Intento por última vez escribir algo, pero no hay musa inspiradora que guíe mis dedos sobre el teclado, así que luego de veinte minutos frente al ventanal redondo, me levanto. Es miércoles y estoy aburrido, así que opto por ir al Sótano para ver si está Scott.
El Sótano es un bar parejero (o pajero, si se prefiere) que está en la esquina de mi casa y abajo del departamento de Scott. Se llama así porque la parte de arriba es un espacio pequeño con cinco mesas y una barra, mientras que abajo, en el sótano, hay unas quince mesas, música romántica, ninguna ventana y una tenue iluminación rojiza, gentileza de unas pocas ampolletas y velas en cada mesa. Sólo hay gente a la hora de almuerzo. En la noche, los clientes son parejas que hacen ahí el precalentamiento antes de ir al motel que está a una cuadra. Pero eso es en la noche y durante el día lo tenemos para nosotros, así que no es raro que nos quedemos toda la tarde tomando cerveza y fumando caños. El administrador se llama Pato y a veces nos acompaña con unas piteadas, pero no bebe mientras trabaja. Una vez nos quedamos después que cerró, pero es una experiencia que dudo repitamos, porque terminamos tan borrachos que intentamos hacer completos y casi incendiamos el lugar, amén de dejar un desorden que ni nosotros entendíamos. Mesas sobre sillas y sobre ellas, más mesas y más sillas. Una verdadera escultura en honor a la embriaguez. Por supuesto, ninguno recordaba como sucedió, pero no me sorprendió demasiado, pues estaba tan pasado que tampoco recuerdo cómo llegué a mi casa.
Bajo y ahí está mi compadre, con dos vasos, como si leyera mi mente. Con Scott no hacemos muchas cosas, sino que conversamos las cosas que cada uno hace. En ese sentido, es muy habitual que nos juntemos a tomar chelas en un bar universitario, que cierran a la hora que Scott se acuesta a dormir. No me gusta salir a carretear con él porque siempre se duerme, dejándome el latoso problema de cargarlo de vuelta a su casa. He intentado de todo para mantenerlo despierto, pero no hay caso, tiene horario de Cenicienta, empieza a carretear en la tarde y termina a las doce. Por eso, en la semana, nos juntamos un par de horas y hablamos sobre las cosas que hicimos o dejamos de hacer. Tomamos cervezas y conversamos, charla de borrachos, desordenada, por instantes medio tartamuda, pero en definitiva, una plática sincera.
Scott ha sido una gran compañía los últimos dos años. Sin saberlo, él reemplazó el oído de mi madre. Sin ninguna razón aparente, empecé a contarle todas las cosas que le decía a ella, historias que jamás compartiría con mis amigos, mis sentimientos más íntimos, ésos que te avergüenzan, te desnudan y te hacen sentir indefenso, ésos que sólo contarías a una persona demasiado cercana, alguien que nunca te traicionaría y jamás los usaría en tu contra. Carmen se llamaba mi madre y vivíamos solos en el Palacio de Berazategui. Cuando ella se fue, encontré en Scott la cercanía de un hombro dispuesto a escuchar y en eso consistían nuestras tardes de cerveza. Y deben ser muchas cervezas, porque con Scott borracho me aseguro que al día siguiente no recuerde lo que hablamos. Aunque a veces no olvida y debo soportar semanas de bromas pesadas con mis sentimientos más íntimos. Con todo y su antipático sentido del humor, los últimos años Scott ha sido mi amigo más cercano.
Ahora empiezo mi primera cerveza (es la segunda de Scott) así que decido no hablar de mis sentimientos hacia Pamela, aunque ni yo sé que siento. Lo único claro es que dediqué todo un día para escribir sobre ella. Pero no hablar de sentimientos no significa no hablar de Pamela.
- Recuerdas el bar de los cuadros grandes. Ahí en esa calle chica…
- Claro huevón. Ayer estuvo allá. Está lleno de chicas y cerveza heladita.
