viernes, 18 de septiembre de 2009

Capítulo 7.- Pamela, una gacela tímida

Frente a la mirada inquisidora del ventanal redondo trato de escribir lo vivido ayer, pero no los hechos, sino mis sentimientos. Trato de llevar a palabras mi desconcierto, mi torpeza y mis diálogos monosilábicos. Trato de presionar las teclas apropiadas para describir lo que cruzaba mi cabeza mientras hablamos con esas universitarias. Y no lo consigo. Mi mente divaga en la mirada de Pamela, clara y expresiva. Su pelo negro eclipsa sus ojos y la hacen más misteriosa y encantadora a la vez, una invitación al descubrimiento y el regocijo. Me gusta demasiado, tanto que me incomoda pensar en ello, un sentimiento que no recuerdo haber tenido antes. Me he enamorado otras veces, pero esto es diferente, porque no es amor, sino gula, el deseo irrefrenable de comerme a esta chica.
Mide alrededor del metro setenta y todo en ella está bien puesto. Sus senos en armónica composición con su cintura y caderas, su cuerpo frágil, su silencio elocuente. El cuello largo sostiene un rostro ovalado, de pómulos marcados y sonrisa embriagadora. No habló mucho mientras estuvimos juntos, pero creo, aunque no tengo certeza de ello, que su silencio no es timidez, sino que es de esas personas que primero observan a sus contertulios y luego opinan, una vez que consideran que su interlocutor es alguien con quien vale la pena compartir. Por mi parte, tampoco dije mucho, en parte por nervios y en parte para ganar su confianza, actuando como ella. No sé si habrá resultado, sólo espero que no haya sido contraproducente y no sea de esas chicas que le gustan los tipos cancheros y entradores. En general clasifico con bastante acierto a las féminas que conozco, pero en este caso admito mi desconcierto, porque tras mi turbación inicial no pude observarla con el descaro que hubiera querido y pasé la mayor parte del tiempo mirando el fondo de mi vaso.
Lo que sé con certeza es que no bebe mucho (casi nada sería una descripción más apropiada) y pasó toda la tarde con un vaso de fanschop a medio vaciar. Si bien sus amigas tampoco tomaban demasiado, todas fumaban como si fueran accionistas de la chilena de tabacos y eran solteras. Eso fue la única información concreta que obtuve de ella, pero también pude deducir algunas cosas, como que no se interesó en nosotros porque éramos demasiado viejos. Tampoco le gustó la forma en que bebíamos y mucho menos la invitación que les hicimos para ir a mi casa. Se negaron de inmediato, casi a coro y usaron la excusa de una prueba. Todas estudian auditoría en la Diego Portales y casi podría asegurar que a ella no le gusta su carrera. Se fueron al poco rato que nos sentamos con ellas, no más de una hora, pero ese tiempo fue suficiente para darme cuenta que esta cacería, si la realizo, va a exigir de todas mis artimañas. Creo, sin embargo, que le agradé, porque no hablé mucho y las pocas veces que lo hice me dirigí a ella y fue para alabar su andar de gacela o su belleza exótica. Aunque sé que este tipo de loas son apropiadas para mujeres mayores, angustiadas por la edad y flaccidez de sus cuerpos, y las chicas universitarias las consideran (la mayoría de las veces) como una caballerosidad pasada de moda, creo que esta niña es más mujer de lo que aparenta. No sé su historia, salvo que tienen veintiún años, pero pude leer entre líneas que carga con una madurez inusual para alguien de su edad y adivino que es debido a la carencia de dinero y que tuvo que trabajar desde pequeña. Pero ahora estudia en una universidad privada, lo que desbarata en parte esta teoría aunque cuando se trata de plata, un día se tiene y otro no. Lo sé por experiencia personal.
Lo que más me gustó de ella fue su andar gracioso, como una gacela tímida, dando saltitos pequeños, casi imperceptibles, pero que la hacen ver como si se deslizara sobre el insalubre suelo del bar. Por instantes pensé que era un ser celestial que no puede pisar la inmundicia del mundo para no manchar su virginal pureza, pero luego opté por obviar este pensamiento, porque mientras más la endiose más difícil será conquistarla. Tenía otros gestos interesantes y que ayudaban a esta idea de castidad, como el hecho que a pesar de andar con pantalones se sentaba con cuidado, con las piernas cruzadas, como si usara una minifalda enana. También noté su preocupación por verse bien, maquillada y radiante, incluso en ese bar donde la penumbra es constante, sin importar la hora. Este detalle me desconcertó, porque no es el tipo de mina que va por la vida tratando de llamar la atención, sino por el contrario. Pero mientras escribo estas líneas me doy cuenta que su vanidad es derivada de otra causa, distante años luz del deseo de destacar y es simplemente que su femineidad está exaltada, como esas mujeres que nacen con demasiadas hormonas femeninas y no pueden evitar sus instintos, sus deseos de atraer el sexo opuesto a pesar que su razón dice otra cosa. Esta idea me seduce y la acepto como cierta.
Casi un día después de haberla conocido aún no puedo borrarla de mi mente y me alegra saber que ella no se interesó por nosotros, por lo menos en el sentido romántico. Es cierto que le caí bien (eso creo) y es probable que la próxima vez que nos veamos me salude y conversemos, mas no creo que me vea como una posible pareja. Pero en lugar de desanimarme, esto me atrae más, porque es un doble desafío. Por un lado, debo superar la timidez de conquistar una mujer que me gusta, obviando mis nervios y torpezas características cuando me enfrento a esta situación. Esto significaría superar uno de mis traumas más difíciles en mi vida de Casanova. Por otro lado, quiero enamorar una chica que no está interesada en mí, incluso me atrevería a decir que me ve como alguien que está lejano a su mundo. Y esto es lo que más me ilusiona, porque supone que para conquistarla debo emplear todos mis conocimientos, llevando el arte de la seducción a niveles que nunca he llegado. Lo habitual es que si una chica no me presta atención o se muestra desinteresada, la desecho. Total hay miles de mujeres esperando conocerme. Pero en este caso, no tengo otra opción, todo me conduce a ella, incluso las palabras que ahora le dedico. Espero verla pronto.
No quiero terminar estas páginas sin antes destacar que no he olvidado mis raíces y no me estoy dejando llevar por un impulso infantil e irreflexivo. Tengo siempre presente la primera y más importante regla en la vida de un mujeriego: las mujeres son impredecibles. Por eso sé que es muy probable que todo lo que he escrito de ella no sean más que fantasías creadas para auto engañarme, inventos de una imaginación vívida, ansiosa por conocer los placeres que esta chica ofrece. Pronto tendré la oportunidad de descubrirlo. Por ahora dejaré hasta acá mis desvaríos y haré como el ventanal redondo, que cierra su ojo ciclópeo con la sombra del atardecer. Apago el computador.

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