domingo, 4 de octubre de 2009

Capítulo 9. Arturo cuenta su secreto

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No tengo grandes expectativas para este sábado. Ningún amigo ha llamado para salir, comer o siquiera jugar play. Así que paso la tarde dormitando, viendo bobovisión y esperando algo para salvar la noche. Sé que Scott no está porque fue a ver a su hijo a Quintero así que no cuento con él para hoy. Tampoco he tenido noticias del guatón. Recuerdo que cuando era chico, si un sábado no tenía nada qué hacer me sentía frustrado, un perdedor traicionado por sus amigos. Hoy me siento igual de frustrado, pero la diferencia es la certeza que mis amigos no me dejaron botado, sino que ellos tampoco saldrán o tienen que hacer cosas donde no me pueden incluir. En todo caso, más allá de la sensación de ser dejado de lado, lo molesto es el aburrimiento que veo venir. Podría salir solo de cacería, pero con los años mis días de predador solitario son cada vez menos frecuentes. Esta opción es la más productiva en términos de conquistas, pero también genera un sentimiento mucho peor que la frustración: la soledad. Quizá la sensación que más me asusta y por eso me cuesta tanto tolerar un sábado por la noche en casa.
Empiezo a revisar la cartelera de cine y teatro, con la esperanza de encontrar algo que me interese. También veo recitales y eventos varios, pero nada me resulta tentador. Al final decido ir al biógrafo y apostar por esas películas mal llamadas de cine arte. Después puedo ir a tomar un trago en algún bar cercano. La idea no me seduce, por eso el teléfono suena mucho mejor. Contesto y es Arturo, que tal como dijo semanas atrás, llama para invitarme a una fiesta en su casa. Me parece extraña su invitación, porque cuando organiza carretes siempre avisa con semanas de anticipación, pero me aclaró que no es una reunión pública, sino algo privado, para que “hablemos y lloremos”. Arturo es un tipo alegre, optimista, por lo que la idea de juntarnos a conversar y llorar me pareció surrealista. Pero el máster es el máster, así que confío en lloriquear en torno a una sabrosa comida y una buena ración de drogas.
Llego a las nueve, puntual como siempre y me está esperando con un margarita de aperitivo. Asó en el horno un trozo de lomo liso acompañado por vegetales salteados con una salsa agridulce de vino. La comida está deliciosa, como suele estarlo cuando Arturo cocina, porque tiene buena mano y con tantos amigos chef, conoce unas recetas increíbles. Acompañamos la comida con un merlot de Casa Silva y la combinación es perfecta. Hablamos de la comida, la receta, el vino y cosas relacionadas al momento. Evito preguntar las razones que le hacen pensar en llorar y espero que él haga el primer comentario. Aunque la duda me picanea, aguanto hasta el final de la cena. Arturo levanta los platos y los lleva a la cocina, a pesar que su casi no tocó su comida. Él es flaco y no es bueno para comer, por lo que no me extraña su conducta, pero con lo que hablamos por teléfono, cada detalle me parece relevante. Quizá lo echaron de la pega, o peor aún, lo pillaron haciendo chanchullos con la plata de todos los chilenos y ahora enfrenta cargos de corrupción o algo así. Pero si fuera eso, casi que daría lo mismo, porque en Chile nada le pasa a los ladrones. Si no encarcelan al que roba en casa ajena, menos aún a quien roba en la casa de todos. Aunque para él, esto sería algo gravísimo porque ha hecho toda su carrera como empleado público. Pero a mí no me sorprende, porque desde que lo conozco siempre me cuenta historias turbias de funcionarios que gastan la plata de todos con una generosidad que desconocen en su vida cotidiana. Quizá sea la amenaza de caer preso lo que lo tiene preocupado o quizá sea el simple hecho de ser despedido y no poder mantener su estándar de vida. Esto aclara en parte mi pregunta, porque aparte del estado, no creo que exista otro lugar donde paguen tanto por tan poco. Más bonos y miles de beneficios. Viéndolo de este punto de vista, entiendo que tenga ganas de llorar. Me grita de la cocina si quiero otro margarita, ahora de bajativo.
- Sí. ¡Pero en copa grande! –grito de vuelta.
- No hay problema – dice Arturo entrando al comedor con las copas en una mano y una jarra de litro y medio en la otra. Sirve las copas y se sienta con aire ceremonioso – Nachito, tengo una huevada que decirte, pero quiero que la tomes con altura de miras.
- Claro. Dele no más, ya sabe que lo apoyo en todo – contesto de inmediato.
