Intento por última vez escribir algo, pero no hay musa inspiradora que guíe mis dedos sobre el teclado, así que luego de veinte minutos frente al ventanal redondo, me levanto. Es miércoles y estoy aburrido, así que opto por ir al Sótano para ver si está Scott.
El Sótano es un bar parejero (o pajero, si se prefiere) que está en la esquina de mi casa y abajo del departamento de Scott. Se llama así porque la parte de arriba es un espacio pequeño con cinco mesas y una barra, mientras que abajo, en el sótano, hay unas quince mesas, música romántica, ninguna ventana y una tenue iluminación rojiza, gentileza de unas pocas ampolletas y velas en cada mesa. Sólo hay gente a la hora de almuerzo. En la noche, los clientes son parejas que hacen ahí el precalentamiento antes de ir al motel que está a una cuadra. Pero eso es en la noche y durante el día lo tenemos para nosotros, así que no es raro que nos quedemos toda la tarde tomando cerveza y fumando caños. El administrador se llama Pato y a veces nos acompaña con unas piteadas, pero no bebe mientras trabaja. Una vez nos quedamos después que cerró, pero es una experiencia que dudo repitamos, porque terminamos tan borrachos que intentamos hacer completos y casi incendiamos el lugar, amén de dejar un desorden que ni nosotros entendíamos. Mesas sobre sillas y sobre ellas, más mesas y más sillas. Una verdadera escultura en honor a la embriaguez. Por supuesto, ninguno recordaba como sucedió, pero no me sorprendió demasiado, pues estaba tan pasado que tampoco recuerdo cómo llegué a mi casa.
Bajo y ahí está mi compadre, con dos vasos, como si leyera mi mente. Con Scott no hacemos muchas cosas, sino que conversamos las cosas que cada uno hace. En ese sentido, es muy habitual que nos juntemos a tomar chelas en un bar universitario, que cierran a la hora que Scott se acuesta a dormir. No me gusta salir a carretear con él porque siempre se duerme, dejándome el latoso problema de cargarlo de vuelta a su casa. He intentado de todo para mantenerlo despierto, pero no hay caso, tiene horario de Cenicienta, empieza a carretear en la tarde y termina a las doce. Por eso, en la semana, nos juntamos un par de horas y hablamos sobre las cosas que hicimos o dejamos de hacer. Tomamos cervezas y conversamos, charla de borrachos, desordenada, por instantes medio tartamuda, pero en definitiva, una plática sincera.
Scott ha sido una gran compañía los últimos dos años. Sin saberlo, él reemplazó el oído de mi madre. Sin ninguna razón aparente, empecé a contarle todas las cosas que le decía a ella, historias que jamás compartiría con mis amigos, mis sentimientos más íntimos, ésos que te avergüenzan, te desnudan y te hacen sentir indefenso, ésos que sólo contarías a una persona demasiado cercana, alguien que nunca te traicionaría y jamás los usaría en tu contra. Carmen se llamaba mi madre y vivíamos solos en el Palacio de Berazategui. Cuando ella se fue, encontré en Scott la cercanía de un hombro dispuesto a escuchar y en eso consistían nuestras tardes de cerveza. Y deben ser muchas cervezas, porque con Scott borracho me aseguro que al día siguiente no recuerde lo que hablamos. Aunque a veces no olvida y debo soportar semanas de bromas pesadas con mis sentimientos más íntimos. Con todo y su antipático sentido del humor, los últimos años Scott ha sido mi amigo más cercano.
Ahora empiezo mi primera cerveza (es la segunda de Scott) así que decido no hablar de mis sentimientos hacia Pamela, aunque ni yo sé que siento. Lo único claro es que dediqué todo un día para escribir sobre ella. Pero no hablar de sentimientos no significa no hablar de Pamela.
- Recuerdas el bar de los cuadros grandes. Ahí en esa calle chica…
- Claro huevón. Ayer estuvo allá. Está lleno de chicas y cerveza heladita.
- Buen bar. Oye, recuerdas a la morticia, esa mina bien blanca… - comento a la pasada.
- Ayer estuvo. Eso te iba decir. La conocí en el bar huevón. Con sus amigas.
- ¡En serio!, cuéntame que pasó – pregunto ansioso – o sea, estaba con la amiga rubia – cambio el tono de voz, tratando de simular mi interés.
- Estuvo con dos amigas. Uno rubia y otra pelo cortito. Chica con pechuga grandes. Rica huevón.
- Ahhh. Sí, la otra amiga – recuerdo a la chica de pelo corto, pero estuve tan concentrado en Pamela que no tengo una imagen visual de ella, sólo un recuerdo difuso. ¿Buenas tetas? Quizá. Pero lo importante es que a Scott le gustó la chica de tetas grandes - ¿te gustó la chica tetona? – le pregunto con el tono burlón de un niño de quinto básico.
- Sí huevón – simula un tamaño extra grande con las manos – así unas teta. Y bonita.
- ¿Sí? Y la morticia. Te gustó – hago la pregunta clave.
- Bonita, sí, pero la chica más bonita. Se llama…
- Mae, sí sé – termino la oración.
- No, huevón. Pamela. Mae es la chica.
- Si sé, de ella hablo. Oye, y cómo se llama de verdad. No se va a llamar “Mae” – pregunto tratando de desviar la conversación hacia ella.
- Marío Elena, Mae…
Las próximas dos cervezas de litro las pasamos conversando de la Mae. En verdad parece una tipa interesante, por lo que relata Scott. No por sus temas de conversación, sino porque es buena para tomar cerveza y bien loquilla. La clase de chica que me gusta sacar de un bar universitario, porque va a carretear y pasarlo bien. Aunque no pase nada, son divertidas. Hay algunas chicas que van a la casa y lo único que hacen es hablar del profesor, el compañero y las notas. A veces cometo el error de ir con dos chicas así y se divierten entre ellas hablando de la U mientras tomo y tomo cerveza tratando de no escuchar o por lo menos, no entender lo que dicen. Es que la universidad es un mundo lejano para mí, que hace más de diez años salí y el recuerdo que tengo es bueno, pero poco significativo a estas alturas.
