domingo, 8 de noviembre de 2009

Capítulo 12.- Recuento mental

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Valdés se fue a viña después de almuerzo y quedé sólo frente al computador. Empiezo a escribir mi novela pero las ideas siguen girando en torno a la noche anterior y mi Morticia. Busco en internet donde puedo conseguir la colección completa de los locos addams. Podría ser un buen regalo. Encuentro en mininova.org la serie completa, 36 capítulos con la Morticia original. De inmediato comienzo a bajarla. Dejo de navegar y vuelvo al teclado.
Escribo la ficción que tengo en mi cabeza y en su lugar relato los problemas que tiene Soto para ver a su hija, sus temas de plata, su carencia de trabajo y sus rollos con su ex señora. Selecciono todo, lo borro y empiezo otra vez. Hilvano un nuevo inicio que me lleva inexorable hacia la enfermedad del máster. No puedo creer que mi compadre Arturo Aylwin tenga Sida. Sé que es la consecuencia lógica de su estilo de vida, pero a la vez es un llamado de atención hacia mí, que me acuesto con el primer par de piernas abiertas que veo. De nuevo desvié de mi camino.
Empiezo otra vez y recuerdo a mi compadre Scott y su alcoholismo, pero saco esta imagen de mi cabeza y vuelvo al inicio, a Valdés, que ahora viaja a Viña con la idea fija de reconciliarse con su ex señora, la misma que odiaba y gorreaba con afán vengativo mientras estuvieron juntos. Es que no hay alternativa, estamos destinados a querer lo que no tenemos y el caso de Valdés es el más patético de todos. Esta idea me gusta.
Y de nuevo a los orígenes: Morticia y su reflejo de carne y hueso: la Pame. Le gusto, estoy seguro, porque me dio un beso, aunque fueron unos segundos. Después lo pensó mejor y se alejó. Diría que le dio vergüenza o algo similar. Lo más obvio es que tiene pololo, porque no creo que novio y menos marido, pero nada es imposible. Si es pololo, no sería nada, pero depende como sea ella, quizá es asegurada y no quiere dar nada por perdido. Ni pololo y futuro ex, ni yo. Como un mono que no suelta una rama hasta no agarrar la otra. Pero ella no es así. No lo creo. Y si lo es, no me importa, me la como y después si te veo no me acuerdo. Pero no, no creo. O mejor dicho, no quiero creer que sea así.
La Pame tiene una personalidad que me intriga y me atrae al mismo tiempo. Oculta tras esa fachada de silencio y ternura infantil, toma las decisiones que le convienen y eso es algo que nunca he podido hacer. Siempre dejo que otros tomen mis decisiones. Pero no soy yo el tópico de esto, sino ella. ¿Qué motivó su decisión cuando dejó de darme el beso? Eso es lo que quiero saber.
Asumamos que fue una tercera persona, entonces habría que obviar el tipo de relación que tienen, porque la desconozco. Pero no da lo mismo, es un mundo de diferencia un marido que un pololo de tres meses o de tres años. No puedo sacar nada en limpio hasta que no sepa de quién estamos hablando. Quizá no estamos hablando de una persona, quizá es mormona y le prohíben dar besos. O evangélica y todo es pecado y vive rezando. El sonido del teléfono me salva de tanta estúpida idea.
- Aló… ¡Arturo! ¡Cómo estamos compadre! – miro la calle a través del ventanal redondo – Inauguración… De allá somos. ¿Me pasas a buscar? – El ojo ciclópeo indaga en el mundo inferior – Ok. Nos juntamos allá – de pronto pienso en el señor de los anillos y el gran ojo que todo lo ve. Por un instante me siento poderoso.
A las diez me tengo que juntar con Arturo en la inauguración de un bar nuevo en el barrio bellas artes. Lo mejor de estos eventos es que todas las minas se engalanan y lucen guapísimas. En un mundo ideal todas las mujeres estarían siempre bellas y dispuestas. Por desgracia, éste no es un mundo ideal, así que me conformaré con la inauguración. Pero eso es en más de cuatro horas, así que dejo mi lugar como pupila del ojo redondo que corona la torre del castillo de Berazategui y vuelvo al computador. Decido dejar de pensar en las razones de Pamela y concentrarme en mi libro, pero no lo consigo, así que opto por leer las pocas páginas que he escrito. Es otra excusa para dejar de escribir… lo sé.

domingo, 25 de octubre de 2009

Capítulo 11.- Valdés está enamorado de la Maca

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Es viernes por la noche y no dejo de pensar en Pamela. Trato de idear una razón para ir al bar de los cuadros grandes solo, pero todo me suena a excusa de alcohólicos anónimos. Llamé a mis amigos y ninguno está disponible así que la noche queda para mí. La última vez que la vi fue con Scott, que las invitó a un asado tal como hablamos. Y tenía razón, la chica tenía un hermoso par de tetas. Pero aparte de este encuentro, donde anoté varios puntos, no la veo hace semanas. Algo interesante me pasa con esta chica y que no sucedía hace mucho tiempo, y es que no importa con cuantas mujeres me acueste, ninguna consigue que deje de pensar en ella. He ido varias veces al bar de los cuadros grandes y no la he visto. Esto me preocupa, porque no es la primera vez que una universitaria deja sus estudios y se desvanece en el aire. Por lo mismo quiero verla y pedirle el teléfono. No lo hice antes por una estúpida tradición: nunca anotarás el fono de una mujer a menos que ella te lo dé. Pero no quiero perderla por una tradición sin sentido, que por lo demás, inventé un día que una mina no se acostó conmigo porque encontró en mi agenda el teléfono de su mejor amiga. Pero eso no ha vuelto a pasar, porque tomé precauciones: ahora guardo mi agenda en mi mundo privado, bajo el ventanal redondo. Además, debido a esta experiencia, los únicos fonos que guardo en mi celular son de chicas con las que salgo, los demás pasan a la agenda y desaparecen de la memoria electrónica.
Decido ir solo al bar de los cuadros grandes, aunque no tenga excusas para ello, pero al abrir la puerta me encuentro con Valdés. Guarda su auto en el garaje y vamos a pie al bar. Valdés no tiene mucha experiencia en este tipo de lugares, porque no tiene ninguno cerca y las pocas veces que ha ido conmigo ha sido para precalentar con unas chelas y luego nos vamos a otro sitio, “más treintón”, como le gusta decir. Sin embargo, hoy vamos a un bar veinteañero y si vemos a Pamela con sus amigas, estoy seguro que lo disfrutará como nunca antes.
Cuando doy el segundo paso dentro del bar, noto el ambiente sobrecargado. El aroma de cerveza rancia se mezcla con el humo del cigarro y un bullicio que supera con creces los decibeles de la música. Está atiborrado de gente y tenemos suerte de llegar a la barra. No necesito que lo diga para saber que Valdés se quiere ir y sinceramente, yo también, pero antes quiero ganar algo de tiempo. Pido dos cervezas y trato de distraer a Valdés mostrándole los cuadros, pero hay tanta gente que no se pueden ver con tranquilidad. El tiempo que me doy para encontrar a Pamela es de dos cervezas de litro. Sé que es poco, pero es todo lo que puedo hacer. Quizá si después de las dos chelas hay menos gente, entonces nos quedaríamos, pero tan lleno es desagradable. Como conozco a mi gente, sé que mientras más lleno y ruidoso es un lugar, más les gusta a los universitarios. También sé, por lo que conozco a Pamela, que la muchedumbre no es lo suyo. Ella siempre mantiene distancia con las demás personas, lo que añade un aura mágica a su perturbadora presencia.
Las cervezas se acaban así que decido ampliar el radio de visión paseando por el lugar. Uso la excusa de ir al baño y dejo a Valdés mientras busco a Pamela por ahí. No la veo, así que camino hacia el baño. Maldigo mi suerte mientras me abro paso entre borrachos adolescentes. “Cabros chicos”, pienso mientras trato de mear, pero la frustración que siento no es con el gil que vomita el wáter, sino con Pamela por no aparecer hoy. Luego me doy cuenta que la rabia es conmigo, por no anotar su teléfono. Salgo del baño sin secarme las manos cuando la veo conversar con su amiga en la puerta. Se dan vuelta y se van. Ahora o nunca… y corro detrás de ellas.
- ¡Hola! – digo mientras la tomo del hombro para voltearla – o sea, disculpa, hola, cómo estás – me acerco a darle un beso. Me mira extrañada.
- Hola, bien y tú –dice mientras hace sonar un beso junto a mi mejilla, sin rozar mi piel. Mala señal, pienso.
- A dónde van, porque saben – medito en lo que voy a decir. Son tres chicas veinteañeras y la rubia es la líder. Ella no fue al asado con Scott, la Pame y la Mae, así que no la conozco, pero apuesto por gritona y danzarina – estoy con un amigo y nos íbamos… también – entonces me doy cuenta que quizá ellas van y vuelven, pero ya tengo las fichas jugadas – vamos… a mi casa a comer algo y de ahí ¿a bailar? – trato de leer una respuesta en sus caras pero no hay nada – o a donde quieran – el siempre incomodo silencio.
- Está Jim – pregunta Mae. Una oportunidad, quizá la única.
- Debe estar en su casa. Lo pasamos a buscar camino a la mía – miento. Scott a esta hora, si no está conmigo, está solo en un bar ebrio y tratando de quedar más ebrio.
