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Miércoles, siete treinta de la madrugada y el timbre refunfuña en los corredores de la casa. Despierto antipático, cansado y con los resabios de una noche larga y poco productiva. Salí con Marcela, una estudiante de post grado de sicología. Tiene treinta y está en los mejores años de su vida, con un cuerpo maduro y el conocimiento pleno de sus virtudes. Salimos tres veces antes de anoche y nunca ha pasado nada. Pero no importa el tiempo invertido, pues fue bien gastado. El timbre vuelve a zumbar y mis orejas con él. Mierda, mierda, me levanto y voy a ver quién es. Marcela es encantadora, simpática y guapa, tiene todo lo necesario para pasar una grata velada. Pero ayer quería que fuera nuestra noche, así que decidí encender los sentidos, empezando por el olfato y el gusto. Por eso fuimos al Platipus, un restorán delicioso con una carta de vinos aún más rica y queda en Cummings, a cuadras de mi casa. Pero no funcionó y sólo conseguí unos besos cagones y un “nos vemos otro día”. A pesar que me encanta, no creo que volvamos a salir. Es una pérdida de tiempo y energía que no entregará ninguna satisfacción. Me gusta y le gusto, pero las diferencias surgen en lo que cada uno quiere. Ella espera algo seguro, estable y no tengo la intención de hacerla creer que queremos lo mismo. No sería justo con ella. Así que no habrá más citas, aunque me encantaría saber hasta dónde llegaremos en la próxima. Suena el timbre por tercera vez en cinco minutos y me asomo para ver quién es. No puedo creer la cara de hombre responsable y madrugador que trae Sotov.
- Qué chucha te pasó. Tienes que ir al tribunal – pregunto mientras lo invito a entrar.
- Nada, lo que te conté el otro día. Espero no haberte despertado – dice con una sonrisa de oreja a oreja.
- Qué me dijiste. Cuándo – pregunto pero al instante recapacito – ¡Ya huevón! Estás en tu casa. Haz lo que tengas qué hacer y luego me cuentas. Yo me voy a dormir – encamino mis pasos hacia la pieza.
Me acuesto pensando en Marcela y su belleza, tan diferente a la femineidad de niña que posee Pamela. Apoyo la cabeza en la almohada y el mundo se vuelve negro, los sonidos exteriores se distancian y aparecen melodías nuevas, provenientes de mi inconsciente.
- Ya huevón. Despierta. Son las doce y tú aún durmiendo – me grita Sotov desde la puerta.
Abro los ojos con pereza, miro al lado y veo la hora en el reloj. Siento como si no hubiera descansado nada. Mi cuerpo está pesado y no puedo pensar con claridad. Me levanto y voy al baño a lavarme la cara. Ya más despierto bajo a la cocina y Sotov me sorprende con té y tostadas.
- ¿Desayuno? No será almuerzo – y cuando termino de decir estas palabras y veo la expresión de alegría en el rostro de Sotov, comprndo lo que pasó - ¿Qué hora es huevón? ¡Por la chucha, no puedes ser tan pendejo!
- Las nueve pasadas. Pero el desayuno está buenísimo. Huevos revueltos, la especialidad de la casa. Mermelada, mantequilla y pan tostado.
- La raja – refunfuño – ahora tú vas a atrasar la hora en el reloj de la pieza – estoy apestado con la broma de Sotov. Para qué molestar, si antes de las doce estaría igual en pie. Me sirvo café – ya huevón, por lo menos cuéntame para qué me despiertas.
- ¿Cómo para qué? Por una entrevista. Lo que te dije el otro día – entonces recuerdo todo.
- Pero si vienes tan seguido a entrevistas, alguna pega te tendrá que salir. No puedes mentir para siempre. Vienes por trabajo y te vas sin nada – opino mientras tomo un sorbo de café.
- Sí sé – se ríe – y eso no es nada. Más encima me quitaron dos alumnos particulares. Así que ahora tengo menos plata.
- Con mayor razón tu señora va a cachar que no tienes entrevistas. Si casi no tienes trabajo – trago más café y como pan con huevo – además el huevo te quedó seco. Gil de mierda que me andas despertando por entrevistas que no existen - termino de comer de mala gana y me voy a vestir. Al volver lo encuentro hablando por teléfono.