Lo bueno es que la chica no es así, a pesar que cuando estuvimos juntos habló muy poco y lo único que tomaron fue una cerveza de litro. Entonces me doy cuenta de un detalle y pregunto si las amigas también tomaban harta cerveza.
- Sí huevón. Buenas para la cerveza – contesta.
- Buenas como nosotros o buenas para ser mujeres – delimito más mi pregunta.
- No como nosotros. Si no sería alcohólico – se ríe.
- Cuántas cervezas tomaste tú y cuántas ellas – esta es la información crucial para desenmarañar la madeja de contradicciones. No creo que Pamela sea buena para tomar y la rubia, quizá. De la chica no sé, porque poco la recuerdo.
- Yo. Muchas huevón – y hace un ruido con la boca para dar a entender una cantidad inimaginable – ellas hartas también - esto aclara mejor lo sucedido. Scott estaba curado como cuba cuando habló con ellas y compró y compró cervezas para todos. Ellas lo acompañaron mientras él tomaba y por eso piensa que tomaban harto. Probablemente enganchó con la chica y ella lo acompañó con sus brindis raros y por eso tiene la imagen que es buena para el copete. Es que mi compadre, cuando se cura, no se acuerda de nada. Por suerte.
- Ya huevón. Tengo una idea…
- Oigan, par de curahuillas, voy a abrir acá, así que no fumen – dice el Pato mientras mueve la mano simulando pitear. Lo dice desde la escalera, asomando la cabeza como si fuera un show de títeres, pero al revés. En lugar de ver las manos del titiritero, vemos sus pies.
- No se preocupe compadre. No vamos a fumar nada, pero nos traerías la… - trato de recordar cuántas cervezas van. Aunque confío que el Pato no nos cobrará de más, de todas formas prefiero llevar mi propia cuenta - ¿sexta cerveza?
- Quinta – contesta Pato mientras sube por la escalera.
- Qué idea huevón – pregunta Scott cuando estamos solos. Entonces baja una pareja que de aquí seguro irá al motel. Miro la chica y está bastante culeable.
- Eso pues Scott. Si ves a la Mae con sus amigas, invítalas a mi casa. Hacemos un asado – miro la expresión de Scott frente a mi proposición. Como duda un poco, antes que conteste lo interrumpo – yo pago huevón.
- Ya po. Yo las invito…
- Pero que venga la Pamela huevón – por primera vez confieso mi interés. Llega Pato con la cerveza y se lleva la anterior – Oye, nunca me has contado por qué te viniste a Chile – agrego tratando de cambiar la conversación.
- Por la Cristina y la Millaray po huevón.
- Ahhh. Te viniste con ellas. ¿Así fue?
- Más o menos – me contesta mirando hacia otro lado. Sé que esa actitud me augura una aventura de súper Scott, así que pregunto de inmediato
- Cómo más o menos. A ver…
- Lo que pasó es que a mí arrestaron en iuesei (USA).
- ¿Cómo? – pregunto sorprendido.
- Mira. Te cuento, pero no puede decir a nadie – asiento con la cabeza - Mira, cuando vivía con Cristina, yo cerraba temprano a veces. Y me arranca a tomar cerveza en bares de allá. Tenía una camioneta grande y después me iba del bar a la casa. Siempre iba al mismo bar, cerca la casa, por calle principal y luego calles chicas, como… - piensa un segundo – pasaje. Entonces de vuelta por pasaje. Chuuu, bien bien borracho, se cruza un huevón y lo mato. También borracho el huevón, pero yo manejando. A una cuadra de la casa.
- No huevees. Y qué pasó – pregunto incitándolo a continuar.
- Siete años de cárcel. Y allá no como acá. Tú atropella a alguien y tú vas a cárcel.
- Y pasaste siete años en la cárcel – le pregunto mientras saco cuentas mentales para calcular su edad y la de su hija.
- No, por suerte paso sólo tres años y salgo… condicional, parole.
- Ahhh. Ok. Y ahí te viniste a Chile a buscar a la Cristina… espera no entiendo. ¿Ella no vivía contigo?
- No. Mira. Después de dos años en cárcel ella se vino a Chile – contesta.
- Ok. Y cuando saliste, ahí te viniste tú.
- Tampoco. Mira. Un año después fue a buscar la policía porque yo debía estar en cárcel. Entonces yo dije que no, pero resulto que hubo problemas con juez que perdió mi ficha y yo era prófugo. Entonces juicios y abogados y gastos, así que arranqué a Chile. Si vuelvo a California me arrestan huevón. Soy oficialmente un prófugo de Estados Unidos. Como Bin Ladem…
- Puta la mala cueva. Perder tu ficha… - digo por decir, porque imagino que allá los sistemas de información debieran ser mucho más avanzados que los nuestros. Entonces recuerdo una demanda laboral que tenía con un gallo y perdieron el archivo en el tribunal (o alguien pagó para que se perdiera). En todos lados se cuecen habas – así que ahora acá. Y cuándo se termina tu delito. O sea, acá, si cometes un crimen y no te pillan en determinado tiempo, ponte tú, diez años, el crimen… prescribe, eso. Y no te pueden arrestar.
- Ahhh. Como ocho años, no sé huevón.
- O sea que ya puedes volver a Usa huevón. Llevas caleta de años viviendo acá. Eres más chileno que gringo – digo.