- Sí – dice la Pame – está muy lleno acá. Vamos – me dice sonriendo.
- Ok. Voy a buscar a mi amigo – tres segundos después estoy de vuelta.
En el camino a casa hago todas las presentaciones y pienso en lo ocurrido. Primero, la que supuse debía convencer, la rubia, ni opinó en lo que íbamos a hacer; segundo, la idea de ir a bailar no sedujo a nadie y tercero, Pamela tomó la decisión final. Tres hechos importantes, sobretodo el último, porque me dice que cuando Pamela quiere algo, toma las riendas y decide según su conveniencia. Hacemos la sagrada parada en la botillería y seguimos hasta la casa. Nos detenemos frente al departamento de Scott y silbo para que se asome. Ese chiflido es nuestra clave. Ni él ni yo tocamos el timbre, sino que silbamos. Pero en este caso lo hago sin esperanzas de recibir respuesta, solo por cumplir con la Mae y entonces se abre la ventana de su departamento, me tira la llave y subo a su casa.
- Huevón, estoy con una chica – me dice desde la puerta entreabierta y muy, pero muy pasado – tú no tiene condón ahí.
- En la casa – contesto – oye, estoy con la Mae abajo y vamos a mi casa
- Huevón. Estoy con la chica aquí. No pudo ir – dice preocupado – tu invente algo para Mae. A mí me gusta ella.
- Ok. Algo se me ocurrirá – digo malicioso.
Bajo y les digo que Scott no puede ir. La Mae pregunta por qué y contesto “diarrea”. Río en mi mente y seguimos camino a mi casa. Enciendo las luces y mientras los demás se instalan voy a poner música y después a buscar vasos y hielo. Compramos bourbon y vodka, con coca, jugo de naranja y tónica. Como no hay nada de fermentado, la conversación se relaja rápido y para el segundo trago, todos los contertulios estamos felices. Me levanto de nuevo a la cocina y traigo papas fritas de bolsa para picar. Corto en cubos mi desayuno de la semana y sirvo queso y jamón. Valdés se pone a hablar de la Maca y lo mucho que ama a sus hijos. Que viven en Concepción, están separados, extraña a su familia, el compromiso y toda la historia que me sé de memoria. Lo que no entiendo es su afán por contar esto, porque sé con certeza que quiere conquistar a una chica, a cualquiera de ellas y no creo que piense que hablar de su ex esposa lo vaya a ayudar. Aunque quizá sí. Lo llamo a la cocina para que me ayude y ahí lo interrogo. La curiosidad me supera.
- Valdés, dime qué chucha estás haciendo
- ¿Cómo qué estoy haciendo? – pregunta más intrigado que yo.
- Por qué hablas de la Maca. Te conozco y sé que te gustaron las cabras. Así que dime que pretendes.
- Qué. Acaso no puedo estar enamorado de mi esposa – pregunta irónico.
- Ex esposa. Y eso no tiene nada que ver con esto. Tú te traes algo y quiero saber qué es.
- Lo que pasa es que tú no sabes nada huevón – me dice fantoche – mira. Estas minas universitarias buscan estabilidad. No un cabro huevón de su edad que se tira a una y otra mina sin comprometerse con nadie. No huevón, yo no. Yo soy un hombre separado, que ama a sus hijos y que es capaz de comprometerse. Estabilidad, compromiso, eso es lo que ofrezco – dice ufano.
- Ok, entiendo – digo extrañado - Te felicito. Buena estrategia – agrego irónico con una sonrisa en los labios.
- Buena… ¿cierto? - tomamos la comida y vamos donde ellas están – cuál te gusta a ti. Para que no ataquemos la misma presa – pregunta.
- Cualquiera – contesto confiado. Sé que con esa estrategia no conseguirá ni siquiera un número de teléfono.
Después varios tragos, la rubia (aún no aprendo su nombre) dice que vayamos a bailar, como dijimos antes. Miro a Valdés sorprendido, porque no pensé que quisieran salir, pero qué le hace el agua al pescado y las invitamos dónde ellas quieran. Ahora es la rubia quien lleva la batuta y sugiere la Costa Varúa, una discoteca en el poto del mundo, en el paradero veintiuno de avenida la Florida. Pero para eso estamos y además, Valdés se muestra entusiasmado, todo porque no conoce el lugar y no sabe lo lejos que es. Además, a él le gusta bailar, las luces y el bullicio de las masas. A mí nada, por el contrario, pero me gusta Pamela así que vamos. Antes de salir veo que el primer y único trago que serví a la Pame está casi lleno.
Vamos en la Murano de Valdés, que sé le encanta lucir, porque es una muestra de su estatus. No he fumado nada de marihuana ni he hablado del tema, para no asustar a Pamela, porque si apenas toma, capaz que tampoco le gusten los volados. Pasamos la noche divertidos, bailamos y tomamos junto al resto de la bulliciosa concurrencia. Hacia el final de la noche logro separar a la presa de la manada y vamos con la Pame a la terraza del lugar. Es un sitio más tranquilo, con música a un volumen que permite conversar. La dejo hablar a ella, para descubrir sus gustos y hábitos. Cada vez estamos más cerca, le acaricio la mano y una sonrisa boba adorna mi rostro. Cuando estoy seguro del éxito de mis empeños, me acerco y le doy un beso. Pamela se deja llevar por unos segundos, pero de inmediato corre la cara y mira hacia abajo, avergonzada. Le pido disculpas, nunca fue mi intención ofenderla, ni besarla si ella no quería, pero me gusta tanto que no pude contener mis impulsos. Ella ríe y me pide que yo la disculpe, pero por ahora no puede estar con nadie. Adivino que hay un tercero involucrado pero no digo nada y seguimos hablando como antes. Nos vamos de ahí cuando cierra el lugar y Valdés va a dejar a todas las chicas. Después volvemos a mi casa.
- ¿Y? cómo resultó el rol de hombre comprometido. Funcionó – pregunto malicioso.
- Cállate huevón. Además no vine a engrupir minas – contesta molesto - para eso me quedo en viña, donde me llueven las ofertas – no creo que las mujeres lluevan a sus pies, pero no digo nada.
- Oye, verdad. A qué viniste a Santiago si no fue a huevear – pregunto interesado.
- No vine a Santiago. Pasé por Santiago. Vengo de vuelta de Concepción. Fui a ver a mi familia – dice orgulloso – y sabes… creo que pronto volveré con la Maca. Mientras estuve allá me trató como rey. Estuvo súper amorosa y hasta regaloneamos en la cama mientras veíamos tele.
- Y. Pasó algo – pregunto insidioso.
- No pasó nada, pero casi. Intenté un par de movimientos pero ella me dijo que ahí no. Los niños podrían vernos. Así que para otra vez será. Pero ahora sé que me quiere. Y yo la amo más que antes. ¡Más que nunca antes! Huevón, estoy como adolescente enamorado.
- No me sorprende. La última vez que estuvimos en viña con esas minas que conocimos, me dijiste lo mismo de una de ellas – le recuerdo.
- Pero ahora es la Maca. No cualquier mina. Es muy diferente.
- Entonces te felicito – levanto mi vaso para brindar.
- Gracias – dice haciendo chocar los vasos.
- Entonces… ahora qué vas a hacer – pregunto.
- Voy a ir más seguido para allá. Por lo menos una vez al mes. Y ahí se verá que sucede. No quiero presionarla. Ya muchas cosas han pasado para cagarla de nuevo.
- Por qué te separaste la primera vez. Nunca me has contado eso.
- Esa es una historia muy larga. Quizá mañana te la cuente.
- Te pilló cagándola – le digo burlón – cuenta la firme.
- Nada de eso huevón. Y no voy a decir nada más de ese tema – contesta secante.
- Ok. No te enojes. Sólo bromeo. ¿Qué te pareció la Pame? – miro su cara y no necesito oír la respuesta – exquisita, cierto. Me tiene loco, huevón.
- Felicitaciones pues hermano – dice levantando su copa – ahora somos dos los enamorados – y entrechocamos de nuevo nuestros vasos.
- Por la Maca – digo.
- Por la Pamela – me contesta.

martes, 13 de octubre de 2009

Capítulo 10. Sotov tiene otra entrevista de trabajo.

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Miércoles, siete treinta de la madrugada y el timbre refunfuña en los corredores de la casa. Despierto antipático, cansado y con los resabios de una noche larga y poco productiva. Salí con Marcela, una estudiante de post grado de sicología. Tiene treinta y está en los mejores años de su vida, con un cuerpo maduro y el conocimiento pleno de sus virtudes. Salimos tres veces antes de anoche y nunca ha pasado nada. Pero no importa el tiempo invertido, pues fue bien gastado. El timbre vuelve a zumbar y mis orejas con él. Mierda, mierda, me levanto y voy a ver quién es. Marcela es encantadora, simpática y guapa, tiene todo lo necesario para pasar una grata velada. Pero ayer quería que fuera nuestra noche, así que decidí encender los sentidos, empezando por el olfato y el gusto. Por eso fuimos al Platipus, un restorán delicioso con una carta de vinos aún más rica y queda en Cummings, a cuadras de mi casa. Pero no funcionó y sólo conseguí unos besos cagones y un “nos vemos otro día”. A pesar que me encanta, no creo que volvamos a salir. Es una pérdida de tiempo y energía que no entregará ninguna satisfacción. Me gusta y le gusto, pero las diferencias surgen en lo que cada uno quiere. Ella espera algo seguro, estable y no tengo la intención de hacerla creer que queremos lo mismo. No sería justo con ella. Así que no habrá más citas, aunque me encantaría saber hasta dónde llegaremos en la próxima. Suena el timbre por tercera vez en cinco minutos y me asomo para ver quién es. No puedo creer la cara de hombre responsable y madrugador que trae Sotov.