- Sí señora, Carolina Soto. Infórmele que a las once estaré por allá. Sí. Gracias – y cuelga el teléfono - Estas perfumadito. Te arreglaste para verme.
- Es mi ducha semanal.
- Vamos, cambia la cara. Quiero que veas a la Carolina. Está hecha una lola. Preciosa.
- Amor de padre – contesto resignado - ok, te acompaño. Pero la próxima vez la vemos en la tarde.
- No seas flojo. Te hace bien madrugar.
- Quién habla. La única vez que te vi madrugar fue cuando viniste a tribunales para solicitar permiso para ver a la Carolina. Y en ese entonces ella tenía, cuánto. Cinco, seis años – digo para enojarlo. Aún tengo sueño.
Vamos en mi auto, un Cadilac Fleetwood 1958, un clásico en perfecto estado de conservación que perteneció a mi abuelo. Es de color negro brillante y me preocupo de pasarle un paño una vez a la semana. Cuando mi abuelo falleció, mi madre se aferró a ese carro como si fuera el tata en persona y al irse ella, heredé la obsesión de cuidarlo. Me gustaría tener un hijo para heredarle mis obsesiones y traumas. También mi hermoso Cadilac Fleetwood 1958.
Lo más extraño del auto no es lo viejo, sino lo contrario, porque nunca lo uso. En general prefiero la locomoción colectiva, en particular el taxi y en menor medida, la micro y como última opción, el metro. Pero lo habitual es que camine para todos lados (treinta o cuarenta minutos a pie es algo bastante cotidiano) o use la bicicleta.
Llegamos al Liceo Carmela Carvajal, que es donde estudia la hija de Sotov y estaciono en la esquina de Luis Montaner con Av. Italia, a cincuenta metros de la entrada. Sotov va al colegio y me deja intrigado con otra extraña metáfora sobre la vida y el ajedrez. “El espíritu es superior a la materia” dice antes de cerrar la puerta. Qué mierda quiere decir con eso, tengo que obrar milagros para entender sus analogías. Sin embargo, para comprender a Sotov es necesario interpretar estos acertijos, porque la mitad de su conversación son comparaciones entre el deporte ciencia y nuestra existencia. La frase en cuestión la dijo Murphy, campeón mundial de ajedrez, y se refería a los sacrificios de piezas para obtener ventaja de desarrollo y ganar la partida. No logro imaginar a qué se refiere, pero por lo menos mantendrá mi cabeza ocupada mientras espero que vuelva.
Salen del edificio abrazados, conversando. Carolina era una niña que aún se orinaba encima cuando la vi por última vez. Esa vez fuimos a la piscina y le enseñé a flotar (traté, porque nunca aprendió). Ahora esta niña con ademanes de mujer me es familiar y a la vez desconocida. Desde que sube no para de hablar, cuenta sobre sus profesoras, sus compañeras, las notas y recuerdo lo parecido que suena esto a la conversación con una universitaria. Veo como actúa, con ademanes de mujer y cuerpo de niña. Me intriga, pero no por un interés sexual, sino curiosidad por los niños. Como crecen y se transforman paso a paso en personas independientes, únicas, con su propio sistema de valores y creencias. Con sus propias maldiciones. Sotov, por su parte, es otro. Actúa y bromea como niño, ahora le gusta el auto y conversa de él con ella.