- Si huevón. Me quedo en Chile para siempre. Además, tengo dos hijos chilenos – me dice sonriente. Luego sube a pedir otra cerveza. Bajan otros dos amantes de motel a esperar su turno en el Sótano. Se sientan en la mesa del rincón.
lunes, 28 de septiembre de 2009
viernes, 18 de septiembre de 2009
Capítulo 7.- Pamela, una gacela tímida
Frente a la mirada inquisidora del ventanal redondo trato de escribir lo vivido ayer, pero no los hechos, sino mis sentimientos. Trato de llevar a palabras mi desconcierto, mi torpeza y mis diálogos monosilábicos. Trato de presionar las teclas apropiadas para describir lo que cruzaba mi cabeza mientras hablamos con esas universitarias. Y no lo consigo. Mi mente divaga en la mirada de Pamela, clara y expresiva. Su pelo negro eclipsa sus ojos y la hacen más misteriosa y encantadora a la vez, una invitación al descubrimiento y el regocijo. Me gusta demasiado, tanto que me incomoda pensar en ello, un sentimiento que no recuerdo haber tenido antes. Me he enamorado otras veces, pero esto es diferente, porque no es amor, sino gula, el deseo irrefrenable de comerme a esta chica.
Mide alrededor del metro setenta y todo en ella está bien puesto. Sus senos en armónica composición con su cintura y caderas, su cuerpo frágil, su silencio elocuente. El cuello largo sostiene un rostro ovalado, de pómulos marcados y sonrisa embriagadora. No habló mucho mientras estuvimos juntos, pero creo, aunque no tengo certeza de ello, que su silencio no es timidez, sino que es de esas personas que primero observan a sus contertulios y luego opinan, una vez que consideran que su interlocutor es alguien con quien vale la pena compartir. Por mi parte, tampoco dije mucho, en parte por nervios y en parte para ganar su confianza, actuando como ella. No sé si habrá resultado, sólo espero que no haya sido contraproducente y no sea de esas chicas que le gustan los tipos cancheros y entradores. En general clasifico con bastante acierto a las féminas que conozco, pero en este caso admito mi desconcierto, porque tras mi turbación inicial no pude observarla con el descaro que hubiera querido y pasé la mayor parte del tiempo mirando el fondo de mi vaso.
Lo que sé con certeza es que no bebe mucho (casi nada sería una descripción más apropiada) y pasó toda la tarde con un vaso de fanschop a medio vaciar. Si bien sus amigas tampoco tomaban demasiado, todas fumaban como si fueran accionistas de la chilena de tabacos y eran solteras. Eso fue la única información concreta que obtuve de ella, pero también pude deducir algunas cosas, como que no se interesó en nosotros porque éramos demasiado viejos. Tampoco le gustó la forma en que bebíamos y mucho menos la invitación que les hicimos para ir a mi casa. Se negaron de inmediato, casi a coro y usaron la excusa de una prueba. Todas estudian auditoría en la Diego Portales y casi podría asegurar que a ella no le gusta su carrera. Se fueron al poco rato que nos sentamos con ellas, no más de una hora, pero ese tiempo fue suficiente para darme cuenta que esta cacería, si la realizo, va a exigir de todas mis artimañas. Creo, sin embargo, que le agradé, porque no hablé mucho y las pocas veces que lo hice me dirigí a ella y fue para alabar su andar de gacela o su belleza exótica. Aunque sé que este tipo de loas son apropiadas para mujeres mayores, angustiadas por la edad y flaccidez de sus cuerpos, y las chicas universitarias las consideran (la mayoría de las veces) como una caballerosidad pasada de moda, creo que esta niña es más mujer de lo que aparenta. No sé su historia, salvo que tienen veintiún años, pero pude leer entre líneas que carga con una madurez inusual para alguien de su edad y adivino que es debido a la carencia de dinero y que tuvo que trabajar desde pequeña. Pero ahora estudia en una universidad privada, lo que desbarata en parte esta teoría aunque cuando se trata de plata, un día se tiene y otro no. Lo sé por experiencia personal.
Lo que más me gustó de ella fue su andar gracioso, como una gacela tímida, dando saltitos pequeños, casi imperceptibles, pero que la hacen ver como si se deslizara sobre el insalubre suelo del bar. Por instantes pensé que era un ser celestial que no puede pisar la inmundicia del mundo para no manchar su virginal pureza, pero luego opté por obviar este pensamiento, porque mientras más la endiose más difícil será conquistarla. Tenía otros gestos interesantes y que ayudaban a esta idea de castidad, como el hecho que a pesar de andar con pantalones se sentaba con cuidado, con las piernas cruzadas, como si usara una minifalda enana. También noté su preocupación por verse bien, maquillada y radiante, incluso en ese bar donde la penumbra es constante, sin importar la hora. Este detalle me desconcertó, porque no es el tipo de mina que va por la vida tratando de llamar la atención, sino por el contrario. Pero mientras escribo estas líneas me doy cuenta que su vanidad es derivada de otra causa, distante años luz del deseo de destacar y es simplemente que su femineidad está exaltada, como esas mujeres que nacen con demasiadas hormonas femeninas y no pueden evitar sus instintos, sus deseos de atraer el sexo opuesto a pesar que su razón dice otra cosa. Esta idea me seduce y la acepto como cierta.
Casi un día después de haberla conocido aún no puedo borrarla de mi mente y me alegra saber que ella no se interesó por nosotros, por lo menos en el sentido romántico. Es cierto que le caí bien (eso creo) y es probable que la próxima vez que nos veamos me salude y conversemos, mas no creo que me vea como una posible pareja. Pero en lugar de desanimarme, esto me atrae más, porque es un doble desafío. Por un lado, debo superar la timidez de conquistar una mujer que me gusta, obviando mis nervios y torpezas características cuando me enfrento a esta situación. Esto significaría superar uno de mis traumas más difíciles en mi vida de Casanova. Por otro lado, quiero enamorar una chica que no está interesada en mí, incluso me atrevería a decir que me ve como alguien que está lejano a su mundo. Y esto es lo que más me ilusiona, porque supone que para conquistarla debo emplear todos mis conocimientos, llevando el arte de la seducción a niveles que nunca he llegado. Lo habitual es que si una chica no me presta atención o se muestra desinteresada, la desecho. Total hay miles de mujeres esperando conocerme. Pero en este caso, no tengo otra opción, todo me conduce a ella, incluso las palabras que ahora le dedico. Espero verla pronto.