- Qué chucha te pasó. Tienes que ir al tribunal – pregunto mientras lo invito a entrar.
- Nada, lo que te conté el otro día. Espero no haberte despertado – dice con una sonrisa de oreja a oreja.
- Qué me dijiste. Cuándo – pregunto pero al instante recapacito – ¡Ya huevón! Estás en tu casa. Haz lo que tengas qué hacer y luego me cuentas. Yo me voy a dormir – encamino mis pasos hacia la pieza.
Me acuesto pensando en Marcela y su belleza, tan diferente a la femineidad de niña que posee Pamela. Apoyo la cabeza en la almohada y el mundo se vuelve negro, los sonidos exteriores se distancian y aparecen melodías nuevas, provenientes de mi inconsciente.
- Ya huevón. Despierta. Son las doce y tú aún durmiendo – me grita Sotov desde la puerta.
Abro los ojos con pereza, miro al lado y veo la hora en el reloj. Siento como si no hubiera descansado nada. Mi cuerpo está pesado y no puedo pensar con claridad. Me levanto y voy al baño a lavarme la cara. Ya más despierto bajo a la cocina y Sotov me sorprende con té y tostadas.
- ¿Desayuno? No será almuerzo – y cuando termino de decir estas palabras y veo la expresión de alegría en el rostro de Sotov, comprndo lo que pasó - ¿Qué hora es huevón? ¡Por la chucha, no puedes ser tan pendejo!
- Las nueve pasadas. Pero el desayuno está buenísimo. Huevos revueltos, la especialidad de la casa. Mermelada, mantequilla y pan tostado.
- La raja – refunfuño – ahora tú vas a atrasar la hora en el reloj de la pieza – estoy apestado con la broma de Sotov. Para qué molestar, si antes de las doce estaría igual en pie. Me sirvo café – ya huevón, por lo menos cuéntame para qué me despiertas.
- ¿Cómo para qué? Por una entrevista. Lo que te dije el otro día – entonces recuerdo todo.
- Pero si vienes tan seguido a entrevistas, alguna pega te tendrá que salir. No puedes mentir para siempre. Vienes por trabajo y te vas sin nada – opino mientras tomo un sorbo de café.
- Sí sé – se ríe – y eso no es nada. Más encima me quitaron dos alumnos particulares. Así que ahora tengo menos plata.
- Con mayor razón tu señora va a cachar que no tienes entrevistas. Si casi no tienes trabajo – trago más café y como pan con huevo – además el huevo te quedó seco. Gil de mierda que me andas despertando por entrevistas que no existen - termino de comer de mala gana y me voy a vestir. Al volver lo encuentro hablando por teléfono.
- Sí señora, Carolina Soto. Infórmele que a las once estaré por allá. Sí. Gracias – y cuelga el teléfono - Estas perfumadito. Te arreglaste para verme.
- Es mi ducha semanal.
- Vamos, cambia la cara. Quiero que veas a la Carolina. Está hecha una lola. Preciosa.
- Amor de padre – contesto resignado - ok, te acompaño. Pero la próxima vez la vemos en la tarde.
- No seas flojo. Te hace bien madrugar.
- Quién habla. La única vez que te vi madrugar fue cuando viniste a tribunales para solicitar permiso para ver a la Carolina. Y en ese entonces ella tenía, cuánto. Cinco, seis años – digo para enojarlo. Aún tengo sueño.
Vamos en mi auto, un Cadilac Fleetwood 1958, un clásico en perfecto estado de conservación que perteneció a mi abuelo. Es de color negro brillante y me preocupo de pasarle un paño una vez a la semana. Cuando mi abuelo falleció, mi madre se aferró a ese carro como si fuera el tata en persona y al irse ella, heredé la obsesión de cuidarlo. Me gustaría tener un hijo para heredarle mis obsesiones y traumas. También mi hermoso Cadilac Fleetwood 1958.
Lo más extraño del auto no es lo viejo, sino lo contrario, porque nunca lo uso. En general prefiero la locomoción colectiva, en particular el taxi y en menor medida, la micro y como última opción, el metro. Pero lo habitual es que camine para todos lados (treinta o cuarenta minutos a pie es algo bastante cotidiano) o use la bicicleta.
Llegamos al Liceo Carmela Carvajal, que es donde estudia la hija de Sotov y estaciono en la esquina de Luis Montaner con Av. Italia, a cincuenta metros de la entrada. Sotov va al colegio y me deja intrigado con otra extraña metáfora sobre la vida y el ajedrez. “El espíritu es superior a la materia” dice antes de cerrar la puerta. Qué mierda quiere decir con eso, tengo que obrar milagros para entender sus analogías. Sin embargo, para comprender a Sotov es necesario interpretar estos acertijos, porque la mitad de su conversación son comparaciones entre el deporte ciencia y nuestra existencia. La frase en cuestión la dijo Murphy, campeón mundial de ajedrez, y se refería a los sacrificios de piezas para obtener ventaja de desarrollo y ganar la partida. No logro imaginar a qué se refiere, pero por lo menos mantendrá mi cabeza ocupada mientras espero que vuelva.
Salen del edificio abrazados, conversando. Carolina era una niña que aún se orinaba encima cuando la vi por última vez. Esa vez fuimos a la piscina y le enseñé a flotar (traté, porque nunca aprendió). Ahora esta niña con ademanes de mujer me es familiar y a la vez desconocida. Desde que sube no para de hablar, cuenta sobre sus profesoras, sus compañeras, las notas y recuerdo lo parecido que suena esto a la conversación con una universitaria. Veo como actúa, con ademanes de mujer y cuerpo de niña. Me intriga, pero no por un interés sexual, sino curiosidad por los niños. Como crecen y se transforman paso a paso en personas independientes, únicas, con su propio sistema de valores y creencias. Con sus propias maldiciones. Sotov, por su parte, es otro. Actúa y bromea como niño, ahora le gusta el auto y conversa de él con ella.
Vamos a pasear al Parque Arauco para que Carolina vea ropa, con la esperanza que Sotov le compre algo, aunque lo dudo, porque nunca tiene plata. Pero hoy es la excepción que confirma la regla y no sólo le compra unos pantalones (bastante caros a mi entender. Yo me compraría tres pares con esa plata), sino que nos invita a comer helado. Yo tomo café, mientras Carolina devora una copa casi tan grande como ella. Este año sale del colegio y no sabe qué estudiar. Piensa que enfermería sería una buena opción, pero no le gustan los enfermos y me confundo con la paradoja y aunque no digo nada, pienso que necesitará más tiempo para saber lo que quiere. A las dos de la tarde la vamos a dejar a su casa, pero estacionamos a dos cuadras. Sugiero dejar el auto frente a la casa, pero Sotov dice que no con tanta súplica en la voz que le hago caso y nos quedamos ahí. Se despiden emocionados y la niña se baja. Avanza unos metros y se encuentra con la ex de Sotov, quien le dice a Carolina que se vaya a casa y se acerca a la ventanilla. Me saluda fría como el metal y con el mismo tono de voz le pide a Sotov que la acompañe. “Mate en tres” me dice antes de bajar del auto y caminar unos veinte metros con Carola (la madre). Desde aquí no logro escuchar lo que hablan así que subo el volumen de la radio y los observo a través del parabrisas. Suena “Black” de Pearl Jam y música e imagen se acoplan de forma perfecta, mejor que en un video. Es cierto que no escucho lo que dicen, pero tampoco lo necesito, puedo adivinar cada una de sus palabras. Ella habla y él escucha, y de vez en cuando, trata de decir algo en su defensa, pero sin resultados. Mientras más habla ella, él se ve más pequeño, con postura infantil, un poco encorvado, mirando el suelo, haciendo pucheros, jugando con los pies, amurrado. Al final, el diálogo se transforma en monólogo. Se despide de mí con la mano, da media vuelta y se va. Sotov queda destrozado. “Jaque mate” dice mientras cierra la puerta del auto.
- Qué fue eso – pregunto – ¿Por qué peleabas con la Carola?
- Nada huevón. Una cagada no más – contesta molesto. Enciendo el motor y comienzo a manejar.
- Buena cagada tiene que ser. Casi te comieron – me burlo.
- Es que no puedo ver a la Carolina.
- Cómo es eso – pregunto.
- Tenemos un trato con la Carola. Ella no me demanda por pensión alimenticia y yo no veo a la Carolina. Así que hago lo que me dice y vivo tranquilo.
- Y hoy qué hacíamos con ella.
- Lo que pasa es con la Caro nos llevamos la raja. Súper amigos y todo. Hablamos por teléfono todos los días. Y a veces nos juntamos a escondidas de la mamá.
- Ok. pero… lo que no entiendo es por qué no la ves. Qué te va a hacer la Carola, ¿pegarte? – pregunto con malicia.