- Mira, pensé harto si debía decirte o no, pero eres mi amigo y mereces saberlo.
- Te pillaron robando plata – bromeo para distender el ambiente.
- No. Y no huevees que esto es serio. Estoy cagado de susto y no sé cómo empezar – dice visiblemente angustiado. Con un gesto lo insto a continuar – Mira, sólo espero que esto no afecte nuestra amistad – pienso en la idea del fraude al fisco pero no logro imaginar porque nuestra amistad estaría en juego. No es mi plata la que robó. Quizá crea que cuando no tenga pega ni plata no voy a juntarme con él. Voy a decir algo para tranquilizarlo, asegurarle que con o sin plata, igual seremos amigos y que puede contar conmigo para lo que sea. Pero no abro la boca – Tengo Sida – dice y bebe de su copa sin mirarme. Quedo de una pieza, inmóvil, sin saber qué hacer. Tomo un trago y prendo un pito, no porque quiera fumar, sino para ganar tiempo y pensar en algo qué decir. Arturo nota mi incomodidad - ¿Qué piensas?
- Huevón. No sé qué decir – digo con sinceridad – Cómo pasó. O sea, quién te…
- ¿Contagió? No sé, huevón. Alguna puta que me calentó tanto que me hizo olvidar el condón.
- Pero – pienso mis palabras – eres portador del VIH o tienes la enfermedad declarada. O sea, no es que haya alguna diferencia. Igual voy a seguir siendo tu amigo – lo digo con el corazón, aunque ahora miro con desconfianza la copa de tequila.
- Portador nada más. El doctor me dijo que podrían pasar años antes que muestre los síntomas. Que mi vida puede seguir igual – baja la cabeza para que no lo vea llorar.
- Huevón, vas a estar bien. Ahora hay remedios. No es como antes, que era una sentencia de muerte. Ahora es una enfermedad crónica – le digo, aunque no sé mucho del tema. Lo vi en el cable, en el Discovery H&H, pero sin prestar demasiada atención, así que podría estar equivocado – Magic Johnson aún está vivo. ¿o no?
- Sí huevón. O sea, no sé. No me interesa. Estoy… - le caen un par de lágrimas y le paso el caño para distraer – estoy mal, huevón. Cada día es una lucha por levantarme. Paso el fin de semana encerrado, metiéndome coca y fumando y tomando. Y pajeándome. Lo que sea para no pensar.
- Pajearse es bueno – le digo tratando de animarlo – drogarse también…
- No sé nachito. Qué piensas tú. ¿Está todo bien entre nosotros? – me dice con tono de súplica. No sé qué decir. Me pasa el pito.
- Claro huevón. El título de máster no se lo doy a cualquiera – miro con desconfianza el pito. Está todo babeado. Puedo leer en los ojos de Arturo la súplica, el deseo de ser acogido y aceptado – no compadre. Tú siempre serás mi amigo – tomo el pito con decisión y lo pongo en mi boca. Doy una piteada grande, suplicante, rezando para que la saliva no sea una forma de contagio (en el documental decían que no se puede contagiar así, pero igual me hace pensar). Aguanto el humo con fuerza hasta que la toz me hace botarlo.
- Gracias – dice Arturo cabizbajo. Quiero levantarme y abrazarlo, tratar de acogerlo, hacerlo sentir mejor de alguna manera, pero lo conozco y sé que no le gustaría.
Arturo termina de levantar la mesa. Sólo deja la jarra de tequila, las copas y los posavasos. Cuando vuelve pone en la mesa un cenicero limpio y un pocillo con pistachos. De Arturo pueden decir muchas cosas (en especial los que no lo conocen), pero es un excelente anfitrión. Algunos opinan que es pesado, serio, desconsiderado, mañoso, viejo y otros cientos de adjetivos nada halagadores, pero que sabe hacer buenas fiestas es indiscutible. Mucha gente piensa que esto no es una gracia, que es puro invitar personas y ya, pero no es así. Arturo se esmera, compra buenos tragos, elige la música, la comida, decora el lugar de acuerdo a la ocasión y jamás hace atados por un vaso roto o un desmán involuntario. Ahora, como buen anfitrión, pone dos líneas en la mesa y me pasa una bombilla metálica para jalar. Después de esto no hablamos más de su enfermedad o qué va a hacer al respecto. Pienso que lo apropiado es prestar un hombro para llorar y un oído para que se desahogue y no presionarlo para hablar del tema ni dar consejos de ciego, porque en una situación así es fácil opinar, pero en realidad no sé qué haría si estuviera en sus pantalones. Igual menciono que está jalando demasiado pero dice que no me preocupe, lo mejor que podría pasarle es morir de sobredosis. Una risa casi histérica termina la oración. Brindo con una sonrisa amable. Seguimos conversado durante dos horas o poco más, brindando, fumando y jalando. Hablamos de todo, pero nada importante, ni siquiera digno de ser mencionado. Temas de volados, improvisados, insignificantes comparados con la conversación que tuvimos hace un rato. Hasta que suena el timbre.