No quiero terminar estas páginas sin antes destacar que no he olvidado mis raíces y no me estoy dejando llevar por un impulso infantil e irreflexivo. Tengo siempre presente la primera y más importante regla en la vida de un mujeriego: las mujeres son impredecibles. Por eso sé que es muy probable que todo lo que he escrito de ella no sean más que fantasías creadas para auto engañarme, inventos de una imaginación vívida, ansiosa por conocer los placeres que esta chica ofrece. Pronto tendré la oportunidad de descubrirlo. Por ahora dejaré hasta acá mis desvaríos y haré como el ventanal redondo, que cierra su ojo ciclópeo con la sombra del atardecer. Apago el computador.
Mide alrededor del metro setenta y todo en ella está bien puesto. Sus senos en armónica composición con su cintura y caderas, su cuerpo frágil, su silencio elocuente. El cuello largo sostiene un rostro ovalado, de pómulos marcados y sonrisa embriagadora. No habló mucho mientras estuvimos juntos, pero creo, aunque no tengo certeza de ello, que su silencio no es timidez, sino que es de esas personas que primero observan a sus contertulios y luego opinan, una vez que consideran que su interlocutor es alguien con quien vale la pena compartir. Por mi parte, tampoco dije mucho, en parte por nervios y en parte para ganar su confianza, actuando como ella. No sé si habrá resultado, sólo espero que no haya sido contraproducente y no sea de esas chicas que le gustan los tipos cancheros y entradores. En general clasifico con bastante acierto a las féminas que conozco, pero en este caso admito mi desconcierto, porque tras mi turbación inicial no pude observarla con el descaro que hubiera querido y pasé la mayor parte del tiempo mirando el fondo de mi vaso.
Lo que sé con certeza es que no bebe mucho (casi nada sería una descripción más apropiada) y pasó toda la tarde con un vaso de fanschop a medio vaciar. Si bien sus amigas tampoco tomaban demasiado, todas fumaban como si fueran accionistas de la chilena de tabacos y eran solteras. Eso fue la única información concreta que obtuve de ella, pero también pude deducir algunas cosas, como que no se interesó en nosotros porque éramos demasiado viejos. Tampoco le gustó la forma en que bebíamos y mucho menos la invitación que les hicimos para ir a mi casa. Se negaron de inmediato, casi a coro y usaron la excusa de una prueba. Todas estudian auditoría en la Diego Portales y casi podría asegurar que a ella no le gusta su carrera. Se fueron al poco rato que nos sentamos con ellas, no más de una hora, pero ese tiempo fue suficiente para darme cuenta que esta cacería, si la realizo, va a exigir de todas mis artimañas. Creo, sin embargo, que le agradé, porque no hablé mucho y las pocas veces que lo hice me dirigí a ella y fue para alabar su andar de gacela o su belleza exótica. Aunque sé que este tipo de loas son apropiadas para mujeres mayores, angustiadas por la edad y flaccidez de sus cuerpos, y las chicas universitarias las consideran (la mayoría de las veces) como una caballerosidad pasada de moda, creo que esta niña es más mujer de lo que aparenta. No sé su historia, salvo que tienen veintiún años, pero pude leer entre líneas que carga con una madurez inusual para alguien de su edad y adivino que es debido a la carencia de dinero y que tuvo que trabajar desde pequeña. Pero ahora estudia en una universidad privada, lo que desbarata en parte esta teoría aunque cuando se trata de plata, un día se tiene y otro no. Lo sé por experiencia personal.
Lo que más me gustó de ella fue su andar gracioso, como una gacela tímida, dando saltitos pequeños, casi imperceptibles, pero que la hacen ver como si se deslizara sobre el insalubre suelo del bar. Por instantes pensé que era un ser celestial que no puede pisar la inmundicia del mundo para no manchar su virginal pureza, pero luego opté por obviar este pensamiento, porque mientras más la endiose más difícil será conquistarla. Tenía otros gestos interesantes y que ayudaban a esta idea de castidad, como el hecho que a pesar de andar con pantalones se sentaba con cuidado, con las piernas cruzadas, como si usara una minifalda enana. También noté su preocupación por verse bien, maquillada y radiante, incluso en ese bar donde la penumbra es constante, sin importar la hora. Este detalle me desconcertó, porque no es el tipo de mina que va por la vida tratando de llamar la atención, sino por el contrario. Pero mientras escribo estas líneas me doy cuenta que su vanidad es derivada de otra causa, distante años luz del deseo de destacar y es simplemente que su femineidad está exaltada, como esas mujeres que nacen con demasiadas hormonas femeninas y no pueden evitar sus instintos, sus deseos de atraer el sexo opuesto a pesar que su razón dice otra cosa. Esta idea me seduce y la acepto como cierta.
Casi un día después de haberla conocido aún no puedo borrarla de mi mente y me alegra saber que ella no se interesó por nosotros, por lo menos en el sentido romántico. Es cierto que le caí bien (eso creo) y es probable que la próxima vez que nos veamos me salude y conversemos, mas no creo que me vea como una posible pareja. Pero en lugar de desanimarme, esto me atrae más, porque es un doble desafío. Por un lado, debo superar la timidez de conquistar una mujer que me gusta, obviando mis nervios y torpezas características cuando me enfrento a esta situación. Esto significaría superar uno de mis traumas más difíciles en mi vida de Casanova. Por otro lado, quiero enamorar una chica que no está interesada en mí, incluso me atrevería a decir que me ve como alguien que está lejano a su mundo. Y esto es lo que más me ilusiona, porque supone que para conquistarla debo emplear todos mis conocimientos, llevando el arte de la seducción a niveles que nunca he llegado. Lo habitual es que si una chica no me presta atención o se muestra desinteresada, la desecho. Total hay miles de mujeres esperando conocerme. Pero en este caso, no tengo otra opción, todo me conduce a ella, incluso las palabras que ahora le dedico. Espero verla pronto.