- Peor. Ella ganó el juicio por pensión alimenticia y si no firma todos los meses diciendo que pagué la pensión, van a mi casa y me arrestan. Así que si mañana no contesto el celular, es porque estoy en la cárcel.
- En serio. ¿No te creo? O sea te tiene amarrado de un coco. Si quiere te obliga a bailar en pelotas en el centro de Viña – me río burlón.
- Sí claro. Y lo peor de todo es que si me arrestan, la Berni sabe que vine para acá y me como otra goma más. Más encima, la Carola dijo que la Carolina necesita plata para estudiar en la U. Estoy cagado, huevón – dice cabizbajo.
- Al revés. Ahí está la solución. Si pagas la U puedes verla cuando quieras – digo tratando de animarlo.
- Y de dónde saco la plata – pregunta– el ajedrez y mis tableros apenas dan para la casa. Si la Berni me pilla dándole plata a la Carolina en lugar del Vicente, me castra. No huevón, estoy cagado.
- Trabaja en una pega fija y dejas el ajedrez como hobby. Lo que hace un padre responsable para mantener a sus hijos – digo tratando de herir su ego.
- Pero si lo único que sé hacer es jugar ajedrez. Estudié contabilidad en un liceo comercial y salí hace veinte años. Y nunca he trabajado. Dónde voy a encontrar pega – dice apesadumbrado.
- Sabes. Tengo una idea. Ya sé dónde podrías trabajar. Y además podrías ser un modelo de flojera y poca eficiencia – sonrío.
- ¿Qué?
- No te preocupes. Oye, entendí el tema de la Carola y ahora entiendo porque la Berni dice que gastas tu plata con la Carolina. Lo que me confunde es por qué fuimos a buscarla al colegio.
- Obvio. Quizá no tenga plata para darle, pero sí puedo sacarla temprano del colegio. Y para una adolescente eso es más importante que el oro.
- Quieres decir que ayudas a tu hija a faltar al colegio.
- Exactamente. El espíritu vence a la materia – dice y recién entonces entiendo la analogía que usó antes. Complicidad sobre dinero.
- Eres es gran ejemplo de responsabilidad para tu hija. Te felicito – comento irónico.
- Gracias – contesta mientras enciende un pito – y ahora vamos a tu casa.

domingo, 4 de octubre de 2009

Capítulo 9. Arturo cuenta su secreto

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No tengo grandes expectativas para este sábado. Ningún amigo ha llamado para salir, comer o siquiera jugar play. Así que paso la tarde dormitando, viendo bobovisión y esperando algo para salvar la noche. Sé que Scott no está porque fue a ver a su hijo a Quintero así que no cuento con él para hoy. Tampoco he tenido noticias del guatón. Recuerdo que cuando era chico, si un sábado no tenía nada qué hacer me sentía frustrado, un perdedor traicionado por sus amigos. Hoy me siento igual de frustrado, pero la diferencia es la certeza que mis amigos no me dejaron botado, sino que ellos tampoco saldrán o tienen que hacer cosas donde no me pueden incluir. En todo caso, más allá de la sensación de ser dejado de lado, lo molesto es el aburrimiento que veo venir. Podría salir solo de cacería, pero con los años mis días de predador solitario son cada vez menos frecuentes. Esta opción es la más productiva en términos de conquistas, pero también genera un sentimiento mucho peor que la frustración: la soledad. Quizá la sensación que más me asusta y por eso me cuesta tanto tolerar un sábado por la noche en casa.
Empiezo a revisar la cartelera de cine y teatro, con la esperanza de encontrar algo que me interese. También veo recitales y eventos varios, pero nada me resulta tentador. Al final decido ir al biógrafo y apostar por esas películas mal llamadas de cine arte. Después puedo ir a tomar un trago en algún bar cercano. La idea no me seduce, por eso el teléfono suena mucho mejor. Contesto y es Arturo, que tal como dijo semanas atrás, llama para invitarme a una fiesta en su casa. Me parece extraña su invitación, porque cuando organiza carretes siempre avisa con semanas de anticipación, pero me aclaró que no es una reunión pública, sino algo privado, para que “hablemos y lloremos”. Arturo es un tipo alegre, optimista, por lo que la idea de juntarnos a conversar y llorar me pareció surrealista. Pero el máster es el máster, así que confío en lloriquear en torno a una sabrosa comida y una buena ración de drogas.
Llego a las nueve, puntual como siempre y me está esperando con un margarita de aperitivo. Asó en el horno un trozo de lomo liso acompañado por vegetales salteados con una salsa agridulce de vino. La comida está deliciosa, como suele estarlo cuando Arturo cocina, porque tiene buena mano y con tantos amigos chef, conoce unas recetas increíbles. Acompañamos la comida con un merlot de Casa Silva y la combinación es perfecta. Hablamos de la comida, la receta, el vino y cosas relacionadas al momento. Evito preguntar las razones que le hacen pensar en llorar y espero que él haga el primer comentario. Aunque la duda me picanea, aguanto hasta el final de la cena. Arturo levanta los platos y los lleva a la cocina, a pesar que su casi no tocó su comida. Él es flaco y no es bueno para comer, por lo que no me extraña su conducta, pero con lo que hablamos por teléfono, cada detalle me parece relevante. Quizá lo echaron de la pega, o peor aún, lo pillaron haciendo chanchullos con la plata de todos los chilenos y ahora enfrenta cargos de corrupción o algo así. Pero si fuera eso, casi que daría lo mismo, porque en Chile nada le pasa a los ladrones. Si no encarcelan al que roba en casa ajena, menos aún a quien roba en la casa de todos. Aunque para él, esto sería algo gravísimo porque ha hecho toda su carrera como empleado público. Pero a mí no me sorprende, porque desde que lo conozco siempre me cuenta historias turbias de funcionarios que gastan la plata de todos con una generosidad que desconocen en su vida cotidiana. Quizá sea la amenaza de caer preso lo que lo tiene preocupado o quizá sea el simple hecho de ser despedido y no poder mantener su estándar de vida. Esto aclara en parte mi pregunta, porque aparte del estado, no creo que exista otro lugar donde paguen tanto por tan poco. Más bonos y miles de beneficios. Viéndolo de este punto de vista, entiendo que tenga ganas de llorar. Me grita de la cocina si quiero otro margarita, ahora de bajativo.
- Sí. ¡Pero en copa grande! –grito de vuelta.
- No hay problema – dice Arturo entrando al comedor con las copas en una mano y una jarra de litro y medio en la otra. Sirve las copas y se sienta con aire ceremonioso – Nachito, tengo una huevada que decirte, pero quiero que la tomes con altura de miras.
- Claro. Dele no más, ya sabe que lo apoyo en todo – contesto de inmediato.
- Mira, pensé harto si debía decirte o no, pero eres mi amigo y mereces saberlo.
- Te pillaron robando plata – bromeo para distender el ambiente.
- No. Y no huevees que esto es serio. Estoy cagado de susto y no sé cómo empezar – dice visiblemente angustiado. Con un gesto lo insto a continuar – Mira, sólo espero que esto no afecte nuestra amistad – pienso en la idea del fraude al fisco pero no logro imaginar porque nuestra amistad estaría en juego. No es mi plata la que robó. Quizá crea que cuando no tenga pega ni plata no voy a juntarme con él. Voy a decir algo para tranquilizarlo, asegurarle que con o sin plata, igual seremos amigos y que puede contar conmigo para lo que sea. Pero no abro la boca – Tengo Sida – dice y bebe de su copa sin mirarme. Quedo de una pieza, inmóvil, sin saber qué hacer. Tomo un trago y prendo un pito, no porque quiera fumar, sino para ganar tiempo y pensar en algo qué decir. Arturo nota mi incomodidad - ¿Qué piensas?
- Huevón. No sé qué decir – digo con sinceridad – Cómo pasó. O sea, quién te…
- ¿Contagió? No sé, huevón. Alguna puta que me calentó tanto que me hizo olvidar el condón.
- Pero – pienso mis palabras – eres portador del VIH o tienes la enfermedad declarada. O sea, no es que haya alguna diferencia. Igual voy a seguir siendo tu amigo – lo digo con el corazón, aunque ahora miro con desconfianza la copa de tequila.
- Portador nada más. El doctor me dijo que podrían pasar años antes que muestre los síntomas. Que mi vida puede seguir igual – baja la cabeza para que no lo vea llorar.
- Huevón, vas a estar bien. Ahora hay remedios. No es como antes, que era una sentencia de muerte. Ahora es una enfermedad crónica – le digo, aunque no sé mucho del tema. Lo vi en el cable, en el Discovery H&H, pero sin prestar demasiada atención, así que podría estar equivocado – Magic Johnson aún está vivo. ¿o no?
- Sí huevón. O sea, no sé. No me interesa. Estoy… - le caen un par de lágrimas y le paso el caño para distraer – estoy mal, huevón. Cada día es una lucha por levantarme. Paso el fin de semana encerrado, metiéndome coca y fumando y tomando. Y pajeándome. Lo que sea para no pensar.
- Pajearse es bueno – le digo tratando de animarlo – drogarse también…
- No sé nachito. Qué piensas tú. ¿Está todo bien entre nosotros? – me dice con tono de súplica. No sé qué decir. Me pasa el pito.