- Buen bar. Oye, recuerdas a la morticia, esa mina bien blanca… - comento a la pasada.
- Ayer estuvo. Eso te iba decir. La conocí en el bar huevón. Con sus amigas.
- ¡En serio!, cuéntame que pasó – pregunto ansioso – o sea, estaba con la amiga rubia – cambio el tono de voz, tratando de simular mi interés.
- Estuvo con dos amigas. Uno rubia y otra pelo cortito. Chica con pechuga grandes. Rica huevón.
- Ahhh. Sí, la otra amiga – recuerdo a la chica de pelo corto, pero estuve tan concentrado en Pamela que no tengo una imagen visual de ella, sólo un recuerdo difuso. ¿Buenas tetas? Quizá. Pero lo importante es que a Scott le gustó la chica de tetas grandes - ¿te gustó la chica tetona? – le pregunto con el tono burlón de un niño de quinto básico.
- Sí huevón – simula un tamaño extra grande con las manos – así unas teta. Y bonita.
- ¿Sí? Y la morticia. Te gustó – hago la pregunta clave.
- Bonita, sí, pero la chica más bonita. Se llama…
- Mae, sí sé – termino la oración.
- No, huevón. Pamela. Mae es la chica.
- Si sé, de ella hablo. Oye, y cómo se llama de verdad. No se va a llamar “Mae” – pregunto tratando de desviar la conversación hacia ella.
- Marío Elena, Mae…
Las próximas dos cervezas de litro las pasamos conversando de la Mae. En verdad parece una tipa interesante, por lo que relata Scott. No por sus temas de conversación, sino porque es buena para tomar cerveza y bien loquilla. La clase de chica que me gusta sacar de un bar universitario, porque va a carretear y pasarlo bien. Aunque no pase nada, son divertidas. Hay algunas chicas que van a la casa y lo único que hacen es hablar del profesor, el compañero y las notas. A veces cometo el error de ir con dos chicas así y se divierten entre ellas hablando de la U mientras tomo y tomo cerveza tratando de no escuchar o por lo menos, no entender lo que dicen. Es que la universidad es un mundo lejano para mí, que hace más de diez años salí y el recuerdo que tengo es bueno, pero poco significativo a estas alturas.
Lo bueno es que la chica no es así, a pesar que cuando estuvimos juntos habló muy poco y lo único que tomaron fue una cerveza de litro. Entonces me doy cuenta de un detalle y pregunto si las amigas también tomaban harta cerveza.
- Sí huevón. Buenas para la cerveza – contesta.
- Buenas como nosotros o buenas para ser mujeres – delimito más mi pregunta.
- No como nosotros. Si no sería alcohólico – se ríe.
- Cuántas cervezas tomaste tú y cuántas ellas – esta es la información crucial para desenmarañar la madeja de contradicciones. No creo que Pamela sea buena para tomar y la rubia, quizá. De la chica no sé, porque poco la recuerdo.
- Yo. Muchas huevón – y hace un ruido con la boca para dar a entender una cantidad inimaginable – ellas hartas también - esto aclara mejor lo sucedido. Scott estaba curado como cuba cuando habló con ellas y compró y compró cervezas para todos. Ellas lo acompañaron mientras él tomaba y por eso piensa que tomaban harto. Probablemente enganchó con la chica y ella lo acompañó con sus brindis raros y por eso tiene la imagen que es buena para el copete. Es que mi compadre, cuando se cura, no se acuerda de nada. Por suerte.
- Ya huevón. Tengo una idea…
- Oigan, par de curahuillas, voy a abrir acá, así que no fumen – dice el Pato mientras mueve la mano simulando pitear. Lo dice desde la escalera, asomando la cabeza como si fuera un show de títeres, pero al revés. En lugar de ver las manos del titiritero, vemos sus pies.