No quiero terminar estas páginas sin antes destacar que no he olvidado mis raíces y no me estoy dejando llevar por un impulso infantil e irreflexivo. Tengo siempre presente la primera y más importante regla en la vida de un mujeriego: las mujeres son impredecibles. Por eso sé que es muy probable que todo lo que he escrito de ella no sean más que fantasías creadas para auto engañarme, inventos de una imaginación vívida, ansiosa por conocer los placeres que esta chica ofrece. Pronto tendré la oportunidad de descubrirlo. Por ahora dejaré hasta acá mis desvaríos y haré como el ventanal redondo, que cierra su ojo ciclópeo con la sombra del atardecer. Apago el computador.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Capítulo 6.- El guatón
Es martes en la tarde y estamos con el guatón matando el tiempo con el God of War, un juego excelente donde un mortal debe derrotar a Ares (dios de la guerra) con la ayuda de Atenea. Me encanta la mitología griega, pero lo que más me gusta es que tras pasar grandes aventuras y morir un centenar de veces, Kratos (el héroe del juego) derrota a Ares y alcanza la inmortalidad en el Olimpo. Reconozco que es difícil aceptar la idea de la muerte, pero más difícil es aceptar la idea de envejecer. Si te mueres, te mueres y punto, se termina la historia, pero envejecer, el camino hasta que llegue el último día de tu vida, eso es lo que angustia. Estoy cerca de los cuarenta y siento que la vida no tiene mucho más que ofrecer. Una vez leí un artículo donde un sicólogo afirma que el hombre se siente eterno y sin este sentimiento la vida sería insoportable. Estoy de acuerdo con esta afirmación, pero lo que no consigo aceptar es que la vida sea sólo un grupo de experiencias acumuladas. Mi existencia debiera ser más. Algunos buscan la inmortalidad en los hijos, la religión o el amor, yo, en cambio, la busco en la diversión. No concibo vivir para sufrir y es esta misma premisa la que hace que en ocasiones me sienta tan vacío. Quizá el sentido de la existencia está en el otro, en una pareja, en el amor. Luego pienso en otra pareja, en otro amor y sonrío. La imagen de Los Locos Adams, la serie norteamericana que transmitieron en Chile los años setenta, aparece en mi mente. Una Morticia de pómulos atildados, boca pequeña y grandes ojos oscuros. Mientras pienso en esto, en el juego, el guatón destroza arpías y corta cabezas de minotauros en la búsqueda de algún poder mágico para derrotar a su enemigo y alcanzar la inmortalidad.
- ¿Crees que estamos viejos para jugar play station? – pregunto – quizá debiéramos hacer otra cosa. Estar casados.
- La vida es lo que hacemos de ella. Unos juegan play, otros juegan a la familia. Yo prefiero jugar play – dice el guatón sin despegar la vista de la pantalla. Medito en sus palabras.
- ¡Toda la razón guatón! Y yo prefiero salir de farra por algún bar cercano – no puedo sacar de mi cabeza a los Locos Adams.
- Pero deja que pase esta etapa – suplica el guatón.
- Ok. Pero el próximo mono lo juego yo.
La etapa resultó más difícil de lo que creímos, porque salimos de mi casa a las seis y con los dedos acalambrados de tanto aporrear botones. Caminé directo hacia el bar de los cuadros grandes, con la imagen de Morticia en la cabeza, sin responder las preguntas del guatón que no sabe dónde vamos. Pero me conoce, así que camina a mi lado sin preguntar más.
Para hablar del guatón, lo más importante a saber es su paradoja: el guatón es flaco. Antes fue gordo, hasta los dieciocho, pero cuando salió del colegio se puso a hacer ejercicios, iba al gimnasio cinco días a la semana. Me contó que el colegio fue una mala etapa para él, que lo molestaban y pegaban por ser gordo (bulling le dicen ahora), por eso cuando salió decidió que eso se había acabado y se puso a hacer ejercicios y practicar artes marciales. Y entrenó duro y con los años, cada vez se puso más obsesivo y hubo una época, entre el 96 y el 98, en que no hablaba de otra cosa. Por esos años fue cuando menos lo vi. Pero para él fue una buena época, porque como tenía buen físico trabajó para teams de verano y descubrió una forma de ganarse la vida hueviando harto y trabajando poco. Como es perezoso, hijo único y huérfano de madre desde niño, su viejo siempre lo ha consentido. Entonces, en lugar de salir del nido paterno, se apernó ahí y con la plata que gana en verano, le alcanza para vivir todo el año. Ahora, diez años más tarde, sigue viviendo con su papá, la única diferencia es que ambos han envejecido. El papá del guatón está viejito y ahora vive con ellos su tía, que cuida al hermano. Él también está más viejo, así que ya no es tan galán ni tiene sus calugas marcadas, pero hizo del verano una profesión. Es productor de teams playeros. Así que gana más, huevea más y tiene los mismos gastos de cuando tenía doce años y nos hicimos amigos.
Entramos al bar y el guatón no puede creer los cuadros del lugar. Lo veo con su cara embobada y me pregunto si miré los cuadros con esa misma expresión de idiota en el rostro. Sugiero en una mesa, pero el guatón quiere estar ahí, en el centro del patio para admirar esos gigantescos óleos que muestran imágenes criollas. Pido una chela y voy a la mesa pero está ocupada. El lugar no está lleno, pero no hay ninguna mesa vacía. Cargo mi cerveza hasta la pileta, al centro del patio y me siento en la orilla. Le extiendo al guatón un vaso plástico blanco y le sirvo.
- Adivina que pasó – me dice.
- ¿Qué huevada? – digo. Me mira con cara de cabro chico, con morisquetas - No pendejees. Si quieres decir algo, dime, pero no me huevees – digo algo malhumorado porque no veo a mi Morticia.
- Se acabó con la Ale – su cara de niño travieso se transforma en pena – De nuevo. No sé qué hacer huevón. Es la segunda vez que terminamos este año.
- ¿La segunda?
- Sí. La primera fue en marzo, de vuelta de la Serena. Se pone celosa con las minas del team – me dice con cara de inocente.
