – dice ella.
- Si conozco a nachito, diría que eres tú la que ha estado extraviada esta noche – Carolina se ruboriza ligeramente, pero igual ríe.
- Es que no se puede negar un beso a un ex pololo – digo yo en su defensa.
- ¡Ex pololo! Ese cuento es la primera vez que lo oigo.
- Es verdad – agrego – en serio. Si el mundo es un pañuelo – y los tres reímos al unísono. Scott despierta con el ruido.
- Mira. Despertó la bella durmiente – dice Arturo. Carolina se despide, pero no sin antes anotar su teléfono en la palma de mi mano. Prometo llamarla luego y nos despedimos con un gran beso. – Buena cabro, nunca había visto a alguien que se comiera a la Carola a la primera. Congratulaciones – ríe.
- Es verdad que somos pololos del colegio.
- Lo que sea – me dice mientras se toma el resto de la cerveza al seco.
- Compadre, ¿qué le pasa? – pregunto.
- Nada perrito. Nada – abre otra cerveza y da un largo trago. Conozco al Arturo hace años y no toma mucho, es más de fumar yerba y pegarse en la pera. Además, es seis años mayor que yo, así que siempre me trata de niño, cabro, perrito o algún diminutivo que hace notar su mayoría de edad y entre líneas, su superioridad. Es de los que contrario a la mayoría, está orgulloso de su edad y soltería, y lo repite cada vez que puede. “Mientas más viejo, más cachero”, suele decir.
- Vamos, no me engrupas a mí. Estabas encerrado en tu pieza dibujando un sol con coca – le digo – así no eres tú.
- Bueno, algunos problemas personales. Pero ahora no es el momento… – dice mientras apunta al Scott con la boca.
- Scott no entendería nada, aunque estuviera despierto, así que habla no más.
- No es nada importante, de verdad.
- Máster, no defraude a su discípulo con trucos baratos. Si hasta desechaste a esa mina que estaba casi inconsciente.
- ¿Quién te dijo que la desperdicié? – contesta desafiante – anda a la pieza y mira adentro – lo hago y veo a la mujer durmiendo sobre la cama.
- Puede ser que le hayas llevado a tu pieza, pero no has hecho nada. Si hubieras culeado me estarías contando ahora mismo los detalles.
- Yo no soy así. Un caballero no tiene memoria – contesta.
- No tiene memoria. Hablas tanto de tus relaciones que debo suplicar para que no cuentes tanto detalle – río.
- Puta, si no le cuento mis aventuras a mi mejor amigo, a quién entonces.
- Ahora soy tu mejor amigo y te baja todo el afecto. Ya huevón, cuéntame qué te pasa.
- Ya mi niño. Tú ganas. Te voy a contar, pero no ahora. La próxima semana voy a tener una fiesta privada. Ahí te aviso.
Después la conversación deriva en las típicas preguntas inquisitivas de Arturo, que trata a toda costa que le cuente los detalles cochinos de lo ocurrido en el baño. Por supuesto no digo nada, pero obtiene la información más relevante para él: “sí” y “el baño chico”. Sólo entonces me deja en paz. Cuando el radio taxi llega, me ayuda a cargar a Scott. Del guatón ni rastro, pero seguro que pronto tendré noticias de él. Camino a casa reviso mi mano y descubro con desilusión (aunque no demasiada) que con la botella de cerveza fría que tomamos, el teléfono de Carola se borró. Espero que ella consiga mi fono, si no, ya habrá más Carolas.
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