- Claro huevón. El título de máster no se lo doy a cualquiera – miro con desconfianza el pito. Está todo babeado. Puedo leer en los ojos de Arturo la súplica, el deseo de ser acogido y aceptado – no compadre. Tú siempre serás mi amigo – tomo el pito con decisión y lo pongo en mi boca. Doy una piteada grande, suplicante, rezando para que la saliva no sea una forma de contagio (en el documental decían que no se puede contagiar así, pero igual me hace pensar). Aguanto el humo con fuerza hasta que la toz me hace botarlo.
- Gracias – dice Arturo cabizbajo. Quiero levantarme y abrazarlo, tratar de acogerlo, hacerlo sentir mejor de alguna manera, pero lo conozco y sé que no le gustaría.
Arturo termina de levantar la mesa. Sólo deja la jarra de tequila, las copas y los posavasos. Cuando vuelve pone en la mesa un cenicero limpio y un pocillo con pistachos. De Arturo pueden decir muchas cosas (en especial los que no lo conocen), pero es un excelente anfitrión. Algunos opinan que es pesado, serio, desconsiderado, mañoso, viejo y otros cientos de adjetivos nada halagadores, pero que sabe hacer buenas fiestas es indiscutible. Mucha gente piensa que esto no es una gracia, que es puro invitar personas y ya, pero no es así. Arturo se esmera, compra buenos tragos, elige la música, la comida, decora el lugar de acuerdo a la ocasión y jamás hace atados por un vaso roto o un desmán involuntario. Ahora, como buen anfitrión, pone dos líneas en la mesa y me pasa una bombilla metálica para jalar. Después de esto no hablamos más de su enfermedad o qué va a hacer al respecto. Pienso que lo apropiado es prestar un hombro para llorar y un oído para que se desahogue y no presionarlo para hablar del tema ni dar consejos de ciego, porque en una situación así es fácil opinar, pero en realidad no sé qué haría si estuviera en sus pantalones. Igual menciono que está jalando demasiado pero dice que no me preocupe, lo mejor que podría pasarle es morir de sobredosis. Una risa casi histérica termina la oración. Brindo con una sonrisa amable. Seguimos conversado durante dos horas o poco más, brindando, fumando y jalando. Hablamos de todo, pero nada importante, ni siquiera digno de ser mencionado. Temas de volados, improvisados, insignificantes comparados con la conversación que tuvimos hace un rato. Hasta que suena el timbre.
- Por fin llegaron huevón. Atrasadas como siempre – dice Arturo mirando su reloj. Me mira con expresión pícara y agrega – a culear, a culear, que el mundo se va a acabar – dice sonriente.
- ¿Cómo? – pregunto.
- Cómo que cómo. Te invité a una fiesta, no a un funeral – y va a abrir la puerta.
Entra abrazado de una chica alta, rubia, preciosa, la típica modelo de Morandé con Compañía: harta teta, cintura chica, un culo de otro planeta y poca, muy poca ropa. Tras ellos entran otras dos minas, diferentes físicamente, pero iguales en lo global; cuerpos abundantes y ropa escasa. Ante mi mirada de sorpresa (creo que mi boca colgaba y mis ojos salían de sus órbitas), él me presenta.
- Claudia, Candy y Foxy- dice Arturo apuntando a cada chica a mientras dice su nombre – Él es Ignacio. Pero cierra la boca huevón. Dime cuál te gusta y estamos listos para empezar – esta frase aclaró todo. Putas, pero las putas más ricas que he visto. Empiezo a mirarlas con cara de incredulidad y cuando voy a apuntar a la rubia me interrumpe – perdón compadre, pero elige a cualquiera, menos a ella – dice refiriéndose a Claudia – ella es mía – se miran y ambos se ríen – bueno, mía por hoy.
Esa noche nos entregamos en una orgía de proporciones, con unas profesionales. Gritonas, desinhibidas y sobre todo, muy creativas, las chicas nos sorprendieron con performances sexuales deliciosas. No exagero al decir que casi tengo un orgasmo con sólo mirarlas tocarse entre ellas. Empezamos a juguetear en el comedor, los cinco, aunque Arturo acapara dos chicas y yo me quedo con una. En todo caso, fumar del mismo caño es una cosa, pero compartir la mina con alguien que tiene sida, es un tema totalmente diferente. Aunque use doble condón.
Arturo desaparece con sus dos féminas y yo me quedo con una morena increíble, una amazona llena de curvas y silicona. Nos masajeamos y sobajeamos de todas las formas que se nos ocurren. De pronto recuerdo que Claudia es la chica desinhibida con que encontré al Arturo jugando a los vaqueros una vez que entré de sorpresa a su casa. Conozco al máster hace más de diez años y por primera vez me entero que tiene afición por las putas. Bueno, en realidad, viendo estas tremendas hembras, justifico el hábito. Esa noche hice de todo. Usé todos los agujeros que encontré, bailamos desnudos en el patio, se tiró una línea sobre mi pichula erecta y un sinfín de payasadas. Lo único malo fue que tras toda una noche de sexo desenfrenado, sólo conseguí un orgasmo cagón. Las drogas y el trago me desensibilizaron a tal punto que apenas podía mantener la erección. Confieso que nunca he pagado por tener sexo y aunque he estado con minas de dudosa reputación, hoy puedo decir con certeza que estuve con mi primera puta. Y descubrí que sin importar como lo disfrace, algo me molesta de todo esto. No me incomoda pagar por sexo, tampoco cuestiono mi moral o considero que es malo prostituirse, ilegal o un pecado. Lo único que me desagrada es no tener plata para hacerlo una vez al mes… por lo menos.
Despierto a medio día sobre el sofá, solo, pero con la satisfacción de haber efectuado una de mis actuaciones sexuales más fantasiosas y prolongadas. Me quedo acostado, pensando en Arturo, el Sida, la fragilidad del cuerpo humano y lo breve de nuestra existencia. Me siento vacío, fútil y con el bajón de drogas rebanándome la cabeza, pero a la vez, más seguro que nunca que la juerga y el hueveo es la mejor opción para sobrellevar esta vida de mierda, llena de frustraciones y mariconadas. Porque no hay nada más. No hay cielo ni infierno, sólo una cantidad breve de años para disfrutar. Si tengo suerte llegaré a los sesenta y después, a la tumba. Pero no me quejo, para qué más, después ni siquiera se me va a parar.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Capítulo 8. Scott tiene un problema etílico.

Intento por última vez escribir algo, pero no hay musa inspiradora que guíe mis dedos sobre el teclado, así que luego de veinte minutos frente al ventanal redondo, me levanto. Es miércoles y estoy aburrido, así que opto por ir al Sótano para ver si está Scott.
El Sótano es un bar parejero (o pajero, si se prefiere) que está en la esquina de mi casa y abajo del departamento de Scott. Se llama así porque la parte de arriba es un espacio pequeño con cinco mesas y una barra, mientras que abajo, en el sótano, hay unas quince mesas, música romántica, ninguna ventana y una tenue iluminación rojiza, gentileza de unas pocas ampolletas y velas en cada mesa. Sólo hay gente a la hora de almuerzo. En la noche, los clientes son parejas que hacen ahí el precalentamiento antes de ir al motel que está a una cuadra. Pero eso es en la noche y durante el día lo tenemos para nosotros, así que no es raro que nos quedemos toda la tarde tomando cerveza y fumando caños. El administrador se llama Pato y a veces nos acompaña con unas piteadas, pero no bebe mientras trabaja. Una vez nos quedamos después que cerró, pero es una experiencia que dudo repitamos, porque terminamos tan borrachos que intentamos hacer completos y casi incendiamos el lugar, amén de dejar un desorden que ni nosotros entendíamos. Mesas sobre sillas y sobre ellas, más mesas y más sillas. Una verdadera escultura en honor a la embriaguez. Por supuesto, ninguno recordaba como sucedió, pero no me sorprendió demasiado, pues estaba tan pasado que tampoco recuerdo cómo llegué a mi casa.
Bajo y ahí está mi compadre, con dos vasos, como si leyera mi mente. Con Scott no hacemos muchas cosas, sino que conversamos las cosas que cada uno hace. En ese sentido, es muy habitual que nos juntemos a tomar chelas en un bar universitario, que cierran a la hora que Scott se acuesta a dormir. No me gusta salir a carretear con él porque siempre se duerme, dejándome el latoso problema de cargarlo de vuelta a su casa. He intentado de todo para mantenerlo despierto, pero no hay caso, tiene horario de Cenicienta, empieza a carretear en la tarde y termina a las doce. Por eso, en la semana, nos juntamos un par de horas y hablamos sobre las cosas que hicimos o dejamos de hacer. Tomamos cervezas y conversamos, charla de borrachos, desordenada, por instantes medio tartamuda, pero en definitiva, una plática sincera.
Scott ha sido una gran compañía los últimos dos años. Sin saberlo, él reemplazó el oído de mi madre. Sin ninguna razón aparente, empecé a contarle todas las cosas que le decía a ella, historias que jamás compartiría con mis amigos, mis sentimientos más íntimos, ésos que te avergüenzan, te desnudan y te hacen sentir indefenso, ésos que sólo contarías a una persona demasiado cercana, alguien que nunca te traicionaría y jamás los usaría en tu contra. Carmen se llamaba mi madre y vivíamos solos en el Palacio de Berazategui. Cuando ella se fue, encontré en Scott la cercanía de un hombro dispuesto a escuchar y en eso consistían nuestras tardes de cerveza. Y deben ser muchas cervezas, porque con Scott borracho me aseguro que al día siguiente no recuerde lo que hablamos. Aunque a veces no olvida y debo soportar semanas de bromas pesadas con mis sentimientos más íntimos. Con todo y su antipático sentido del humor, los últimos años Scott ha sido mi amigo más cercano.
