domingo, 25 de octubre de 2009

Capítulo 11.- Valdés está enamorado de la Maca

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Es viernes por la noche y no dejo de pensar en Pamela. Trato de idear una razón para ir al bar de los cuadros grandes solo, pero todo me suena a excusa de alcohólicos anónimos. Llamé a mis amigos y ninguno está disponible así que la noche queda para mí. La última vez que la vi fue con Scott, que las invitó a un asado tal como hablamos. Y tenía razón, la chica tenía un hermoso par de tetas. Pero aparte de este encuentro, donde anoté varios puntos, no la veo hace semanas. Algo interesante me pasa con esta chica y que no sucedía hace mucho tiempo, y es que no importa con cuantas mujeres me acueste, ninguna consigue que deje de pensar en ella. He ido varias veces al bar de los cuadros grandes y no la he visto. Esto me preocupa, porque no es la primera vez que una universitaria deja sus estudios y se desvanece en el aire. Por lo mismo quiero verla y pedirle el teléfono. No lo hice antes por una estúpida tradición: nunca anotarás el fono de una mujer a menos que ella te lo dé. Pero no quiero perderla por una tradición sin sentido, que por lo demás, inventé un día que una mina no se acostó conmigo porque encontró en mi agenda el teléfono de su mejor amiga. Pero eso no ha vuelto a pasar, porque tomé precauciones: ahora guardo mi agenda en mi mundo privado, bajo el ventanal redondo. Además, debido a esta experiencia, los únicos fonos que guardo en mi celular son de chicas con las que salgo, los demás pasan a la agenda y desaparecen de la memoria electrónica.
Decido ir solo al bar de los cuadros grandes, aunque no tenga excusas para ello, pero al abrir la puerta me encuentro con Valdés. Guarda su auto en el garaje y vamos a pie al bar. Valdés no tiene mucha experiencia en este tipo de lugares, porque no tiene ninguno cerca y las pocas veces que ha ido conmigo ha sido para precalentar con unas chelas y luego nos vamos a otro sitio, “más treintón”, como le gusta decir. Sin embargo, hoy vamos a un bar veinteañero y si vemos a Pamela con sus amigas, estoy seguro que lo disfrutará como nunca antes.
Cuando doy el segundo paso dentro del bar, noto el ambiente sobrecargado. El aroma de cerveza rancia se mezcla con el humo del cigarro y un bullicio que supera con creces los decibeles de la música. Está atiborrado de gente y tenemos suerte de llegar a la barra. No necesito que lo diga para saber que Valdés se quiere ir y sinceramente, yo también, pero antes quiero ganar algo de tiempo. Pido dos cervezas y trato de distraer a Valdés mostrándole los cuadros, pero hay tanta gente que no se pueden ver con tranquilidad. El tiempo que me doy para encontrar a Pamela es de dos cervezas de litro. Sé que es poco, pero es todo lo que puedo hacer. Quizá si después de las dos chelas hay menos gente, entonces nos quedaríamos, pero tan lleno es desagradable. Como conozco a mi gente, sé que mientras más lleno y ruidoso es un lugar, más les gusta a los universitarios. También sé, por lo que conozco a Pamela, que la muchedumbre no es lo suyo. Ella siempre mantiene distancia con las demás personas, lo que añade un aura mágica a su perturbadora presencia.
Las cervezas se acaban así que decido ampliar el radio de visión paseando por el lugar. Uso la excusa de ir al baño y dejo a Valdés mientras busco a Pamela por ahí. No la veo, así que camino hacia el baño. Maldigo mi suerte mientras me abro paso entre borrachos adolescentes. “Cabros chicos”, pienso mientras trato de mear, pero la frustración que siento no es con el gil que vomita el wáter, sino con Pamela por no aparecer hoy. Luego me doy cuenta que la rabia es conmigo, por no anotar su teléfono. Salgo del baño sin secarme las manos cuando la veo conversar con su amiga en la puerta. Se dan vuelta y se van. Ahora o nunca… y corro detrás de ellas.
- ¡Hola! – digo mientras la tomo del hombro para voltearla – o sea, disculpa, hola, cómo estás – me acerco a darle un beso. Me mira extrañada.
- Hola, bien y tú –dice mientras hace sonar un beso junto a mi mejilla, sin rozar mi piel. Mala señal, pienso.