- No se preocupe compadre. No vamos a fumar nada, pero nos traerías la… - trato de recordar cuántas cervezas van. Aunque confío que el Pato no nos cobrará de más, de todas formas prefiero llevar mi propia cuenta - ¿sexta cerveza?
- Quinta – contesta Pato mientras sube por la escalera.
- Qué idea huevón – pregunta Scott cuando estamos solos. Entonces baja una pareja que de aquí seguro irá al motel. Miro la chica y está bastante culeable.
- Eso pues Scott. Si ves a la Mae con sus amigas, invítalas a mi casa. Hacemos un asado – miro la expresión de Scott frente a mi proposición. Como duda un poco, antes que conteste lo interrumpo – yo pago huevón.
- Ya po. Yo las invito…
- Pero que venga la Pamela huevón – por primera vez confieso mi interés. Llega Pato con la cerveza y se lleva la anterior – Oye, nunca me has contado por qué te viniste a Chile – agrego tratando de cambiar la conversación.
- Por la Cristina y la Millaray po huevón.
- Ahhh. Te viniste con ellas. ¿Así fue?
- Más o menos – me contesta mirando hacia otro lado. Sé que esa actitud me augura una aventura de súper Scott, así que pregunto de inmediato
- Cómo más o menos. A ver…
- Lo que pasó es que a mí arrestaron en iuesei (USA).
- ¿Cómo? – pregunto sorprendido.
- Mira. Te cuento, pero no puede decir a nadie – asiento con la cabeza - Mira, cuando vivía con Cristina, yo cerraba temprano a veces. Y me arranca a tomar cerveza en bares de allá. Tenía una camioneta grande y después me iba del bar a la casa. Siempre iba al mismo bar, cerca la casa, por calle principal y luego calles chicas, como… - piensa un segundo – pasaje. Entonces de vuelta por pasaje. Chuuu, bien bien borracho, se cruza un huevón y lo mato. También borracho el huevón, pero yo manejando. A una cuadra de la casa.
- No huevees. Y qué pasó – pregunto incitándolo a continuar.
- Siete años de cárcel. Y allá no como acá. Tú atropella a alguien y tú vas a cárcel.
- Y pasaste siete años en la cárcel – le pregunto mientras saco cuentas mentales para calcular su edad y la de su hija.
- No, por suerte paso sólo tres años y salgo… condicional, parole.
- Ahhh. Ok. Y ahí te viniste a Chile a buscar a la Cristina… espera no entiendo. ¿Ella no vivía contigo?
- No. Mira. Después de dos años en cárcel ella se vino a Chile – contesta.
- Ok. Y cuando saliste, ahí te viniste tú.
- Tampoco. Mira. Un año después fue a buscar la policía porque yo debía estar en cárcel. Entonces yo dije que no, pero resulto que hubo problemas con juez que perdió mi ficha y yo era prófugo. Entonces juicios y abogados y gastos, así que arranqué a Chile. Si vuelvo a California me arrestan huevón. Soy oficialmente un prófugo de Estados Unidos. Como Bin Ladem…
- Puta la mala cueva. Perder tu ficha… - digo por decir, porque imagino que allá los sistemas de información debieran ser mucho más avanzados que los nuestros. Entonces recuerdo una demanda laboral que tenía con un gallo y perdieron el archivo en el tribunal (o alguien pagó para que se perdiera). En todos lados se cuecen habas – así que ahora acá. Y cuándo se termina tu delito. O sea, acá, si cometes un crimen y no te pillan en determinado tiempo, ponte tú, diez años, el crimen… prescribe, eso. Y no te pueden arrestar.
- Ahhh. Como ocho años, no sé huevón.
- O sea que ya puedes volver a Usa huevón. Llevas caleta de años viviendo acá. Eres más chileno que gringo – digo.
- Si huevón. Me quedo en Chile para siempre. Además, tengo dos hijos chilenos – me dice sonriente. Luego sube a pedir otra cerveza. Bajan otros dos amantes de motel a esperar su turno en el Sótano. Se sientan en la mesa del rincón.
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