Ahora empiezo mi primera cerveza (es la segunda de Scott) así que decido no hablar de mis sentimientos hacia Pamela, aunque ni yo sé que siento. Lo único claro es que dediqué todo un día para escribir sobre ella. Pero no hablar de sentimientos no significa no hablar de Pamela.
- Recuerdas el bar de los cuadros grandes. Ahí en esa calle chica…
- Claro huevón. Ayer estuvo allá. Está lleno de chicas y cerveza heladita.
- Buen bar. Oye, recuerdas a la morticia, esa mina bien blanca… - comento a la pasada.
- Ayer estuvo. Eso te iba decir. La conocí en el bar huevón. Con sus amigas.
- ¡En serio!, cuéntame que pasó – pregunto ansioso – o sea, estaba con la amiga rubia – cambio el tono de voz, tratando de simular mi interés.
- Estuvo con dos amigas. Uno rubia y otra pelo cortito. Chica con pechuga grandes. Rica huevón.
- Ahhh. Sí, la otra amiga – recuerdo a la chica de pelo corto, pero estuve tan concentrado en Pamela que no tengo una imagen visual de ella, sólo un recuerdo difuso. ¿Buenas tetas? Quizá. Pero lo importante es que a Scott le gustó la chica de tetas grandes - ¿te gustó la chica tetona? – le pregunto con el tono burlón de un niño de quinto básico.
- Sí huevón – simula un tamaño extra grande con las manos – así unas teta. Y bonita.
- ¿Sí? Y la morticia. Te gustó – hago la pregunta clave.
- Bonita, sí, pero la chica más bonita. Se llama…
- Mae, sí sé – termino la oración.
- No, huevón. Pamela. Mae es la chica.
- Si sé, de ella hablo. Oye, y cómo se llama de verdad. No se va a llamar “Mae” – pregunto tratando de desviar la conversación hacia ella.
- Marío Elena, Mae…
Las próximas dos cervezas de litro las pasamos conversando de la Mae. En verdad parece una tipa interesante, por lo que relata Scott. No por sus temas de conversación, sino porque es buena para tomar cerveza y bien loquilla. La clase de chica que me gusta sacar de un bar universitario, porque va a carretear y pasarlo bien. Aunque no pase nada, son divertidas. Hay algunas chicas que van a la casa y lo único que hacen es hablar del profesor, el compañero y las notas. A veces cometo el error de ir con dos chicas así y se divierten entre ellas hablando de la U mientras tomo y tomo cerveza tratando de no escuchar o por lo menos, no entender lo que dicen. Es que la universidad es un mundo lejano para mí, que hace más de diez años salí y el recuerdo que tengo es bueno, pero poco significativo a estas alturas.
Lo bueno es que la chica no es así, a pesar que cuando estuvimos juntos habló muy poco y lo único que tomaron fue una cerveza de litro. Entonces me doy cuenta de un detalle y pregunto si las amigas también tomaban harta cerveza.
- Sí huevón. Buenas para la cerveza – contesta.
- Buenas como nosotros o buenas para ser mujeres – delimito más mi pregunta.
- No como nosotros. Si no sería alcohólico – se ríe.
- Cuántas cervezas tomaste tú y cuántas ellas – esta es la información crucial para desenmarañar la madeja de contradicciones. No creo que Pamela sea buena para tomar y la rubia, quizá. De la chica no sé, porque poco la recuerdo.
- Yo. Muchas huevón – y hace un ruido con la boca para dar a entender una cantidad inimaginable – ellas hartas también - esto aclara mejor lo sucedido. Scott estaba curado como cuba cuando habló con ellas y compró y compró cervezas para todos. Ellas lo acompañaron mientras él tomaba y por eso piensa que tomaban harto. Probablemente enganchó con la chica y ella lo acompañó con sus brindis raros y por eso tiene la imagen que es buena para el copete. Es que mi compadre, cuando se cura, no se acuerda de nada. Por suerte.
- Ya huevón. Tengo una idea…
- Oigan, par de curahuillas, voy a abrir acá, así que no fumen – dice el Pato mientras mueve la mano simulando pitear. Lo dice desde la escalera, asomando la cabeza como si fuera un show de títeres, pero al revés. En lugar de ver las manos del titiritero, vemos sus pies.
- No se preocupe compadre. No vamos a fumar nada, pero nos traerías la… - trato de recordar cuántas cervezas van. Aunque confío que el Pato no nos cobrará de más, de todas formas prefiero llevar mi propia cuenta - ¿sexta cerveza?
- Quinta – contesta Pato mientras sube por la escalera.
- Qué idea huevón – pregunta Scott cuando estamos solos. Entonces baja una pareja que de aquí seguro irá al motel. Miro la chica y está bastante culeable.
- Eso pues Scott. Si ves a la Mae con sus amigas, invítalas a mi casa. Hacemos un asado – miro la expresión de Scott frente a mi proposición. Como duda un poco, antes que conteste lo interrumpo – yo pago huevón.
- Ya po. Yo las invito…
- Pero que venga la Pamela huevón – por primera vez confieso mi interés. Llega Pato con la cerveza y se lleva la anterior – Oye, nunca me has contado por qué te viniste a Chile – agrego tratando de cambiar la conversación.
- Por la Cristina y la Millaray po huevón.
- Ahhh. Te viniste con ellas. ¿Así fue?
- Más o menos – me contesta mirando hacia otro lado. Sé que esa actitud me augura una aventura de súper Scott, así que pregunto de inmediato
- Cómo más o menos. A ver…
- Lo que pasó es que a mí arrestaron en iuesei (USA).
- ¿Cómo? – pregunto sorprendido.
- Mira. Te cuento, pero no puede decir a nadie – asiento con la cabeza - Mira, cuando vivía con Cristina, yo cerraba temprano a veces. Y me arranca a tomar cerveza en bares de allá. Tenía una camioneta grande y después me iba del bar a la casa. Siempre iba al mismo bar, cerca la casa, por calle principal y luego calles chicas, como… - piensa un segundo – pasaje. Entonces de vuelta por pasaje. Chuuu, bien bien borracho, se cruza un huevón y lo mato. También borracho el huevón, pero yo manejando. A una cuadra de la casa.
- No huevees. Y qué pasó – pregunto incitándolo a continuar.
- Siete años de cárcel. Y allá no como acá. Tú atropella a alguien y tú vas a cárcel.
- Y pasaste siete años en la cárcel – le pregunto mientras saco cuentas mentales para calcular su edad y la de su hija.
- No, por suerte paso sólo tres años y salgo… condicional, parole.
- Ahhh. Ok. Y ahí te viniste a Chile a buscar a la Cristina… espera no entiendo. ¿Ella no vivía contigo?
- No. Mira. Después de dos años en cárcel ella se vino a Chile – contesta.
- Ok. Y cuando saliste, ahí te viniste tú.
- Tampoco. Mira. Un año después fue a buscar la policía porque yo debía estar en cárcel. Entonces yo dije que no, pero resulto que hubo problemas con juez que perdió mi ficha y yo era prófugo. Entonces juicios y abogados y gastos, así que arranqué a Chile. Si vuelvo a California me arrestan huevón. Soy oficialmente un prófugo de Estados Unidos. Como Bin Ladem…
- Puta la mala cueva. Perder tu ficha… - digo por decir, porque imagino que allá los sistemas de información debieran ser mucho más avanzados que los nuestros. Entonces recuerdo una demanda laboral que tenía con un gallo y perdieron el archivo en el tribunal (o alguien pagó para que se perdiera). En todos lados se cuecen habas – así que ahora acá. Y cuándo se termina tu delito. O sea, acá, si cometes un crimen y no te pillan en determinado tiempo, ponte tú, diez años, el crimen… prescribe, eso. Y no te pueden arrestar.
- Ahhh. Como ocho años, no sé huevón.
- O sea que ya puedes volver a Usa huevón. Llevas caleta de años viviendo acá. Eres más chileno que gringo – digo.
- Si huevón. Me quedo en Chile para siempre. Además, tengo dos hijos chilenos – me dice sonriente. Luego sube a pedir otra cerveza. Bajan otros dos amantes de motel a esperar su turno en el Sótano. Se sientan en la mesa del rincón.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Capítulo 7.- Pamela, una gacela tímida

Frente a la mirada inquisidora del ventanal redondo trato de escribir lo vivido ayer, pero no los hechos, sino mis sentimientos. Trato de llevar a palabras mi desconcierto, mi torpeza y mis diálogos monosilábicos. Trato de presionar las teclas apropiadas para describir lo que cruzaba mi cabeza mientras hablamos con esas universitarias. Y no lo consigo. Mi mente divaga en la mirada de Pamela, clara y expresiva. Su pelo negro eclipsa sus ojos y la hacen más misteriosa y encantadora a la vez, una invitación al descubrimiento y el regocijo. Me gusta demasiado, tanto que me incomoda pensar en ello, un sentimiento que no recuerdo haber tenido antes. Me he enamorado otras veces, pero esto es diferente, porque no es amor, sino gula, el deseo irrefrenable de comerme a esta chica.