- Debiera ponerse celosa – afirmo con seguridad - siempre llevas una perra para comerte en el verano. Sexo por trabajo.
- Bien que has disfrutado con mis teams – me contesta algo molesto – además, ella no sabe eso. Tú eres el único que cacha.
- Conociste a la Ale con tu primer team, huevón. Estas cada día más loco guatón – tomo lo que me queda en el vaso y sirvo más cerveza.
- Bueno, como sea. Te digo huevón: la amo. No puedo vivir sin ella. Estoy dispuesto a todo. Dejo las minas. Me caso huevón…
- Huyyy, para guatón. No digas garabatos en mi iglesia – digo mientras apunto el alrededor - Siempre hay otras opciones. Júntate con ella y le dices lo mismo que me estás diciendo a mí, pero no digas matrimonio – me mira desesperado, como si fuera a llorar de impotencia.
- No sé qué pasó huevón. Pero me dijo que nunca más. Que ahora es verdad y desde entonces nada. Desapareció de su casa. Murió el celular, el facebook, el Messenger, mail, todo.
- Puta… nada que hacer. Es el destino – le digo resignado –no hay vuelta atrás. ¿Cuánto tiempo llevabas?
- Ocho años huevón. Pero la amo. La amo más ahora que cuando la conocí. En esa época la cagaba siempre, en cambio ahora…
- También – termino la frase.
- Claro huevón. Haz leña del árbol caído.
- Ya guatón. Hoy no vas a solucionar nada. Mejor tomemos unas chelas y olvida el tema. Estoy seguro que más adelante te va a perdonar – le digo tratando de animarlo.
- En serio…
- Claro – contesto irónico - seguro.
Cuando se acaba la segunda cerveza el guatón va a comprar otra. Entonces veo a mi Morticia y comienza la primera etapa: observar la presa. Salta a la vista que es callada, bordeando la timidez y aunque no tengo certeza, tiene un aire melancólico, como si alguien la estuviera pinchando con un alfiler. Está con dos amigas, quizá compañeras de universidad y debe tener unos veintidós años. En la mesa hay una cerveza de litro, dos botellas individuales de fanta y una cajetilla de cigarros. Ella está fumando y se ríe de los comentarios de su amiga, pero no dice nada. Estoy abstraído observándola cuando el guatón me pone el vaso en la cara obstruyéndome la visión. Durante un instante nos miramos.
- ¿Qué pasó? ¿interrumpo el paisaje? –huevea el guatón moviendo el vaso delante de mis ojos.
- Dame la chela - le quito el vaso y me tomo la mitad al seco.
- ¿Te gustan esas minas? – pregunta el guatón – yo te las presento compadre – y camina hacia la mesa.
El guatón siempre ha tenido labia para convencer al más pintado. Creo que si fuera a ver al papa lo convertiría al budismo, sin embargo, siempre me asusta cuando engrupimos juntos, porque es un depredador efectivo e inmoral. Y eso es malo, sobre todo si le gusta mi Morticia. Pero no hay nada que hacer, las cartas están en la mesa.
Mientras más la observo, más me gusta y eso es un problema. No tengo ningún inconveniente en acercarme a una mujer, a cualquier mujer, pero de vez en cuando, una mina me desconcierta, me gusta de un modo irracional y me transforma en un pelele. No puedo hablar, me pongo rojo, tartamudeo, se me caen las cosas, cualquier cosa podría pasar, hasta un desmayo. Pero con el tiempo aprendí a reconocer a estas mujeres especiales y las evito. En este caso, con lo poco que la observé, sé que ella es de ese tipo y ejerce el mismo efecto, pero amplificado. Tanto así que prefiero que el guatón engrupa tranquilo y yo lo apoyo de la distancia, aunque tome la iniciativa. Además, ahora sé que siempre viene para acá, así que tendré una segunda oportunidad. El guatón no.
En pocos minutos el guatón ya está sentado en la mesa y riéndose con ellas. No me sorprende porque el truco que usa es casi infalible: ofrece trabajo para el verano. Me parece estar escuchando lo que dice: “las vi y supe de inmediato que ustedes serían parte de mi team”. “Tienen pinta de modelos”. “Les pago buena plata por hueviar en la playa”. “El mejor trabajo del mundo. Veraneo pagado”. Siempre hace lo mismo y casi nunca falla en la primera aproximación. Después surgen los problemas, porque es arrogante y cree que aún es el mismo galán de cuando tenía veinte, entonces usa artimañas de pendejo, haciéndose pasar por macho alfa, canchero y ganador. Esto funciona con ciertas minas, las líderes a la fuerza, las que se arreglan mucho y les gusta ser centro de mesa, un segmento bien específico, pero aparte de ellas, la mayoría opina que es un pedante. En este caso diría que quizá la amiga rubia teñida podría ser del tipo del guatón, pero no mi Morticia. El guatón voltea, me apunta y ellas asienten con la cabeza. Yo levanto el vaso haciendo un brindis, acusando recibo. Adivino que está en la etapa de las presentaciones y el team es historia pasada. Según cuanto demore en llamarme para que lo acompañe es el nivel de dificultad que está teniendo con la minas. Una vez no me llamó nunca y tuve que acercarme yo a la mesa y en mala hora lo hice, porque en esa mesa de cuatro sobraba uno: yo. Después me contó que se fue con las chicas a un motel, hicieron un trío maravilloso y terminó contratándolas para el team del verano dos mil tres y dos mil cuatro. En esa época llevaba unos cuatro años con la Ale y aún creía sus mentiras. Pero nada dura para siempre.
