Es martes en la tarde y estamos con el guatón matando el tiempo con el God of War, un juego excelente donde un mortal debe derrotar a Ares (dios de la guerra) con la ayuda de Atenea. Me encanta la mitología griega, pero lo que más me gusta es que tras pasar grandes aventuras y morir un centenar de veces, Kratos (el héroe del juego) derrota a Ares y alcanza la inmortalidad en el Olimpo. Reconozco que es difícil aceptar la idea de la muerte, pero más difícil es aceptar la idea de envejecer. Si te mueres, te mueres y punto, se termina la historia, pero envejecer, el camino hasta que llegue el último día de tu vida, eso es lo que angustia. Estoy cerca de los cuarenta y siento que la vida no tiene mucho más que ofrecer. Una vez leí un artículo donde un sicólogo afirma que el hombre se siente eterno y sin este sentimiento la vida sería insoportable. Estoy de acuerdo con esta afirmación, pero lo que no consigo aceptar es que la vida sea sólo un grupo de experiencias acumuladas. Mi existencia debiera ser más. Algunos buscan la inmortalidad en los hijos, la religión o el amor, yo, en cambio, la busco en la diversión. No concibo vivir para sufrir y es esta misma premisa la que hace que en ocasiones me sienta tan vacío. Quizá el sentido de la existencia está en el otro, en una pareja, en el amor. Luego pienso en otra pareja, en otro amor y sonrío. La imagen de Los Locos Adams, la serie norteamericana que transmitieron en Chile los años setenta, aparece en mi mente. Una Morticia de pómulos atildados, boca pequeña y grandes ojos oscuros. Mientras pienso en esto, en el juego, el guatón destroza arpías y corta cabezas de minotauros en la búsqueda de algún poder mágico para derrotar a su enemigo y alcanzar la inmortalidad.
- ¿Crees que estamos viejos para jugar play station? – pregunto – quizá debiéramos hacer otra cosa. Estar casados.
- La vida es lo que hacemos de ella. Unos juegan play, otros juegan a la familia. Yo prefiero jugar play – dice el guatón sin despegar la vista de la pantalla. Medito en sus palabras.
- ¡Toda la razón guatón! Y yo prefiero salir de farra por algún bar cercano – no puedo sacar de mi cabeza a los Locos Adams.
- Pero deja que pase esta etapa – suplica el guatón.
- Ok. Pero el próximo mono lo juego yo.
La etapa resultó más difícil de lo que creímos, porque salimos de mi casa a las seis y con los dedos acalambrados de tanto aporrear botones. Caminé directo hacia el bar de los cuadros grandes, con la imagen de Morticia en la cabeza, sin responder las preguntas del guatón que no sabe dónde vamos. Pero me conoce, así que camina a mi lado sin preguntar más.
Para hablar del guatón, lo más importante a saber es su paradoja: el guatón es flaco. Antes fue gordo, hasta los dieciocho, pero cuando salió del colegio se puso a hacer ejercicios, iba al gimnasio cinco días a la semana. Me contó que el colegio fue una mala etapa para él, que lo molestaban y pegaban por ser gordo (bulling le dicen ahora), por eso cuando salió decidió que eso se había acabado y se puso a hacer ejercicios y practicar artes marciales. Y entrenó duro y con los años, cada vez se puso más obsesivo y hubo una época, entre el 96 y el 98, en que no hablaba de otra cosa. Por esos años fue cuando menos lo vi. Pero para él fue una buena época, porque como tenía buen físico trabajó para teams de verano y descubrió una forma de ganarse la vida hueviando harto y trabajando poco. Como es perezoso, hijo único y huérfano de madre desde niño, su viejo siempre lo ha consentido. Entonces, en lugar de salir del nido paterno, se apernó ahí y con la plata que gana en verano, le alcanza para vivir todo el año. Ahora, diez años más tarde, sigue viviendo con su papá, la única diferencia es que ambos han envejecido. El papá del guatón está viejito y ahora vive con ellos su tía, que cuida al hermano. Él también está más viejo, así que ya no es tan galán ni tiene sus calugas marcadas, pero hizo del verano una profesión. Es productor de teams playeros. Así que gana más, huevea más y tiene los mismos gastos de cuando tenía doce años y nos hicimos amigos.