Mide alrededor del metro setenta y todo en ella está bien puesto. Sus senos en armónica composición con su cintura y caderas, su cuerpo frágil, su silencio elocuente. El cuello largo sostiene un rostro ovalado, de pómulos marcados y sonrisa embriagadora. No habló mucho mientras estuvimos juntos, pero creo, aunque no tengo certeza de ello, que su silencio no es timidez, sino que es de esas personas que primero observan a sus contertulios y luego opinan, una vez que consideran que su interlocutor es alguien con quien vale la pena compartir. Por mi parte, tampoco dije mucho, en parte por nervios y en parte para ganar su confianza, actuando como ella. No sé si habrá resultado, sólo espero que no haya sido contraproducente y no sea de esas chicas que le gustan los tipos cancheros y entradores. En general clasifico con bastante acierto a las féminas que conozco, pero en este caso admito mi desconcierto, porque tras mi turbación inicial no pude observarla con el descaro que hubiera querido y pasé la mayor parte del tiempo mirando el fondo de mi vaso.
Lo que sé con certeza es que no bebe mucho (casi nada sería una descripción más apropiada) y pasó toda la tarde con un vaso de fanschop a medio vaciar. Si bien sus amigas tampoco tomaban demasiado, todas fumaban como si fueran accionistas de la chilena de tabacos y eran solteras. Eso fue la única información concreta que obtuve de ella, pero también pude deducir algunas cosas, como que no se interesó en nosotros porque éramos demasiado viejos. Tampoco le gustó la forma en que bebíamos y mucho menos la invitación que les hicimos para ir a mi casa. Se negaron de inmediato, casi a coro y usaron la excusa de una prueba. Todas estudian auditoría en la Diego Portales y casi podría asegurar que a ella no le gusta su carrera. Se fueron al poco rato que nos sentamos con ellas, no más de una hora, pero ese tiempo fue suficiente para darme cuenta que esta cacería, si la realizo, va a exigir de todas mis artimañas. Creo, sin embargo, que le agradé, porque no hablé mucho y las pocas veces que lo hice me dirigí a ella y fue para alabar su andar de gacela o su belleza exótica. Aunque sé que este tipo de loas son apropiadas para mujeres mayores, angustiadas por la edad y flaccidez de sus cuerpos, y las chicas universitarias las consideran (la mayoría de las veces) como una caballerosidad pasada de moda, creo que esta niña es más mujer de lo que aparenta. No sé su historia, salvo que tienen veintiún años, pero pude leer entre líneas que carga con una madurez inusual para alguien de su edad y adivino que es debido a la carencia de dinero y que tuvo que trabajar desde pequeña. Pero ahora estudia en una universidad privada, lo que desbarata en parte esta teoría aunque cuando se trata de plata, un día se tiene y otro no. Lo sé por experiencia personal.
Lo que más me gustó de ella fue su andar gracioso, como una gacela tímida, dando saltitos pequeños, casi imperceptibles, pero que la hacen ver como si se deslizara sobre el insalubre suelo del bar. Por instantes pensé que era un ser celestial que no puede pisar la inmundicia del mundo para no manchar su virginal pureza, pero luego opté por obviar este pensamiento, porque mientras más la endiose más difícil será conquistarla. Tenía otros gestos interesantes y que ayudaban a esta idea de castidad, como el hecho que a pesar de andar con pantalones se sentaba con cuidado, con las piernas cruzadas, como si usara una minifalda enana. También noté su preocupación por verse bien, maquillada y radiante, incluso en ese bar donde la penumbra es constante, sin importar la hora. Este detalle me desconcertó, porque no es el tipo de mina que va por la vida tratando de llamar la atención, sino por el contrario. Pero mientras escribo estas líneas me doy cuenta que su vanidad es derivada de otra causa, distante años luz del deseo de destacar y es simplemente que su femineidad está exaltada, como esas mujeres que nacen con demasiadas hormonas femeninas y no pueden evitar sus instintos, sus deseos de atraer el sexo opuesto a pesar que su razón dice otra cosa. Esta idea me seduce y la acepto como cierta.
Casi un día después de haberla conocido aún no puedo borrarla de mi mente y me alegra saber que ella no se interesó por nosotros, por lo menos en el sentido romántico. Es cierto que le caí bien (eso creo) y es probable que la próxima vez que nos veamos me salude y conversemos, mas no creo que me vea como una posible pareja. Pero en lugar de desanimarme, esto me atrae más, porque es un doble desafío. Por un lado, debo superar la timidez de conquistar una mujer que me gusta, obviando mis nervios y torpezas características cuando me enfrento a esta situación. Esto significaría superar uno de mis traumas más difíciles en mi vida de Casanova. Por otro lado, quiero enamorar una chica que no está interesada en mí, incluso me atrevería a decir que me ve como alguien que está lejano a su mundo. Y esto es lo que más me ilusiona, porque supone que para conquistarla debo emplear todos mis conocimientos, llevando el arte de la seducción a niveles que nunca he llegado. Lo habitual es que si una chica no me presta atención o se muestra desinteresada, la desecho. Total hay miles de mujeres esperando conocerme. Pero en este caso, no tengo otra opción, todo me conduce a ella, incluso las palabras que ahora le dedico. Espero verla pronto.
No quiero terminar estas páginas sin antes destacar que no he olvidado mis raíces y no me estoy dejando llevar por un impulso infantil e irreflexivo. Tengo siempre presente la primera y más importante regla en la vida de un mujeriego: las mujeres son impredecibles. Por eso sé que es muy probable que todo lo que he escrito de ella no sean más que fantasías creadas para auto engañarme, inventos de una imaginación vívida, ansiosa por conocer los placeres que esta chica ofrece. Pronto tendré la oportunidad de descubrirlo. Por ahora dejaré hasta acá mis desvaríos y haré como el ventanal redondo, que cierra su ojo ciclópeo con la sombra del atardecer. Apago el computador.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Capítulo 6.- El guatón

Es martes en la tarde y estamos con el guatón matando el tiempo con el God of War, un juego excelente donde un mortal debe derrotar a Ares (dios de la guerra) con la ayuda de Atenea. Me encanta la mitología griega, pero lo que más me gusta es que tras pasar grandes aventuras y morir un centenar de veces, Kratos (el héroe del juego) derrota a Ares y alcanza la inmortalidad en el Olimpo. Reconozco que es difícil aceptar la idea de la muerte, pero más difícil es aceptar la idea de envejecer. Si te mueres, te mueres y punto, se termina la historia, pero envejecer, el camino hasta que llegue el último día de tu vida, eso es lo que angustia. Estoy cerca de los cuarenta y siento que la vida no tiene mucho más que ofrecer. Una vez leí un artículo donde un sicólogo afirma que el hombre se siente eterno y sin este sentimiento la vida sería insoportable. Estoy de acuerdo con esta afirmación, pero lo que no consigo aceptar es que la vida sea sólo un grupo de experiencias acumuladas. Mi existencia debiera ser más. Algunos buscan la inmortalidad en los hijos, la religión o el amor, yo, en cambio, la busco en la diversión. No concibo vivir para sufrir y es esta misma premisa la que hace que en ocasiones me sienta tan vacío. Quizá el sentido de la existencia está en el otro, en una pareja, en el amor. Luego pienso en otra pareja, en otro amor y sonrío. La imagen de Los Locos Adams, la serie norteamericana que transmitieron en Chile los años setenta, aparece en mi mente. Una Morticia de pómulos atildados, boca pequeña y grandes ojos oscuros. Mientras pienso en esto, en el juego, el guatón destroza arpías y corta cabezas de minotauros en la búsqueda de algún poder mágico para derrotar a su enemigo y alcanzar la inmortalidad.
- ¿Crees que estamos viejos para jugar play station? – pregunto – quizá debiéramos hacer otra cosa. Estar casados.
- La vida es lo que hacemos de ella. Unos juegan play, otros juegan a la familia. Yo prefiero jugar play – dice el guatón sin despegar la vista de la pantalla. Medito en sus palabras.
- ¡Toda la razón guatón! Y yo prefiero salir de farra por algún bar cercano – no puedo sacar de mi cabeza a los Locos Adams.
- Pero deja que pase esta etapa – suplica el guatón.
- Ok. Pero el próximo mono lo juego yo.
La etapa resultó más difícil de lo que creímos, porque salimos de mi casa a las seis y con los dedos acalambrados de tanto aporrear botones. Caminé directo hacia el bar de los cuadros grandes, con la imagen de Morticia en la cabeza, sin responder las preguntas del guatón que no sabe dónde vamos. Pero me conoce, así que camina a mi lado sin preguntar más.