Después de veinte minutos, el guatón me llama y a regañadientes voy para allá. Está como poseído por Cupido y dice justo lo que ellas quieren escuchar. Pero pronto noto que mi Morticia (en realidad se llama Pamela) no está interesada sino que presta atención por cortesía. Observo sus manos, de dedos largos y delgados, pelo liso negro y flaca, muy flaca, aunque con un buen par de tetas. Espero paciente hasta que se levanta al baño y por fin logro tener una visión completa de su cuerpo, y me gusta, me gusta más de lo que esperaba. Es larga y alta, con un caminar orgulloso, como si flotara. Y unas caderas impresionantes, no grandes, perfectas. Con toda la información física a mi disposición, empieza mi maldición y sudo como bestia, pero como está oscuro nadie lo nota. Estoy más nervioso de lo que pensé así que prefiero no hablar, por lo menos hasta que sienta más confianza. En otras ocasiones una mujer me ha puesto en aprietos, pero ahora es diferente, nunca me había sentido tan indefenso frente a alguien. Lo bueno es que la oscuridad, la música fuerte, las conversaciones a gritos y las carcajadas entre frases, hacen que pase inadvertido. Además, el guatón es hablador y mantiene la atención de las chicas. Todo eso me favorece. El desconcierto, el no saber qué hacer o decir, es algo temporal, que irá desapareciendo con las cervezas y pronto estará enterrado en el pasado. Sólo espero que esto ocurra pronto. Mientras tanto observo, sonrío y asiento con la cabeza, igual que ella. Mi Pamela. Me mira sonriente y me pongo rojo, entonces volteo y casi doy vuelta su vaso.
- ¿Crees que estamos viejos para jugar play station? – pregunto – quizá debiéramos hacer otra cosa. Estar casados.
- La vida es lo que hacemos de ella. Unos juegan play, otros juegan a la familia. Yo prefiero jugar play – dice el guatón sin despegar la vista de la pantalla. Medito en sus palabras.
- ¡Toda la razón guatón! Y yo prefiero salir de farra por algún bar cercano – no puedo sacar de mi cabeza a los Locos Adams.
- Pero deja que pase esta etapa – suplica el guatón.
- Ok. Pero el próximo mono lo juego yo.
La etapa resultó más difícil de lo que creímos, porque salimos de mi casa a las seis y con los dedos acalambrados de tanto aporrear botones. Caminé directo hacia el bar de los cuadros grandes, con la imagen de Morticia en la cabeza, sin responder las preguntas del guatón que no sabe dónde vamos. Pero me conoce, así que camina a mi lado sin preguntar más.
Para hablar del guatón, lo más importante a saber es su paradoja: el guatón es flaco. Antes fue gordo, hasta los dieciocho, pero cuando salió del colegio se puso a hacer ejercicios, iba al gimnasio cinco días a la semana. Me contó que el colegio fue una mala etapa para él, que lo molestaban y pegaban por ser gordo (bulling le dicen ahora), por eso cuando salió decidió que eso se había acabado y se puso a hacer ejercicios y practicar artes marciales. Y entrenó duro y con los años, cada vez se puso más obsesivo y hubo una época, entre el 96 y el 98, en que no hablaba de otra cosa. Por esos años fue cuando menos lo vi. Pero para él fue una buena época, porque como tenía buen físico trabajó para teams de verano y descubrió una forma de ganarse la vida hueviando harto y trabajando poco. Como es perezoso, hijo único y huérfano de madre desde niño, su viejo siempre lo ha consentido. Entonces, en lugar de salir del nido paterno, se apernó ahí y con la plata que gana en verano, le alcanza para vivir todo el año. Ahora, diez años más tarde, sigue viviendo con su papá, la única diferencia es que ambos han envejecido. El papá del guatón está viejito y ahora vive con ellos su tía, que cuida al hermano. Él también está más viejo, así que ya no es tan galán ni tiene sus calugas marcadas, pero hizo del verano una profesión. Es productor de teams playeros. Así que gana más, huevea más y tiene los mismos gastos de cuando tenía doce años y nos hicimos amigos.
Entramos al bar y el guatón no puede creer los cuadros del lugar. Lo veo con su cara embobada y me pregunto si miré los cuadros con esa misma expresión de idiota en el rostro. Sugiero en una mesa, pero el guatón quiere estar ahí, en el centro del patio para admirar esos gigantescos óleos que muestran imágenes criollas. Pido una chela y voy a la mesa pero está ocupada. El lugar no está lleno, pero no hay ninguna mesa vacía. Cargo mi cerveza hasta la pileta, al centro del patio y me siento en la orilla. Le extiendo al guatón un vaso plástico blanco y le sirvo.
- Adivina que pasó – me dice.
- ¿Qué huevada? – digo. Me mira con cara de cabro chico, con morisquetas - No pendejees. Si quieres decir algo, dime, pero no me huevees – digo algo malhumorado porque no veo a mi Morticia.
- Se acabó con la Ale – su cara de niño travieso se transforma en pena – De nuevo. No sé qué hacer huevón. Es la segunda vez que terminamos este año.
- ¿La segunda?
- Sí. La primera fue en marzo, de vuelta de la Serena. Se pone celosa con las minas del team – me dice con cara de inocente.
- Debiera ponerse celosa – afirmo con seguridad - siempre llevas una perra para comerte en el verano. Sexo por trabajo.
- Bien que has disfrutado con mis teams – me contesta algo molesto – además, ella no sabe eso. Tú eres el único que cacha.
- Conociste a la Ale con tu primer team, huevón. Estas cada día más loco guatón – tomo lo que me queda en el vaso y sirvo más cerveza.
- Bueno, como sea. Te digo huevón: la amo. No puedo vivir sin ella. Estoy dispuesto a todo. Dejo las minas. Me caso huevón…
- Huyyy, para guatón. No digas garabatos en mi iglesia – digo mientras apunto el alrededor - Siempre hay otras opciones. Júntate con ella y le dices lo mismo que me estás diciendo a mí, pero no digas matrimonio – me mira desesperado, como si fuera a llorar de impotencia.
- No sé qué pasó huevón. Pero me dijo que nunca más. Que ahora es verdad y desde entonces nada. Desapareció de su casa. Murió el celular, el facebook, el Messenger, mail, todo.
- Puta… nada que hacer. Es el destino – le digo resignado –no hay vuelta atrás. ¿Cuánto tiempo llevabas?