Vamos a pasear al Parque Arauco para que Carolina vea ropa, con la esperanza que Sotov le compre algo, aunque lo dudo, porque nunca tiene plata. Pero hoy es la excepción que confirma la regla y no sólo le compra unos pantalones (bastante caros a mi entender. Yo me compraría tres pares con esa plata), sino que nos invita a comer helado. Yo tomo café, mientras Carolina devora una copa casi tan grande como ella. Este año sale del colegio y no sabe qué estudiar. Piensa que enfermería sería una buena opción, pero no le gustan los enfermos y me confundo con la paradoja y aunque no digo nada, pienso que necesitará más tiempo para saber lo que quiere. A las dos de la tarde la vamos a dejar a su casa, pero estacionamos a dos cuadras. Sugiero dejar el auto frente a la casa, pero Sotov dice que no con tanta súplica en la voz que le hago caso y nos quedamos ahí. Se despiden emocionados y la niña se baja. Avanza unos metros y se encuentra con la ex de Sotov, quien le dice a Carolina que se vaya a casa y se acerca a la ventanilla. Me saluda fría como el metal y con el mismo tono de voz le pide a Sotov que la acompañe. “Mate en tres” me dice antes de bajar del auto y caminar unos veinte metros con Carola (la madre). Desde aquí no logro escuchar lo que hablan así que subo el volumen de la radio y los observo a través del parabrisas. Suena “Black” de Pearl Jam y música e imagen se acoplan de forma perfecta, mejor que en un video. Es cierto que no escucho lo que dicen, pero tampoco lo necesito, puedo adivinar cada una de sus palabras. Ella habla y él escucha, y de vez en cuando, trata de decir algo en su defensa, pero sin resultados. Mientras más habla ella, él se ve más pequeño, con postura infantil, un poco encorvado, mirando el suelo, haciendo pucheros, jugando con los pies, amurrado. Al final, el diálogo se transforma en monólogo. Se despide de mí con la mano, da media vuelta y se va. Sotov queda destrozado. “Jaque mate” dice mientras cierra la puerta del auto.
- Qué fue eso – pregunto – ¿Por qué peleabas con la Carola?
- Nada huevón. Una cagada no más – contesta molesto. Enciendo el motor y comienzo a manejar.
- Buena cagada tiene que ser. Casi te comieron – me burlo.
- Es que no puedo ver a la Carolina.
- Cómo es eso – pregunto.
- Tenemos un trato con la Carola. Ella no me demanda por pensión alimenticia y yo no veo a la Carolina. Así que hago lo que me dice y vivo tranquilo.
- Y hoy qué hacíamos con ella.
- Lo que pasa es con la Caro nos llevamos la raja. Súper amigos y todo. Hablamos por teléfono todos los días. Y a veces nos juntamos a escondidas de la mamá.
- Ok. pero… lo que no entiendo es por qué no la ves. Qué te va a hacer la Carola, ¿pegarte? – pregunto con malicia.
- Peor. Ella ganó el juicio por pensión alimenticia y si no firma todos los meses diciendo que pagué la pensión, van a mi casa y me arrestan. Así que si mañana no contesto el celular, es porque estoy en la cárcel.
- En serio. ¿No te creo? O sea te tiene amarrado de un coco. Si quiere te obliga a bailar en pelotas en el centro de Viña – me río burlón.
- Sí claro. Y lo peor de todo es que si me arrestan, la Berni sabe que vine para acá y me como otra goma más. Más encima, la Carola dijo que la Carolina necesita plata para estudiar en la U. Estoy cagado, huevón – dice cabizbajo.
- Al revés. Ahí está la solución. Si pagas la U puedes verla cuando quieras – digo tratando de animarlo.
- Y de dónde saco la plata – pregunta– el ajedrez y mis tableros apenas dan para la casa. Si la Berni me pilla dándole plata a la Carolina en lugar del Vicente, me castra. No huevón, estoy cagado.
- Trabaja en una pega fija y dejas el ajedrez como hobby. Lo que hace un padre responsable para mantener a sus hijos – digo tratando de herir su ego.
- Pero si lo único que sé hacer es jugar ajedrez. Estudié contabilidad en un liceo comercial y salí hace veinte años. Y nunca he trabajado. Dónde voy a encontrar pega – dice apesadumbrado.
- Sabes. Tengo una idea. Ya sé dónde podrías trabajar. Y además podrías ser un modelo de flojera y poca eficiencia – sonrío.
- ¿Qué?
- No te preocupes. Oye, entendí el tema de la Carola y ahora entiendo porque la Berni dice que gastas tu plata con la Carolina. Lo que me confunde es por qué fuimos a buscarla al colegio.
- Obvio. Quizá no tenga plata para darle, pero sí puedo sacarla temprano del colegio. Y para una adolescente eso es más importante que el oro.
- Quieres decir que ayudas a tu hija a faltar al colegio.
- Exactamente. El espíritu vence a la materia – dice y recién entonces entiendo la analogía que usó antes. Complicidad sobre dinero.
- Eres es gran ejemplo de responsabilidad para tu hija. Te felicito – comento irónico.
- Gracias – contesta mientras enciende un pito – y ahora vamos a tu casa.
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