- A dónde van, porque saben – medito en lo que voy a decir. Son tres chicas veinteañeras y la rubia es la líder. Ella no fue al asado con Scott, la Pame y la Mae, así que no la conozco, pero apuesto por gritona y danzarina – estoy con un amigo y nos íbamos… también – entonces me doy cuenta que quizá ellas van y vuelven, pero ya tengo las fichas jugadas – vamos… a mi casa a comer algo y de ahí ¿a bailar? – trato de leer una respuesta en sus caras pero no hay nada – o a donde quieran – el siempre incomodo silencio.
- Está Jim – pregunta Mae. Una oportunidad, quizá la única.
- Debe estar en su casa. Lo pasamos a buscar camino a la mía – miento. Scott a esta hora, si no está conmigo, está solo en un bar ebrio y tratando de quedar más ebrio.
- Sí – dice la Pame – está muy lleno acá. Vamos – me dice sonriendo.
- Ok. Voy a buscar a mi amigo – tres segundos después estoy de vuelta.
En el camino a casa hago todas las presentaciones y pienso en lo ocurrido. Primero, la que supuse debía convencer, la rubia, ni opinó en lo que íbamos a hacer; segundo, la idea de ir a bailar no sedujo a nadie y tercero, Pamela tomó la decisión final. Tres hechos importantes, sobretodo el último, porque me dice que cuando Pamela quiere algo, toma las riendas y decide según su conveniencia. Hacemos la sagrada parada en la botillería y seguimos hasta la casa. Nos detenemos frente al departamento de Scott y silbo para que se asome. Ese chiflido es nuestra clave. Ni él ni yo tocamos el timbre, sino que silbamos. Pero en este caso lo hago sin esperanzas de recibir respuesta, solo por cumplir con la Mae y entonces se abre la ventana de su departamento, me tira la llave y subo a su casa.
- Huevón, estoy con una chica – me dice desde la puerta entreabierta y muy, pero muy pasado – tú no tiene condón ahí.
- En la casa – contesto – oye, estoy con la Mae abajo y vamos a mi casa
- Huevón. Estoy con la chica aquí. No pudo ir – dice preocupado – tu invente algo para Mae. A mí me gusta ella.
- Ok. Algo se me ocurrirá – digo malicioso.
Bajo y les digo que Scott no puede ir. La Mae pregunta por qué y contesto “diarrea”. Río en mi mente y seguimos camino a mi casa. Enciendo las luces y mientras los demás se instalan voy a poner música y después a buscar vasos y hielo. Compramos bourbon y vodka, con coca, jugo de naranja y tónica. Como no hay nada de fermentado, la conversación se relaja rápido y para el segundo trago, todos los contertulios estamos felices. Me levanto de nuevo a la cocina y traigo papas fritas de bolsa para picar. Corto en cubos mi desayuno de la semana y sirvo queso y jamón. Valdés se pone a hablar de la Maca y lo mucho que ama a sus hijos. Que viven en Concepción, están separados, extraña a su familia, el compromiso y toda la historia que me sé de memoria. Lo que no entiendo es su afán por contar esto, porque sé con certeza que quiere conquistar a una chica, a cualquiera de ellas y no creo que piense que hablar de su ex esposa lo vaya a ayudar. Aunque quizá sí. Lo llamo a la cocina para que me ayude y ahí lo interrogo. La curiosidad me supera.
- Valdés, dime qué chucha estás haciendo
- ¿Cómo qué estoy haciendo? – pregunta más intrigado que yo.
- Por qué hablas de la Maca. Te conozco y sé que te gustaron las cabras. Así que dime que pretendes.
- Qué. Acaso no puedo estar enamorado de mi esposa – pregunta irónico.
- Ex esposa. Y eso no tiene nada que ver con esto. Tú te traes algo y quiero saber qué es.
- Lo que pasa es que tú no sabes nada huevón – me dice fantoche – mira. Estas minas universitarias buscan estabilidad. No un cabro huevón de su edad que se tira a una y otra mina sin comprometerse con nadie. No huevón, yo no. Yo soy un hombre separado, que ama a sus hijos y que es capaz de comprometerse. Estabilidad, compromiso, eso es lo que ofrezco – dice ufano.
- Ok, entiendo – digo extrañado - Te felicito. Buena estrategia – agrego irónico con una sonrisa en los labios.
- Buena… ¿cierto? - tomamos la comida y vamos donde ellas están – cuál te gusta a ti. Para que no ataquemos la misma presa – pregunta.
- Cualquiera – contesto confiado. Sé que con esa estrategia no conseguirá ni siquiera un número de teléfono.