- Ocho años huevón. Pero la amo. La amo más ahora que cuando la conocí. En esa época la cagaba siempre, en cambio ahora…
- También – termino la frase.
- Claro huevón. Haz leña del árbol caído.
- Ya guatón. Hoy no vas a solucionar nada. Mejor tomemos unas chelas y olvida el tema. Estoy seguro que más adelante te va a perdonar – le digo tratando de animarlo.
- En serio…
- Claro – contesto irónico - seguro.
Cuando se acaba la segunda cerveza el guatón va a comprar otra. Entonces veo a mi Morticia y comienza la primera etapa: observar la presa. Salta a la vista que es callada, bordeando la timidez y aunque no tengo certeza, tiene un aire melancólico, como si alguien la estuviera pinchando con un alfiler. Está con dos amigas, quizá compañeras de universidad y debe tener unos veintidós años. En la mesa hay una cerveza de litro, dos botellas individuales de fanta y una cajetilla de cigarros. Ella está fumando y se ríe de los comentarios de su amiga, pero no dice nada. Estoy abstraído observándola cuando el guatón me pone el vaso en la cara obstruyéndome la visión. Durante un instante nos miramos.
- ¿Qué pasó? ¿interrumpo el paisaje? –huevea el guatón moviendo el vaso delante de mis ojos.
- Dame la chela - le quito el vaso y me tomo la mitad al seco.
- ¿Te gustan esas minas? – pregunta el guatón – yo te las presento compadre – y camina hacia la mesa.
El guatón siempre ha tenido labia para convencer al más pintado. Creo que si fuera a ver al papa lo convertiría al budismo, sin embargo, siempre me asusta cuando engrupimos juntos, porque es un depredador efectivo e inmoral. Y eso es malo, sobre todo si le gusta mi Morticia. Pero no hay nada que hacer, las cartas están en la mesa.
Mientras más la observo, más me gusta y eso es un problema. No tengo ningún inconveniente en acercarme a una mujer, a cualquier mujer, pero de vez en cuando, una mina me desconcierta, me gusta de un modo irracional y me transforma en un pelele. No puedo hablar, me pongo rojo, tartamudeo, se me caen las cosas, cualquier cosa podría pasar, hasta un desmayo. Pero con el tiempo aprendí a reconocer a estas mujeres especiales y las evito. En este caso, con lo poco que la observé, sé que ella es de ese tipo y ejerce el mismo efecto, pero amplificado. Tanto así que prefiero que el guatón engrupa tranquilo y yo lo apoyo de la distancia, aunque tome la iniciativa. Además, ahora sé que siempre viene para acá, así que tendré una segunda oportunidad. El guatón no.
En pocos minutos el guatón ya está sentado en la mesa y riéndose con ellas. No me sorprende porque el truco que usa es casi infalible: ofrece trabajo para el verano. Me parece estar escuchando lo que dice: “las vi y supe de inmediato que ustedes serían parte de mi team”. “Tienen pinta de modelos”. “Les pago buena plata por hueviar en la playa”. “El mejor trabajo del mundo. Veraneo pagado”. Siempre hace lo mismo y casi nunca falla en la primera aproximación. Después surgen los problemas, porque es arrogante y cree que aún es el mismo galán de cuando tenía veinte, entonces usa artimañas de pendejo, haciéndose pasar por macho alfa, canchero y ganador. Esto funciona con ciertas minas, las líderes a la fuerza, las que se arreglan mucho y les gusta ser centro de mesa, un segmento bien específico, pero aparte de ellas, la mayoría opina que es un pedante. En este caso diría que quizá la amiga rubia teñida podría ser del tipo del guatón, pero no mi Morticia. El guatón voltea, me apunta y ellas asienten con la cabeza. Yo levanto el vaso haciendo un brindis, acusando recibo. Adivino que está en la etapa de las presentaciones y el team es historia pasada. Según cuanto demore en llamarme para que lo acompañe es el nivel de dificultad que está teniendo con la minas. Una vez no me llamó nunca y tuve que acercarme yo a la mesa y en mala hora lo hice, porque en esa mesa de cuatro sobraba uno: yo. Después me contó que se fue con las chicas a un motel, hicieron un trío maravilloso y terminó contratándolas para el team del verano dos mil tres y dos mil cuatro. En esa época llevaba unos cuatro años con la Ale y aún creía sus mentiras. Pero nada dura para siempre.
Después de veinte minutos, el guatón me llama y a regañadientes voy para allá. Está como poseído por Cupido y dice justo lo que ellas quieren escuchar. Pero pronto noto que mi Morticia (en realidad se llama Pamela) no está interesada sino que presta atención por cortesía. Observo sus manos, de dedos largos y delgados, pelo liso negro y flaca, muy flaca, aunque con un buen par de tetas. Espero paciente hasta que se levanta al baño y por fin logro tener una visión completa de su cuerpo, y me gusta, me gusta más de lo que esperaba. Es larga y alta, con un caminar orgulloso, como si flotara. Y unas caderas impresionantes, no grandes, perfectas. Con toda la información física a mi disposición, empieza mi maldición y sudo como bestia, pero como está oscuro nadie lo nota. Estoy más nervioso de lo que pensé así que prefiero no hablar, por lo menos hasta que sienta más confianza. En otras ocasiones una mujer me ha puesto en aprietos, pero ahora es diferente, nunca me había sentido tan indefenso frente a alguien. Lo bueno es que la oscuridad, la música fuerte, las conversaciones a gritos y las carcajadas entre frases, hacen que pase inadvertido. Además, el guatón es hablador y mantiene la atención de las chicas. Todo eso me favorece. El desconcierto, el no saber qué hacer o decir, es algo temporal, que irá desapareciendo con las cervezas y pronto estará enterrado en el pasado. Sólo espero que esto ocurra pronto. Mientras tanto observo, sonrío y asiento con la cabeza, igual que ella. Mi Pamela. Me mira sonriente y me pongo rojo, entonces volteo y casi doy vuelta su vaso.
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