Para hablar del guatón, lo más importante a saber es su paradoja: el guatón es flaco. Antes fue gordo, hasta los dieciocho, pero cuando salió del colegio se puso a hacer ejercicios, iba al gimnasio cinco días a la semana. Me contó que el colegio fue una mala etapa para él, que lo molestaban y pegaban por ser gordo (bulling le dicen ahora), por eso cuando salió decidió que eso se había acabado y se puso a hacer ejercicios y practicar artes marciales. Y entrenó duro y con los años, cada vez se puso más obsesivo y hubo una época, entre el 96 y el 98, en que no hablaba de otra cosa. Por esos años fue cuando menos lo vi. Pero para él fue una buena época, porque como tenía buen físico trabajó para teams de verano y descubrió una forma de ganarse la vida hueviando harto y trabajando poco. Como es perezoso, hijo único y huérfano de madre desde niño, su viejo siempre lo ha consentido. Entonces, en lugar de salir del nido paterno, se apernó ahí y con la plata que gana en verano, le alcanza para vivir todo el año. Ahora, diez años más tarde, sigue viviendo con su papá, la única diferencia es que ambos han envejecido. El papá del guatón está viejito y ahora vive con ellos su tía, que cuida al hermano. Él también está más viejo, así que ya no es tan galán ni tiene sus calugas marcadas, pero hizo del verano una profesión. Es productor de teams playeros. Así que gana más, huevea más y tiene los mismos gastos de cuando tenía doce años y nos hicimos amigos.
Entramos al bar y el guatón no puede creer los cuadros del lugar. Lo veo con su cara embobada y me pregunto si miré los cuadros con esa misma expresión de idiota en el rostro. Sugiero en una mesa, pero el guatón quiere estar ahí, en el centro del patio para admirar esos gigantescos óleos que muestran imágenes criollas. Pido una chela y voy a la mesa pero está ocupada. El lugar no está lleno, pero no hay ninguna mesa vacía. Cargo mi cerveza hasta la pileta, al centro del patio y me siento en la orilla. Le extiendo al guatón un vaso plástico blanco y le sirvo.
- Adivina que pasó – me dice.
- ¿Qué huevada? – digo. Me mira con cara de cabro chico, con morisquetas - No pendejees. Si quieres decir algo, dime, pero no me huevees – digo algo malhumorado porque no veo a mi Morticia.
- Se acabó con la Ale – su cara de niño travieso se transforma en pena – De nuevo. No sé qué hacer huevón. Es la segunda vez que terminamos este año.
- ¿La segunda?
- Sí. La primera fue en marzo, de vuelta de la Serena. Se pone celosa con las minas del team – me dice con cara de inocente.
- Debiera ponerse celosa – afirmo con seguridad - siempre llevas una perra para comerte en el verano. Sexo por trabajo.
- Bien que has disfrutado con mis teams – me contesta algo molesto – además, ella no sabe eso. Tú eres el único que cacha.
- Conociste a la Ale con tu primer team, huevón. Estas cada día más loco guatón – tomo lo que me queda en el vaso y sirvo más cerveza.
- Bueno, como sea. Te digo huevón: la amo. No puedo vivir sin ella. Estoy dispuesto a todo. Dejo las minas. Me caso huevón…
- Huyyy, para guatón. No digas garabatos en mi iglesia – digo mientras apunto el alrededor - Siempre hay otras opciones. Júntate con ella y le dices lo mismo que me estás diciendo a mí, pero no digas matrimonio – me mira desesperado, como si fuera a llorar de impotencia.
- No sé qué pasó huevón. Pero me dijo que nunca más. Que ahora es verdad y desde entonces nada. Desapareció de su casa. Murió el celular, el facebook, el Messenger, mail, todo.
- Puta… nada que hacer. Es el destino – le digo resignado –no hay vuelta atrás. ¿Cuánto tiempo llevabas?
- Ocho años huevón. Pero la amo. La amo más ahora que cuando la conocí. En esa época la cagaba siempre, en cambio ahora…
- También – termino la frase.
- Claro huevón. Haz leña del árbol caído.
- Ya guatón. Hoy no vas a solucionar nada. Mejor tomemos unas chelas y olvida el tema. Estoy seguro que más adelante te va a perdonar – le digo tratando de animarlo.
- En serio…
- Claro – contesto irónico - seguro.
Cuando se acaba la segunda cerveza el guatón va a comprar otra. Entonces veo a mi Morticia y comienza la primera etapa: observar la presa. Salta a la vista que es callada, bordeando la timidez y aunque no tengo certeza, tiene un aire melancólico, como si alguien la estuviera pinchando con un alfiler. Está con dos amigas, quizá compañeras de universidad y debe tener unos veintidós años. En la mesa hay una cerveza de litro, dos botellas individuales de fanta y una cajetilla de cigarros. Ella está fumando y se ríe de los comentarios de su amiga, pero no dice nada. Estoy abstraído observándola cuando el guatón me pone el vaso en la cara obstruyéndome la visión. Durante un instante nos miramos.
- ¿Qué pasó? ¿interrumpo el paisaje? –huevea el guatón moviendo el vaso delante de mis ojos.
- Dame la chela - le quito el vaso y me tomo la mitad al seco.
- ¿Te gustan esas minas? – pregunta el guatón – yo te las presento compadre – y camina hacia la mesa.
El guatón siempre ha tenido labia para convencer al más pintado. Creo que si fuera a ver al papa lo convertiría al budismo, sin embargo, siempre me asusta cuando engrupimos juntos, porque es un depredador efectivo e inmoral. Y eso es malo, sobre todo si le gusta mi Morticia. Pero no hay nada que hacer, las cartas están en la mesa.
Mientras más la observo, más me gusta y eso es un problema. No tengo ningún inconveniente en acercarme a una mujer, a cualquier mujer, pero de vez en cuando, una mina me desconcierta, me gusta de un modo irracional y me transforma en un pelele. No puedo hablar, me pongo rojo, tartamudeo, se me caen las cosas, cualquier cosa podría pasar, hasta un desmayo. Pero con el tiempo aprendí a reconocer a estas mujeres especiales y las evito. En este caso, con lo poco que la observé, sé que ella es de ese tipo y ejerce el mismo efecto, pero amplificado. Tanto así que prefiero que el guatón engrupa tranquilo y yo lo apoyo de la distancia, aunque tome la iniciativa. Además, ahora sé que siempre viene para acá, así que tendré una segunda oportunidad. El guatón no.
En pocos minutos el guatón ya está sentado en la mesa y riéndose con ellas. No me sorprende porque el truco que usa es casi infalible: ofrece trabajo para el verano. Me parece estar escuchando lo que dice: “las vi y supe de inmediato que ustedes serían parte de mi team”. “Tienen pinta de modelos”. “Les pago buena plata por hueviar en la playa”. “El mejor trabajo del mundo. Veraneo pagado”. Siempre hace lo mismo y casi nunca falla en la primera aproximación. Después surgen los problemas, porque es arrogante y cree que aún es el mismo galán de cuando tenía veinte, entonces usa artimañas de pendejo, haciéndose pasar por macho alfa, canchero y ganador. Esto funciona con ciertas minas, las líderes a la fuerza, las que se arreglan mucho y les gusta ser centro de mesa, un segmento bien específico, pero aparte de ellas, la mayoría opina que es un pedante. En este caso diría que quizá la amiga rubia teñida podría ser del tipo del guatón, pero no mi Morticia. El guatón voltea, me apunta y ellas asienten con la cabeza. Yo levanto el vaso haciendo un brindis, acusando recibo. Adivino que está en la etapa de las presentaciones y el team es historia pasada. Según cuanto demore en llamarme para que lo acompañe es el nivel de dificultad que está teniendo con la minas. Una vez no me llamó nunca y tuve que acercarme yo a la mesa y en mala hora lo hice, porque en esa mesa de cuatro sobraba uno: yo. Después me contó que se fue con las chicas a un motel, hicieron un trío maravilloso y terminó contratándolas para el team del verano dos mil tres y dos mil cuatro. En esa época llevaba unos cuatro años con la Ale y aún creía sus mentiras. Pero nada dura para siempre.
Después de veinte minutos, el guatón me llama y a regañadientes voy para allá. Está como poseído por Cupido y dice justo lo que ellas quieren escuchar. Pero pronto noto que mi Morticia (en realidad se llama Pamela) no está interesada sino que presta atención por cortesía. Observo sus manos, de dedos largos y delgados, pelo liso negro y flaca, muy flaca, aunque con un buen par de tetas. Espero paciente hasta que se levanta al baño y por fin logro tener una visión completa de su cuerpo, y me gusta, me gusta más de lo que esperaba. Es larga y alta, con un caminar orgulloso, como si flotara. Y unas caderas impresionantes, no grandes, perfectas. Con toda la información física a mi disposición, empieza mi maldición y sudo como bestia, pero como está oscuro nadie lo nota. Estoy más nervioso de lo que pensé así que prefiero no hablar, por lo menos hasta que sienta más confianza. En otras ocasiones una mujer me ha puesto en aprietos, pero ahora es diferente, nunca me había sentido tan indefenso frente a alguien. Lo bueno es que la oscuridad, la música fuerte, las conversaciones a gritos y las carcajadas entre frases, hacen que pase inadvertido. Además, el guatón es hablador y mantiene la atención de las chicas. Todo eso me favorece. El desconcierto, el no saber qué hacer o decir, es algo temporal, que irá desapareciendo con las cervezas y pronto estará enterrado en el pasado. Sólo espero que esto ocurra pronto. Mientras tanto observo, sonrío y asiento con la cabeza, igual que ella. Mi Pamela. Me mira sonriente y me pongo rojo, entonces volteo y casi doy vuelta su vaso.