Después varios tragos, la rubia (aún no aprendo su nombre) dice que vayamos a bailar, como dijimos antes. Miro a Valdés sorprendido, porque no pensé que quisieran salir, pero qué le hace el agua al pescado y las invitamos dónde ellas quieran. Ahora es la rubia quien lleva la batuta y sugiere la Costa Varúa, una discoteca en el poto del mundo, en el paradero veintiuno de avenida la Florida. Pero para eso estamos y además, Valdés se muestra entusiasmado, todo porque no conoce el lugar y no sabe lo lejos que es. Además, a él le gusta bailar, las luces y el bullicio de las masas. A mí nada, por el contrario, pero me gusta Pamela así que vamos. Antes de salir veo que el primer y único trago que serví a la Pame está casi lleno.
Vamos en la Murano de Valdés, que sé le encanta lucir, porque es una muestra de su estatus. No he fumado nada de marihuana ni he hablado del tema, para no asustar a Pamela, porque si apenas toma, capaz que tampoco le gusten los volados. Pasamos la noche divertidos, bailamos y tomamos junto al resto de la bulliciosa concurrencia. Hacia el final de la noche logro separar a la presa de la manada y vamos con la Pame a la terraza del lugar. Es un sitio más tranquilo, con música a un volumen que permite conversar. La dejo hablar a ella, para descubrir sus gustos y hábitos. Cada vez estamos más cerca, le acaricio la mano y una sonrisa boba adorna mi rostro. Cuando estoy seguro del éxito de mis empeños, me acerco y le doy un beso. Pamela se deja llevar por unos segundos, pero de inmediato corre la cara y mira hacia abajo, avergonzada. Le pido disculpas, nunca fue mi intención ofenderla, ni besarla si ella no quería, pero me gusta tanto que no pude contener mis impulsos. Ella ríe y me pide que yo la disculpe, pero por ahora no puede estar con nadie. Adivino que hay un tercero involucrado pero no digo nada y seguimos hablando como antes. Nos vamos de ahí cuando cierra el lugar y Valdés va a dejar a todas las chicas. Después volvemos a mi casa.
- ¿Y? cómo resultó el rol de hombre comprometido. Funcionó – pregunto malicioso.
- Cállate huevón. Además no vine a engrupir minas – contesta molesto - para eso me quedo en viña, donde me llueven las ofertas – no creo que las mujeres lluevan a sus pies, pero no digo nada.
- Oye, verdad. A qué viniste a Santiago si no fue a huevear – pregunto interesado.
- No vine a Santiago. Pasé por Santiago. Vengo de vuelta de Concepción. Fui a ver a mi familia – dice orgulloso – y sabes… creo que pronto volveré con la Maca. Mientras estuve allá me trató como rey. Estuvo súper amorosa y hasta regaloneamos en la cama mientras veíamos tele.
- Y. Pasó algo – pregunto insidioso.
- No pasó nada, pero casi. Intenté un par de movimientos pero ella me dijo que ahí no. Los niños podrían vernos. Así que para otra vez será. Pero ahora sé que me quiere. Y yo la amo más que antes. ¡Más que nunca antes! Huevón, estoy como adolescente enamorado.
- No me sorprende. La última vez que estuvimos en viña con esas minas que conocimos, me dijiste lo mismo de una de ellas – le recuerdo.
- Pero ahora es la Maca. No cualquier mina. Es muy diferente.
- Entonces te felicito – levanto mi vaso para brindar.
- Gracias – dice haciendo chocar los vasos.
- Entonces… ahora qué vas a hacer – pregunto.
- Voy a ir más seguido para allá. Por lo menos una vez al mes. Y ahí se verá que sucede. No quiero presionarla. Ya muchas cosas han pasado para cagarla de nuevo.
- Por qué te separaste la primera vez. Nunca me has contado eso.
- Esa es una historia muy larga. Quizá mañana te la cuente.
- Te pilló cagándola – le digo burlón – cuenta la firme.
- Nada de eso huevón. Y no voy a decir nada más de ese tema – contesta secante.
- Ok. No te enojes. Sólo bromeo. ¿Qué te pareció la Pame? – miro su cara y no necesito oír la respuesta – exquisita, cierto. Me tiene loco, huevón.
- Felicitaciones pues hermano – dice levantando su copa – ahora somos dos los enamorados – y entrechocamos de nuevo nuestros vasos.
- Por la Maca – digo.
- Por la Pamela – me contesta.

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