- Por fin llegaron huevón. Atrasadas como siempre – dice Arturo mirando su reloj. Me mira con expresión pícara y agrega – a culear, a culear, que el mundo se va a acabar – dice sonriente.
- ¿Cómo? – pregunto.
- Cómo que cómo. Te invité a una fiesta, no a un funeral – y va a abrir la puerta.
Entra abrazado de una chica alta, rubia, preciosa, la típica modelo de Morandé con Compañía: harta teta, cintura chica, un culo de otro planeta y poca, muy poca ropa. Tras ellos entran otras dos minas, diferentes físicamente, pero iguales en lo global; cuerpos abundantes y ropa escasa. Ante mi mirada de sorpresa (creo que mi boca colgaba y mis ojos salían de sus órbitas), él me presenta.
- Claudia, Candy y Foxy- dice Arturo apuntando a cada chica a mientras dice su nombre – Él es Ignacio. Pero cierra la boca huevón. Dime cuál te gusta y estamos listos para empezar – esta frase aclaró todo. Putas, pero las putas más ricas que he visto. Empiezo a mirarlas con cara de incredulidad y cuando voy a apuntar a la rubia me interrumpe – perdón compadre, pero elige a cualquiera, menos a ella – dice refiriéndose a Claudia – ella es mía – se miran y ambos se ríen – bueno, mía por hoy.
Esa noche nos entregamos en una orgía de proporciones, con unas profesionales. Gritonas, desinhibidas y sobre todo, muy creativas, las chicas nos sorprendieron con performances sexuales deliciosas. No exagero al decir que casi tengo un orgasmo con sólo mirarlas tocarse entre ellas. Empezamos a juguetear en el comedor, los cinco, aunque Arturo acapara dos chicas y yo me quedo con una. En todo caso, fumar del mismo caño es una cosa, pero compartir la mina con alguien que tiene sida, es un tema totalmente diferente. Aunque use doble condón.
Arturo desaparece con sus dos féminas y yo me quedo con una morena increíble, una amazona llena de curvas y silicona. Nos masajeamos y sobajeamos de todas las formas que se nos ocurren. De pronto recuerdo que Claudia es la chica desinhibida con que encontré al Arturo jugando a los vaqueros una vez que entré de sorpresa a su casa. Conozco al máster hace más de diez años y por primera vez me entero que tiene afición por las putas. Bueno, en realidad, viendo estas tremendas hembras, justifico el hábito. Esa noche hice de todo. Usé todos los agujeros que encontré, bailamos desnudos en el patio, se tiró una línea sobre mi pichula erecta y un sinfín de payasadas. Lo único malo fue que tras toda una noche de sexo desenfrenado, sólo conseguí un orgasmo cagón. Las drogas y el trago me desensibilizaron a tal punto que apenas podía mantener la erección. Confieso que nunca he pagado por tener sexo y aunque he estado con minas de dudosa reputación, hoy puedo decir con certeza que estuve con mi primera puta. Y descubrí que sin importar como lo disfrace, algo me molesta de todo esto. No me incomoda pagar por sexo, tampoco cuestiono mi moral o considero que es malo prostituirse, ilegal o un pecado. Lo único que me desagrada es no tener plata para hacerlo una vez al mes… por lo menos.
Despierto a medio día sobre el sofá, solo, pero con la satisfacción de haber efectuado una de mis actuaciones sexuales más fantasiosas y prolongadas. Me quedo acostado, pensando en Arturo, el Sida, la fragilidad del cuerpo humano y lo breve de nuestra existencia. Me siento vacío, fútil y con el bajón de drogas rebanándome la cabeza, pero a la vez, más seguro que nunca que la juerga y el hueveo es la mejor opción para sobrellevar esta vida de mierda, llena de frustraciones y mariconadas. Porque no hay nada más. No hay cielo ni infierno, sólo una cantidad breve de años para disfrutar. Si tengo suerte llegaré a los sesenta y después, a la tumba. Pero no me quejo, para qué más, después ni siquiera se me va a parar.

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