Entramos al bar y el guatón no puede creer los cuadros del lugar. Lo veo con su cara embobada y me pregunto si miré los cuadros con esa misma expresión de idiota en el rostro. Sugiero en una mesa, pero el guatón quiere estar ahí, en el centro del patio para admirar esos gigantescos óleos que muestran imágenes criollas. Pido una chela y voy a la mesa pero está ocupada. El lugar no está lleno, pero no hay ninguna mesa vacía. Cargo mi cerveza hasta la pileta, al centro del patio y me siento en la orilla. Le extiendo al guatón un vaso plástico blanco y le sirvo.
- Adivina que pasó – me dice.
- ¿Qué huevada? – digo. Me mira con cara de cabro chico, con morisquetas - No pendejees. Si quieres decir algo, dime, pero no me huevees – digo algo malhumorado porque no veo a mi Morticia.
- Se acabó con la Ale – su cara de niño travieso se transforma en pena – De nuevo. No sé qué hacer huevón. Es la segunda vez que terminamos este año.
- ¿La segunda?
- Sí. La primera fue en marzo, de vuelta de la Serena. Se pone celosa con las minas del team – me dice con cara de inocente.
- Debiera ponerse celosa – afirmo con seguridad - siempre llevas una perra para comerte en el verano. Sexo por trabajo.
- Bien que has disfrutado con mis teams – me contesta algo molesto – además, ella no sabe eso. Tú eres el único que cacha.
- Conociste a la Ale con tu primer team, huevón. Estas cada día más loco guatón – tomo lo que me queda en el vaso y sirvo más cerveza.
- Bueno, como sea. Te digo huevón: la amo. No puedo vivir sin ella. Estoy dispuesto a todo. Dejo las minas. Me caso huevón…
- Huyyy, para guatón. No digas garabatos en mi iglesia – digo mientras apunto el alrededor - Siempre hay otras opciones. Júntate con ella y le dices lo mismo que me estás diciendo a mí, pero no digas matrimonio – me mira desesperado, como si fuera a llorar de impotencia.
- No sé qué pasó huevón. Pero me dijo que nunca más. Que ahora es verdad y desde entonces nada. Desapareció de su casa. Murió el celular, el facebook, el Messenger, mail, todo.
- Puta… nada que hacer. Es el destino – le digo resignado –no hay vuelta atrás. ¿Cuánto tiempo llevabas?
- Ocho años huevón. Pero la amo. La amo más ahora que cuando la conocí. En esa época la cagaba siempre, en cambio ahora…
- También – termino la frase.
- Claro huevón. Haz leña del árbol caído.
- Ya guatón. Hoy no vas a solucionar nada. Mejor tomemos unas chelas y olvida el tema. Estoy seguro que más adelante te va a perdonar – le digo tratando de animarlo.
- En serio…
- Claro – contesto irónico - seguro.
Cuando se acaba la segunda cerveza el guatón va a comprar otra. Entonces veo a mi Morticia y comienza la primera etapa: observar la presa. Salta a la vista que es callada, bordeando la timidez y aunque no tengo certeza, tiene un aire melancólico, como si alguien la estuviera pinchando con un alfiler. Está con dos amigas, quizá compañeras de universidad y debe tener unos veintidós años. En la mesa hay una cerveza de litro, dos botellas individuales de fanta y una cajetilla de cigarros. Ella está fumando y se ríe de los comentarios de su amiga, pero no dice nada. Estoy abstraído observándola cuando el guatón me pone el vaso en la cara obstruyéndome la visión. Durante un instante nos miramos.
- ¿Qué pasó? ¿interrumpo el paisaje? –huevea el guatón moviendo el vaso delante de mis ojos.
- Dame la chela - le quito el vaso y me tomo la mitad al seco.
- ¿Te gustan esas minas? – pregunta el guatón – yo te las presento compadre – y camina hacia la mesa.
El guatón siempre ha tenido labia para convencer al más pintado. Creo que si fuera a ver al papa lo convertiría al budismo, sin embargo, siempre me asusta cuando engrupimos juntos, porque es un depredador efectivo e inmoral. Y eso es malo, sobre todo si le gusta mi Morticia. Pero no hay nada que hacer, las cartas están en la mesa.
Mientras más la observo, más me gusta y eso es un problema. No tengo ningún inconveniente en acercarme a una mujer, a cualquier mujer, pero de vez en cuando, una mina me desconcierta, me gusta de un modo irracional y me transforma en un pelele. No puedo hablar, me pongo rojo, tartamudeo, se me caen las cosas, cualquier cosa podría pasar, hasta un desmayo. Pero con el tiempo aprendí a reconocer a estas mujeres especiales y las evito. En este caso, con lo poco que la observé, sé que ella es de ese tipo y ejerce el mismo efecto, pero amplificado. Tanto así que prefiero que el guatón engrupa tranquilo y yo lo apoyo de la distancia, aunque tome la iniciativa. Además, ahora sé que siempre viene para acá, así que tendré una segunda oportunidad. El guatón no.
En pocos minutos el guatón ya está sentado en la mesa y riéndose con ellas. No me sorprende porque el truco que usa es casi infalible: ofrece trabajo para el verano. Me parece estar escuchando lo que dice: “las vi y supe de inmediato que ustedes serían parte de mi team”. “Tienen pinta de modelos”. “Les pago buena plata por hueviar en la playa”. “El mejor trabajo del mundo. Veraneo pagado”. Siempre hace lo mismo y casi nunca falla en la primera aproximación. Después surgen los problemas, porque es arrogante y cree que aún es el mismo galán de cuando tenía veinte, entonces usa artimañas de pendejo, haciéndose pasar por macho alfa, canchero y ganador. Esto funciona con ciertas minas, las líderes a la fuerza, las que se arreglan mucho y les gusta ser centro de mesa, un segmento bien específico, pero aparte de ellas, la mayoría opina que es un pedante. En este caso diría que quizá la amiga rubia teñida podría ser del tipo del guatón, pero no mi Morticia. El guatón voltea, me apunta y ellas asienten con la cabeza. Yo levanto el vaso haciendo un brindis, acusando recibo. Adivino que está en la etapa de las presentaciones y el team es historia pasada. Según cuanto demore en llamarme para que lo acompañe es el nivel de dificultad que está teniendo con la minas. Una vez no me llamó nunca y tuve que acercarme yo a la mesa y en mala hora lo hice, porque en esa mesa de cuatro sobraba uno: yo. Después me contó que se fue con las chicas a un motel, hicieron un trío maravilloso y terminó contratándolas para el team del verano dos mil tres y dos mil cuatro. En esa época llevaba unos cuatro años con la Ale y aún creía sus mentiras. Pero nada dura para siempre.
Después de veinte minutos, el guatón me llama y a regañadientes voy para allá. Está como poseído por Cupido y dice justo lo que ellas quieren escuchar. Pero pronto noto que mi Morticia (en realidad se llama Pamela) no está interesada sino que presta atención por cortesía. Observo sus manos, de dedos largos y delgados, pelo liso negro y flaca, muy flaca, aunque con un buen par de tetas. Espero paciente hasta que se levanta al baño y por fin logro tener una visión completa de su cuerpo, y me gusta, me gusta más de lo que esperaba. Es larga y alta, con un caminar orgulloso, como si flotara. Y unas caderas impresionantes, no grandes, perfectas. Con toda la información física a mi disposición, empieza mi maldición y sudo como bestia, pero como está oscuro nadie lo nota. Estoy más nervioso de lo que pensé así que prefiero no hablar, por lo menos hasta que sienta más confianza. En otras ocasiones una mujer me ha puesto en aprietos, pero ahora es diferente, nunca me había sentido tan indefenso frente a alguien. Lo bueno es que la oscuridad, la música fuerte, las conversaciones a gritos y las carcajadas entre frases, hacen que pase inadvertido. Además, el guatón es hablador y mantiene la atención de las chicas. Todo eso me favorece. El desconcierto, el no saber qué hacer o decir, es algo temporal, que irá desapareciendo con las cervezas y pronto estará enterrado en el pasado. Sólo espero que esto ocurra pronto. Mientras tanto observo, sonrío y asiento con la cabeza, igual que ella. Mi Pamela. Me mira sonriente y me pongo rojo, entonces volteo y casi doy vuelta su vaso.
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